Para tratarse de la ciudad más grande de Alaska, Anchorage es sorprendentemente joven: en 1915 no era más que un campamento de carpas junto a un arroyo. Pero la historia humana de estas tierras se cuenta en milenios, no en décadas. Mucho antes de que existiera la ciudad, la región del brazo de Cook (Cook Inlet) era el territorio del pueblo Dena'ina, de la gran familia atabascana. Durante miles de años, los Dena'ina vivieron de los recursos extraordinarios de la zona: las grandes corridas de salmón que remontaban los ríos, la caza de alces y otros animales, la recolección de bayas y la pesca en el inlet. Tenían asentamientos estacionales y un profundo conocimiento del territorio, las mareas y los ciclos de la naturaleza.
El brazo de Cook es notable por sus mareas extremas, de las mayores de Norteamérica, que pueden superar los 9 metros de amplitud y generan peligrosas corrientes y bancos de lodo. Ese ambiente exigente moldeó la vida de los Dena'ina, expertos navegantes y pescadores.
El nombre del inlet proviene del capitán británico James Cook, que exploró estas aguas en 1778 durante su tercer viaje, buscando sin éxito el paso del Noroeste que conectara el Pacífico con el Atlántico. Tras Cook llegarían los rusos, que establecieron puestos comerciales de pieles en la región durante el período de la América rusa, antes de que Estados Unidos comprara Alaska a Rusia en 1867.
Anchorage es una ciudad sorprendentemente joven: nació en 1915, ligada a la construcción de un ferrocarril. En esos años, el gobierno federal de los Estados Unidos decidió construir el Alaska Railroad para conectar el puerto de Seward, en la costa, con el interior del territorio y los yacimientos de carbón y oro. A orillas de Ship Creek, sobre el brazo de Cook, se instaló un campamento de obreros que sirvió como cuartel general de la obra.
Ese campamento creció a toda velocidad: en pocos meses pasó de unas pocas carpas a una población de miles de personas. En 1915 se trazó y loteó la ciudad en una colina sobre el arroyo, y se eligió el nombre 'Anchorage' (fondeadero, anclaje), por el ancladero natural de la zona. La llegada del ferrocarril, completado en 1923, consolidó a Anchorage como nudo de transporte.
Durante sus primeras décadas, Anchorage fue una localidad relativamente pequeña, dependiente del ferrocarril y del comercio. El gran salto vendría con la aviación y, sobre todo, con la Segunda Guerra Mundial, que cambiaría para siempre la escala de la ciudad.
La Segunda Guerra Mundial transformó Anchorage. La posición estratégica de Alaska, frente al Pacífico Norte y cerca de Asia, llevó a Estados Unidos a construir grandes instalaciones militares: la base aérea Elmendorf y el fuerte Richardson (hoy unidos en la Joint Base Elmendorf-Richardson) convirtieron a la ciudad en un centro militar de primer orden. La población se disparó y la economía se militarizó.
La aviación añadió otra capa de importancia: por su ubicación, Anchorage se volvió una escala clave en las rutas aéreas polares entre Norteamérica, Europa y Asia, lo que impulsó su aeropuerto internacional (hoy nombrado en honor al senador Ted Stevens) como gran hub de pasajeros y carga.
El tercer gran motor llegó en los años 70 con el petróleo. El descubrimiento de enormes reservas en la Bahía Prudhoe, en el Ártico, y la construcción del oleoducto trans-Alaska (1974-1977) desataron un boom económico. Aunque los pozos están lejos, Anchorage se convirtió en el centro corporativo, financiero y logístico de la industria petrolera del estado, lo que aceleró su crecimiento y modernización.
El 27 de marzo de 1964, Viernes Santo, Alaska sufrió el terremoto más fuerte jamás registrado en Norteamérica y el segundo mayor de la historia mundial desde que existe la sismografía moderna: una magnitud de 9,2 que sacudió el centro-sur del estado durante unos cuatro minutos y medio, una eternidad para un sismo. Anchorage, cerca del epicentro, quedó gravemente golpeada.
El sismo provocó deslizamientos de tierra devastadores. El barrio residencial de Turnagain Heights se desplomó hacia el inlet cuando el suelo cedió, destruyendo casas enteras; en el centro, las fallas del terreno dañaron o arrasaron unas 30 manzanas, con calles partidas y edificios colapsados (la célebre foto de la Cuarta Avenida hundida es de aquel día). Lo más letal, sin embargo, no fue el temblor sino el agua: los tsunamis generados por el terremoto —que causaron cerca del 70% de las víctimas— arrasaron poblados costeros de Alaska minutos después. En total, el desastre dejó unas 131 muertes, una cifra relativamente baja gracias a la escasa población del estado, pero con enormes daños materiales.
La reconstrucción fue larga pero también una oportunidad: la ciudad se levantó con nuevos estándares de construcción y el evento impulsó enormes avances en la ciencia sismológica y en el estudio de los tsunamis. Hoy, lugares como el Earthquake Park recuerdan aquella catástrofe, todavía visible en el terreno ondulado donde la tierra se deslizó.
Hoy Anchorage es, con casi 290.000 habitantes, la ciudad más grande de Alaska y el corazón económico, comercial y logístico del estado. Aunque no es la capital política (lo es Juneau), concentra el aeropuerto internacional más importante, la sede de numerosas empresas, hospitales, universidades y la mayor parte de los servicios de Alaska. Casi cuatro de cada diez habitantes del estado viven en su área metropolitana.
La ciudad combina, como pocas, comodidad urbana y naturaleza salvaje. Es base de partida para explorar la península Kenai, los fiordos glaciares, Denali y el interior, y un punto clave para la industria turística, pesquera y petrolera. Su población es notablemente diversa, con una de las mayores proporciones de habitantes de origen indígena de Alaska de cualquier ciudad estadounidense, además de comunidades de las islas del Pacífico, asiáticas y latinas.
Los desafíos actuales pasan por el costo de vida, la dependencia de la economía petrolera y los efectos del cambio climático en el Ártico, que se siente con fuerza en Alaska. Cada marzo, Anchorage vibra con la salida ceremonial de la Iditarod, la mítica carrera de trineos tirados por perros que cruza el estado, uno de sus eventos más queridos y un símbolo del espíritu alasqueño.