Antes de que existiera Sevilla existió el río. El Guadalquivir —del árabe 'al-wadi al-kabir', 'el río grande'— es la razón de ser de la ciudad: navegable desde el Atlántico, permitió que en su orilla creciera, ya en tiempos tartésicos y fenicios, un asentamiento comercial llamado Spal o Ispal. Cuando los romanos conquistaron la zona, tras la Segunda Guerra Púnica y la derrota de Cartago (hacia el 206 a.C.), latinizaron el nombre en Hispalis y convirtieron el lugar en un próspero puerto fluvial por el que salían el aceite, el vino y los cereales del feraz valle bético hacia todo el Imperio.
El general Julio César tuvo un papel en su historia: hacia el 45 a.C. le dio el rango de colonia, con el nombre de Colonia Iulia Romula Hispalis. Pero el gran foco romano de la comarca no era exactamente Hispalis, sino su vecina Itálica, fundada en el 206 a.C. a pocos kilómetros (en la actual Santiponce) como asentamiento para soldados heridos. Itálica alcanzó una enorme importancia y pasó a la historia por un motivo excepcional: fue la patria de dos de los emperadores más grandes de Roma, Trajano y Adriano, además del hogar de la familia de otro, Teodosio. Hoy sus impresionantes ruinas —un anfiteatro para 25.000 espectadores, mosaicos, calles y villas— son una de las visitas imprescindibles de los alrededores de Sevilla.
Con la crisis del Imperio, Hispalis pasó por manos de los vándalos y luego de los visigodos, que la mantuvieron como importante ciudad y sede de un obispado célebre: aquí vivió y escribió San Isidoro de Sevilla (siglos VI-VII), autor de las 'Etimologías', una monumental enciclopedia que recopiló todo el saber de la Antigüedad y que hizo de él uno de los grandes eruditos de la Edad Media. La ciudad seguía viva y con prestigio cuando, a comienzos del siglo VIII, cambió de dueños y de nombre.
En el año 711, los ejércitos musulmanes que habían desembarcado en la península tomaron Hispalis, que pasó a llamarse Isbiliya, nombre del que derivaría el actual Sevilla. Durante más de cinco siglos la ciudad formó parte de Al-Ándalus, y aunque conoció distintas etapas, su gran momento de gloria llegó en el siglo XII bajo la dinastía de los almohades, un imperio bereber norteafricano que fijó en Sevilla una de sus capitales.
Bajo los almohades, Isbiliya vivió su edad de oro islámica. La ciudad se llenó de palacios, jardines, mezquitas y obras públicas, y se levantaron los dos monumentos que todavía hoy son símbolo de Sevilla. El primero es la Giralda, construida como el alminar (la torre) de la gran mezquita aljama; con su decoración de ladrillo de paños de sebka, es una de las obras cumbre del arte almohade, hermana de la Kutubía de Marrakech y la torre Hassan de Rabat. El segundo es la Torre del Oro, una torre albarrana dodecagonal levantada a orillas del Guadalquivir hacia 1220 para controlar y defender el acceso al puerto por el río.
De aquella época datan también el trazado de callejones estrechos y sinuosos que aún caracteriza el casco antiguo, buena parte de las murallas y la reforma del sistema de abastecimiento de agua. La huella andalusí es tan profunda que impregna todavía la Sevilla actual: en su urbanismo, en su gusto por los patios y el agua, en su artesanía y hasta en muchas palabras. Pero el avance de los reinos cristianos del norte, imparable durante el siglo XIII, tenía a la rica y codiciada Isbiliya en el punto de mira.
Tras la decisiva derrota almohade en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), el poder musulmán en el sur se fue desmoronando y los reinos cristianos avanzaron con fuerza hacia Andalucía. El rey de Castilla y León, Fernando III —que la Iglesia canonizaría más tarde como San Fernando—, encadenó la conquista de las grandes ciudades del valle del Guadalquivir: Córdoba en 1236 y, tras ella, la joya del sur, Sevilla.
El asedio de Sevilla fue largo y duro, y se decidió en el agua. La ciudad se abastecía y comunicaba con el arrabal de Triana, en la otra orilla, mediante un puente de barcas sobre el Guadalquivir. El almirante Ramón de Bonifaz remontó el río con una flota y, en una maniobra célebre, rompió el puente de barcas, cortando el suministro y aislando la ciudad. Sin posibilidad de resistir por más tiempo, Sevilla capituló, y el 22 o 23 de noviembre de 1248 Fernando III entró en la ciudad. La gran mezquita fue consagrada como catedral cristiana (la actual se levantaría siglos después sobre ese solar), y la Giralda, que había estado a punto de ser demolida por los musulmanes antes de rendirse, se salvó y se convirtió en su campanario.
Fernando III murió en Sevilla en 1252 y quiso ser enterrado en ella; sus restos reposan en la Catedral, en la Capilla Real, y su figura se venera cada año. Su hijo, Alfonso X el Sabio, hizo de Sevilla una de sus ciudades preferidas y un gran foco cultural. Bajo dominio castellano, la ciudad se repobló, se repartieron sus tierras y comenzó una nueva etapa cristiana. Pero el acontecimiento que catapultaría a Sevilla a la cima del mundo estaba aún por llegar, y tendría que ver, una vez más, con su río y con el mar al que este conducía.
