Todo empezó, según la tradición, con unas luces misteriosas en un bosque. A comienzos del siglo IX, un ermitaño llamado Pelayo (Pelagio) observó extrañas luminarias sobre un paraje boscoso conocido como Libredón, en el noroeste de la Gallaecia. Avisado el obispo Teodomiro de Iria Flavia, este acudió al lugar y halló un sepulcro de piedra que, tras la interpretación de la época, se atribuyó al apóstol Santiago el Mayor, uno de los doce discípulos de Jesús, decapitado en Jerusalén hacia el año 44 por orden de Herodes Agripa. Una antiquísima leyenda sostenía que sus restos habían sido trasladados por sus discípulos por mar hasta Galicia. La identificación se produjo, según la cronología tradicional, en torno a los años 820-830.
El hallazgo no fue solo un acontecimiento religioso: fue también un asunto de Estado. El rey Alfonso II de Asturias, cuyo reino cristiano resistía en el norte frente al dominio musulmán de buena parte de la península, comprendió de inmediato su valor. Acudió desde Oviedo —convirtiéndose en el primer peregrino de la historia— y ordenó levantar una primera iglesia de piedra y barro sobre el sepulcro. Contar con la tumba de un apóstol daba al pequeño reino astur un símbolo espiritual de primer orden, capaz de rivalizar con las grandes sedes de la cristiandad y de cohesionar a los reinos cristianos frente a Al-Ándalus.
En torno a aquella primera capilla empezó a crecer un asentamiento. El topónimo 'Compostela' se ha explicado tradicionalmente como derivado del latín 'campus stellae' (campo de la estrella), en alusión a las luces del hallazgo, aunque los estudiosos modernos lo relacionan más probablemente con 'compostum' (cementerio, lugar de enterramiento), pues en la zona había una necrópolis tardorromana. Sea como fuere, el 'Locus Sancti Iacobi' —el lugar de Santiago— había nacido, y con él una de las mayores corrientes de peregrinación de la historia de Occidente.
Durante los siglos siguientes, la fama del sepulcro se extendió por toda la cristiandad europea y el flujo de peregrinos no dejó de crecer. Del culto local se pasó a una peregrinación internacional: desde Francia, Alemania, Italia o las islas británicas, miles de personas se lanzaban a los caminos para llegar hasta la tumba del Apóstol, en pie de igualdad con Roma y Jerusalén. A lo largo de las rutas florecieron hospitales, puentes, monasterios, iglesias y ciudades enteras. El Camino de Santiago se convirtió en una gran arteria por la que circulaban no solo fieles, sino también ideas, arte, comercio y modas artísticas que dieron forma al románico europeo.
La ciudad, sin embargo, conoció también la violencia. En el año 997, el caudillo musulmán Almanzor (Al-Mansur) saqueó y destruyó Santiago en una de sus campañas, y se llevó las campanas y las puertas de la iglesia hasta Córdoba, cargadas —según la crónica— a hombros de cautivos cristianos. Respetó, eso sí, el sepulcro del Apóstol. La ciudad se rehízo y a lo largo del siglo XI fue amurallada y reforzada.
El gran impulsor de la Compostela medieval fue el arzobispo Diego Gelmírez, una figura política y eclesiástica de enorme ambición que gobernó la sede en las primeras décadas del siglo XII. Bajo su mandato, en 1120, el papa Calixto II elevó Santiago a sede metropolitana (arzobispado), consolidando su prestigio. De su tiempo data el célebre Códice Calixtino (Liber Sancti Iacobi), un manuscrito latino de mediados del siglo XII que reúne sermones, milagros, música litúrgica y, sobre todo, una descripción de las rutas de peregrinación considerada la primera 'guía' del Camino, con consejos, etapas y advertencias para el viajero. El nombre del códice se debe a que sus autores quisieron atribuirlo al papa Calixto II. Es un testimonio fundamental para entender el fenómeno jacobeo.
El símbolo eterno de Santiago es su catedral, y su construcción fue una empresa de siglos. La gran catedral románica que hoy conocemos comenzó a levantarse en 1075, bajo el episcopado de Diego Peláez y el reinado de Alfonso VI, sobre los templos anteriores. Se concibió como una de las mayores iglesias de peregrinación de Europa, del mismo tipo que Saint-Sernin de Toulouse o Sainte-Foy de Conques: una planta de cruz latina con amplias naves y una girola que permitía a las multitudes de peregrinos rodear el altar mayor y venerar el sepulcro sin interrumpir el culto. Las obras se prolongaron durante décadas y la catedral fue consagrada en el siglo XII.
