En 1930, Aspen tenía unos 700 habitantes, casas victorianas tapiadas y un pasado del que casi nadie quería acordarse. Hoy es uno de los códigos postales más caros de Estados Unidos, donde una casa de esquí supera con facilidad los diez millones de dólares. Entre esas dos Aspen —la ciudad fantasma y el paraíso del jet set— cabe una de las historias de auge, ruina y resurrección más asombrosas del Oeste norteamericano, y todo empezó con un metal blanco.
Mucho antes de que existiera Aspen, el valle del río Roaring Fork, en las Montañas Rocosas de Colorado, era territorio del pueblo ute, que recorría estas montañas siguiendo la caza y las estaciones. La presión de la colonización y la minería los desplazaría de la región a lo largo del siglo XIX, en un proceso que culminó con la expulsión forzosa de los ute de gran parte de Colorado tras los tratados y conflictos de las décadas de 1860 y 1880.
El Aspen moderno nació de la plata. En 1879, en plena fiebre minera de Colorado, prospectores que habían cruzado desde la cuenca de Leadville encontraron ricos depósitos de plata en estas laderas. El campamento que surgió se llamó al principio Ute City, y en 1880 fue rebautizado como Aspen por los abundantes álamos temblones (en inglés, 'aspen') que cubren las montañas y que en otoño tiñen el paisaje de oro.
El asentamiento creció con rapidez. La llegada del ferrocarril en 1887 —primero el Denver & Rio Grande y luego el Colorado Midland— conectó Aspen con los mercados y disparó su prosperidad. Para entonces ya no era un campamento improvisado, sino una ciudad en plena expansión que competía por convertirse en una de las grandes capitales mineras del oeste.
A finales de la década de 1880 y comienzos de la de 1890, Aspen vivió su apogeo. Llegó a ser uno de los mayores distritos productores de plata de Estados Unidos, con minas legendarias como la Smuggler, de la que salió en 1894 el mayor lingote de plata jamás extraído. La población superó los 10.000 o 12.000 habitantes, una cifra enorme para la época en una región tan remota.
La riqueza de la plata levantó una ciudad sorprendentemente cosmopolita para estar a casi 2.500 metros de altitud en plena montaña: tuvo alumbrado eléctrico tempranísimo, tranvía, hospitales, bancos, periódicos, escuelas y edificios de gran empaque. De aquella edad de oro quedan dos joyas que aún hoy presiden el centro: el Hotel Jerome, inaugurado en 1889 por Jerome B. Wheeler, y el Wheeler Opera House, también de 1889, ambos restaurados y en pleno uso.
Fue una época de optimismo desbordante, en la que Aspen parecía destinada a un brillante futuro. Pero su economía dependía casi por completo de un solo metal, y esa dependencia la volvía extremadamente vulnerable a los vaivenes de la política monetaria nacional.
En 1893, el Congreso de Estados Unidos derogó la Sherman Silver Purchase Act, la ley que obligaba al gobierno a comprar grandes cantidades de plata. Con la demanda artificial desaparecida, el precio del metal se desplomó. Para una ciudad construida enteramente sobre la plata, el efecto fue devastador: las minas cerraron una tras otra, los empleos se evaporaron y la población huyó en busca de trabajo.
Comenzaron así los que la propia Aspen llama sus 'quiet years' (años tranquilos), un largo medio siglo de decadencia que se extendió hasta los años 1940. La población cayó de más de diez mil habitantes a apenas unos cientos. Muchas casas victorianas quedaron vacías o se vendieron por una miseria; algunas se demolieron y otras simplemente envejecieron en silencio.
Paradójicamente, esa decadencia salvó el carácter de Aspen. Como no hubo dinero para construir ni modernizar, el casco histórico victoriano se conservó casi intacto, congelado en el tiempo. Cuando décadas más tarde llegó el renacimiento, la ciudad todavía tenía un alma —y una arquitectura— que reinventar.
El renacimiento de Aspen empezó tímidamente con el esquí. En la década de 1930 unos pocos entusiastas instalaron un primer remonte rudimentario, y durante la Segunda Guerra Mundial los soldados de la 10.ª División de Montaña, entrenados cerca, en Camp Hale, descubrieron el potencial de estas laderas; varios regresarían después para impulsar la industria del esquí. En 1946 abrió Aspen Mountain con el que entonces era el telesilla más largo del mundo.
El verdadero salto, sin embargo, lo dieron el empresario de Chicago Walter Paepcke y su esposa Elizabeth, que visitaron Aspen en los años 1940 y vieron en ella algo más que una estación de esquí. Imaginaron un lugar donde se cultivaran a la vez el cuerpo, la mente y el espíritu: el llamado 'Aspen Idea'. De esa visión nacieron, alrededor de 1949 y 1950, el Aspen Institute, el Aspen Music Festival and School y la Aspen Skiing Company.
A partir de ahí, Aspen se consolidó como un destino único que combinaba deporte de élite con cultura de primer nivel. En las décadas siguientes se sumaron las montañas de Buttermilk, Aspen Highlands y Snowmass, completando el gran dominio esquiable, mientras los festivales de ideas, música, cine y gastronomía atraían a un público internacional.
Desde la segunda mitad del siglo XX, Aspen se transformó en sinónimo de glamour y exclusividad. Celebridades, magnates y figuras de la política y el arte adoptaron la villa como refugio, y los precios inmobiliarios se dispararon hasta convertirla en uno de los lugares más caros de Estados Unidos. El periodista Hunter S. Thompson, que vivió en la zona, llegó a presentarse a sheriff del condado en 1970 con un programa contracultural, episodio que forma parte del folclore local.
Ese éxito trajo también tensiones que persisten hoy: la carestía de la vivienda expulsa a los trabajadores que sostienen la economía local, que deben vivir en pueblos del valle abajo (Basalt, Carbondale, Glenwood Springs) y desplazarse cada día. La gestión del crecimiento, la sostenibilidad ambiental y el equilibrio entre lujo y comunidad son debates constantes.
Aun así, Aspen conserva intacto su doble carácter: el de paraíso de la nieve y el deporte de montaña, y el de capital de las ideas. Cada verano el Aspen Ideas Festival reúne a líderes de todo el mundo, el Music Festival llena la carpa Benedict de música clásica y el Food & Wine Classic celebra la alta gastronomía. Pocas antiguas ciudades mineras pueden presumir de una segunda vida tan brillante.