El 3 de agosto de 1492, tres carabelas partieron del puerto de Palos, en la costa onubense, al mando de Cristóbal Colón. Su llegada a América cambió el mundo y, con él, el destino de Sevilla. Por su condición de puerto fluvial protegido tierra adentro (más seguro frente a piratas que los puertos de mar) y navegable desde el Atlántico, Sevilla fue elegida para concentrar todo el comercio con el Nuevo Mundo. En 1503, los Reyes Católicos crearon en ella la Casa de Contratación de las Indias, la institución que organizaba, controlaba y gravaba absolutamente todo: los barcos, las mercancías, los pasajeros, la cartografía y, muy en especial, el oro y la plata que llegaban de América.
Sevilla se convirtió así en la única puerta legal de un imperio que abarcaba medio planeta, y durante el siglo XVI y buena parte del XVII vivió un esplendor deslumbrante. Fue una de las ciudades más grandes, ricas y cosmopolitas de Europa, un hervidero de mercaderes genoveses, flamencos y alemanes, banqueros, marineros, aventureros, funcionarios y artistas de toda procedencia. Por su río entraba la riqueza de las Indias y salían las flotas cargadas de emigrantes y productos. Se decía que 'quien no ha visto Sevilla no ha visto maravilla'.
Aquella prosperidad alimentó un extraordinario Siglo de Oro artístico y cultural. Sevilla fue cuna o escenario de genios de la pintura como Diego Velázquez (nacido aquí en 1599), Bartolomé Esteban Murillo y Francisco de Zurbarán; en ella se ambienta el mito de Don Juan y transcurre parte del imaginario del 'Quijote' de Cervantes (que estuvo preso en su cárcel). La ciudad se llenó de iglesias, conventos y palacios barrocos. En 1598 se construyó la Casa Lonja de Mercaderes, que siglos más tarde, en 1785, se convertiría en el Archivo General de Indias, donde hoy se custodia la memoria documental de todo aquel imperio.
Pero la grandeza contenía la semilla de su declive. Una terrible epidemia de peste en 1649 mató a buena parte de la población, y el progresivo enarenamiento del Guadalquivir dificultaba la navegación de barcos cada vez mayores. En 1717, la Casa de Contratación y el monopolio del comercio americano se trasladaron a Cádiz, de acceso marítimo más fácil. Sevilla perdió así el motor de su riqueza y entró en una larga etapa de decadencia.
Tras el declive de los siglos XVIII y XIX, Sevilla buscó en el siglo XX reinventarse y volver a mirar al mundo, y lo hizo a través de dos grandes exposiciones internacionales que transformaron su fisonomía. La primera fue la Exposición Iberoamericana de 1929, largamente planeada y celebrada finalmente entre mayo de 1929 y junio de 1930, que reunió a España, Portugal y los países latinoamericanos en un momento de reencuentro con las antiguas colonias. Aquella cita dejó a la ciudad algunos de sus espacios más queridos: la monumental Plaza de España, obra maestra del arquitecto Aníbal González y símbolo de la Sevilla del regionalismo; el frondoso Parque de María Luisa; y una serie de pabellones repartidos por la ciudad, muchos hoy convertidos en museos, consulados o sedes universitarias. La Exposición del 29 fijó la imagen romántica y andaluza de Sevilla que perdura en el imaginario.
La segunda fue la Exposición Universal de 1992, la Expo 92, celebrada entre el 20 de abril y el 12 de octubre de 1992 en la isla de la Cartuja, una gran isla fluvial del Guadalquivir. Bajo el lema 'La era de los descubrimientos', conmemoró el quinto centenario del viaje de Colón y reunió a más de cien países ante unos 42 millones de visitantes. La Expo 92 supuso una revolución para la ciudad: se construyeron nuevos puentes espectaculares sobre el río (como el puente del Alamillo, de Santiago Calatrava), rondas de circunvalación, un aeropuerto renovado y, sobre todo, llegó la alta velocidad ferroviaria con la primera línea AVE de España, la Madrid-Sevilla, que puso la capital a poco más de dos horas. El recinto de la Cartuja es hoy un parque tecnológico y de ocio.
Estas dos citas, junto con la conservación de su incomparable patrimonio histórico, hicieron de la Sevilla actual una ciudad que combina la memoria de su glorioso pasado con una vida cultural y turística de primer orden. Su Catedral con la Giralda, el Real Alcázar y el Archivo de Indias fueron declarados Patrimonio Mundial de la Unesco en 1987. Y sus grandes tradiciones vivas —la Semana Santa, con sus cofradías y pasos por las calles; la Feria de Abril, estallido de casetas, sevillanas y trajes de flamenca; y el flamenco, del que la ciudad y el barrio de Triana son una de las cunas— hacen de Sevilla una de las ciudades con más alma y más embrujo de toda España.