Cada mañana, Estados Unidos amanece primero acá. Antes que en Nueva York, antes que en Boston, la luz del sol toca la cumbre de granito del Cadillac Mountain, en la costa de Maine. Y hay una coincidencia hermosa en eso: mucho antes de que existiera un parque nacional, la región de Mount Desert Island era territorio de los pueblos wabanaki —una confederación que agrupa a naciones como los penobscot, passamaquoddy, maliseet y mi'kmaq—, cuyo nombre significa, justamente, 'pueblo del amanecer'. La historia de Acadia empieza con ellos. El nombre alude a su ubicación en el extremo nororiental del continente, donde el sol sale primero —una imagen que resuena con la fama actual de Cadillac Mountain como uno de los primeros lugares de Estados Unidos continental en recibir la luz del día.
Los wabanaki frecuentaban la isla y la costa de forma estacional, sobre todo en los meses cálidos, para aprovechar la abundancia del mar: pescaban, recolectaban almejas y otros mariscos, cazaban aves y mamíferos y reunían recursos a lo largo de la costa rocosa y las bahías. Los enormes montículos de conchas (shell middens) que dejaron a lo largo de miles de años son testimonio arqueológico de esa presencia prolongada. Para ellos, la isla de cumbres peladas y la costa de granito formaban parte de un paisaje conocido y valorado.
La colonización europea trajo, como en toda la región, enfermedades, conflictos y la pérdida progresiva de tierras y autonomía. Pese a ello, los pueblos wabanaki no desaparecieron: mantienen hoy sus naciones, su cultura y su presencia en Maine, y el Parque Nacional Acadia reconoce cada vez más esa herencia originaria como parte fundamental de la historia del lugar, recordando que la relación humana con estos paisajes empezó milenios antes de la llegada de los exploradores europeos.
El primer europeo cuyo paso por la isla quedó documentado con detalle fue el explorador francés Samuel de Champlain, que en septiembre de 1604 navegó por estas costas en el marco de las expediciones francesas por el Atlántico norte. Al observar la isla, con sus cumbres de granito desnudo y pelado, sin árboles en lo alto, Champlain la bautizó como 'l'Isle des Monts Déserts': la 'Isla de las Montañas Desiertas'. De ese nombre francés deriva el actual 'Mount Desert Island'.
La región quedó entonces dentro del territorio que los franceses llamaron Acadia (Acadie), una vasta y disputada zona del noreste de América del Norte que abarcaba partes de las actuales provincias marítimas de Canadá y el norte de Nueva Inglaterra. De ahí proviene, siglos después, el nombre del parque nacional: Acadia evoca aquella presencia y aquel topónimo francés. En 1613, los jesuitas franceses intentaron establecer una misión en la isla (Saint-Sauveur), pero fue rápidamente destruida por una expedición inglesa, en un anticipo de las largas disputas entre Francia e Inglaterra por el control de la región.
Durante mucho tiempo, Mount Desert Island fue una tierra de frontera entre el dominio francés y el inglés, escasamente poblada por colonos europeos y todavía frecuentada por los wabanaki. Solo tras la victoria británica en las guerras coloniales del siglo XVIII se consolidó el asentamiento permanente de colonos de habla inglesa, que se dedicaron a la pesca, la agricultura y la explotación de la madera, sentando las bases de los pueblos que existen hoy.
A mediados del siglo XIX, Mount Desert Island fue 'descubierta' por el arte y el turismo. Pintores de la escuela del río Hudson, como Thomas Cole y Frederic Church, visitaron la isla y plasmaron en sus lienzos sus dramáticos paisajes de montañas, bosques y mar. Aquellas pinturas, exhibidas en las ciudades, despertaron en el público una fascinación por la belleza salvaje de Maine y atrajeron a los primeros viajeros.
Llegaron entonces los llamados 'rusticators': visitantes de clase acomodada que buscaban un contacto sencillo y rústico con la naturaleza, alojándose en casas de campo y posadas modestas. Pero, a medida que avanzaba el siglo, ese turismo modesto dio paso a algo mucho más opulento. Las familias más ricas de Estados Unidos —Rockefeller, Vanderbilt, Morgan, Astor, Ford y muchas otras— eligieron Bar Harbor como destino de veraneo de élite y construyeron enormes y lujosas mansiones de verano que, con curiosa modestia, llamaban 'cottages' (cabañas). Bar Harbor se convirtió así en uno de los balnearios de verano más exclusivos del país, comparable a Newport.
Esta edad dorada dejó una huella decisiva en el futuro del parque: aquellos veraneantes adinerados, enamorados del paisaje, fueron quienes —al ver amenazada la isla por la tala industrial y el avance de las loteadoras— pusieron en marcha el esfuerzo de conservación que terminaría creando el parque nacional. La fortuna y la influencia de aquellas familias se volcaron, en buena parte, a proteger las montañas y la costa que habían convertido a Mount Desert Island en su refugio de verano.
A comienzos del siglo XX, la amenaza de la tala industrial —en especial tras la llegada de aserraderos portátiles que podían arrasar bosques con rapidez— y del desarrollo inmobiliario hizo temer que la belleza de Mount Desert Island se perdiera para siempre. Un grupo de veraneantes y conservacionistas decidió actuar. Las figuras clave fueron George B. Dorr, un hombre de fortuna que dedicó su vida y buena parte de su patrimonio a comprar y donar tierras para protegerlas —y a quien se conoce como el 'padre de Acadia'—, y Charles W. Eliot, presidente de la Universidad de Harvard, que ayudó a organizar el esfuerzo a través de una entidad creada para recibir donaciones de tierras.
El trabajo de Dorr y Eliot fue dando frutos institucionales. En 1916, el presidente Woodrow Wilson declaró el Sieur de Monts National Monument, protegiendo las primeras tierras donadas. En 1919, el área fue elevada a la categoría de parque nacional con el nombre de Lafayette National Park, convirtiéndose en el primer parque nacional al este del río Misisipi. Finalmente, en 1929, el parque adoptó el nombre que lleva hoy: Acadia National Park, en homenaje a la antigua Acadia francesa.
A este esfuerzo se sumó de manera decisiva John D. Rockefeller Jr., uno de los grandes filántropos de su tiempo, que donó miles de hectáreas y, sobre todo, financió y diseñó personalmente, entre 1913 y 1940, la célebre red de 'carriage roads': caminos de tierra sin automóviles, con elegantes puentes de piedra, pensados para recorrer el paisaje en carruaje. Aquella combinación de filantropía, visión conservacionista y diseño paisajístico hizo de Acadia un caso pionero: un parque nacional nacido casi por completo de tierras donadas por particulares.
Uno de los legados más originales y duraderos de la creación de Acadia son los 'carriage roads', la red de caminos de carruajes que John D. Rockefeller Jr. mandó construir entre 1913 y 1940. Rockefeller, gran amante de los paseos en carruaje tirado por caballos, quería disponer de una forma de recorrer los paisajes del interior de la isla sin tener que compartir el camino con los automóviles, que empezaban a invadirlo todo. Para ello financió y supervisó personalmente, con enorme cuidado por el detalle, la construcción de unos 72 kilómetros de caminos de tierra apisonada.
Lejos de ser simples senderos, los carriage roads fueron concebidos como obras de paisajismo. Sus trazados siguen curvas suaves que se integran en el relieve, abren vistas estudiadas sobre lagos y montañas, y están construidos con técnicas que aseguran un buen drenaje y una superficie firme. Su rasgo más admirado son los diecisiete puentes de piedra, cada uno con un diseño propio, levantados con maestría artesanal para cruzar arroyos, gargantas y caídas de agua. Estos puentes se han convertido en hitos arquitectónicos y en algunos de los rincones más fotografiados del parque.
Hoy, aquellos caminos pensados para carruajes son uno de los mayores atractivos de Acadia para los visitantes: por ellos circulan ciclistas, caminantes, corredores, jinetes y, en invierno, esquiadores de fondo, todos disfrutando de un entorno natural sin tráfico motorizado. El legado de Rockefeller permitió que Acadia conserve un espacio único donde el paisaje y el placer de recorrerlo despacio se imponen sobre la prisa del automóvil, fiel al espíritu con que fueron creados.
En octubre de 1947, tras un verano y un otoño excepcionalmente secos, un gran incendio forestal se desató en Mount Desert Island y ardió durante días, alimentado por los vientos. El fuego arrasó miles de hectáreas de bosque dentro y fuera del parque, y destruyó numerosas mansiones de veraneo de la edad dorada en la zona de Bar Harbor, poniendo fin de forma abrupta a una época. Fue uno de los episodios más dramáticos de la historia de la isla.
Paradójicamente, el incendio también trajo una renovación. Antes del fuego, buena parte de los bosques de la isla eran de coníferas oscuras (abetos y piceas). Tras el incendio, en las zonas quemadas creció una nueva vegetación con mayor proporción de árboles de hoja caduca —abedules, álamos, arces—, que son los que hoy regalan los espectaculares colores del follaje otoñal por los que Acadia es famosa. Así, el desastre transformó el paisaje y, sin proponérselo, contribuyó a uno de sus mayores atractivos actuales.
Desde entonces, Acadia se consolidó como uno de los parques nacionales más visitados de Estados Unidos, recibiendo millones de personas al año atraídas por sus amaneceres en Cadillac Mountain, su costa de granito, sus lagos, sus carriage roads y su follaje otoñal. El parque enfrenta hoy los desafíos del turismo masivo —de ahí medidas como el shuttle gratuito Island Explorer y la reserva horaria para subir a Cadillac—, buscando equilibrar el acceso del público con la protección de ese paisaje único de montaña y mar que tantas personas, a lo largo de la historia, se empeñaron en preservar.