Su obra cumbre es el Pórtico de la Gloria, esculpido por el llamado Maestro Mateo. Una inscripción conservada en la propia catedral data la colocación de los dinteles en 1188, aunque el conjunto se completó en los años siguientes. El Pórtico es una de las cimas del arte románico europeo: más de doscientas figuras de piedra —profetas, apóstoles, ángeles músicos, los veinticuatro ancianos del Apocalipsis afinando sus instrumentos— rodean a un Cristo en majestad de una expresividad y un naturalismo revolucionarios para su época. En el parteluz, una imagen del propio Santiago recibía a los peregrinos, que durante siglos apoyaron la mano en la columna hasta dejar una huella de dedos gastada en el mármol.
Con el paso del tiempo, la catedral fue recibiendo añadidos góticos, renacentistas y, sobre todo, barrocos, que transformaron su aspecto exterior sin alterar su núcleo románico. El resultado es un edificio en el que se leen, superpuestos, casi mil años de historia del arte, y que sigue siendo el corazón espiritual de la ciudad y el destino final de todos los caminos.
La imagen más universal de Santiago —la que aparece en las postales, en las monedas y en la memoria de todo peregrino— no es románica, sino barroca. Entre los siglos XVII y XVIII, la ciudad vivió una espectacular renovación arquitectónica que la convirtió en uno de los grandes conjuntos barrocos de Europa. Arquitectos como Domingo de Andrade (autor de la Torre del Reloj o Berenguela) y Simón Rodríguez llenaron el casco histórico de fachadas, torres, retablos y escalinatas de una exuberancia deslumbrante, todo en el granito local que da a la ciudad su característico tono gris y dorado.
La culminación de ese esplendor es la fachada del Obradoiro, obra maestra de Fernando de Casas Novoa, construida entre 1738 y 1750. Concebida como un gigantesco telón de piedra que protege y realza el viejo Pórtico de la Gloria románico, la fachada eleva dos altísimas torres gemelas y una portada central de líneas dinámicas y verticales, coronada por la figura de Santiago peregrino. Es una obra teatral, luminosa y llena de movimiento, que preside la plaza del Obradoiro con una majestad difícil de igualar.
Alrededor de la catedral se completó, en esos mismos siglos, el gran escenario urbano que hoy admira el visitante: el Pazo de Raxoi, el Hostal dos Reis Católicos (el antiguo Hospital Real fundado por los Reyes Católicos a comienzos del siglo XVI para acoger peregrinos, hoy Parador) y las cuatro plazas encadenadas que rodean el templo. La ciudad de piedra que hoy es Patrimonio Mundial de la Unesco cristalizó, en gran parte, en aquellos siglos de fervor barroco.
El Camino de Santiago no siempre fue el fenómeno multitudinario que es hoy. Tras su apogeo medieval, la peregrinación entró en un largo declive. La Reforma protestante, las guerras de religión en Europa, las epidemias, la inseguridad de los caminos y, más tarde, la secularización de la sociedad fueron reduciendo el número de peregrinos. En los siglos XVIII y XIX, incluso llegaron a perderse las reliquias: los restos atribuidos al Apóstol habían sido escondidos en el siglo XVI ante el temor de ataques (como el del corsario inglés Francis Drake), y su localización se olvidó, hasta que fueron 'redescubiertos' en unas excavaciones en 1879 y su autenticidad reconocida por el papa León XIII en 1884. Aun así, durante buena parte del siglo XX el Camino fue un rumor casi olvidado, recorrido por unos pocos.
El gran renacimiento llegó en las últimas décadas del siglo XX. La recuperación del interés cultural e histórico por el Camino, el impulso institucional de Galicia y de Europa —el Consejo de Europa lo declaró Primer Itinerario Cultural Europeo en 1987 y la Unesco lo inscribió como Patrimonio Mundial— y, muy especialmente, la enorme campaña del Año Santo Xacobeo de 1993, transformaron por completo la situación. De unos pocos miles de peregrinos se pasó, en pocos años, a cientos de miles anuales que hoy llegan a la ciudad caminando o en bicicleta desde todos los rincones del mundo, por motivos religiosos, deportivos, culturales o simplemente personales.
La ciudad volvió a la actualidad, no siempre por buenas razones. En julio de 2011, el Códice Calixtino desapareció de la catedral en un robo que conmocionó a España; el manuscrito, de valor incalculable, apareció un año después en el garaje de un antiguo electricista de la catedral que había confesado el hurto. El episodio, casi novelesco, recordó al mundo el tesoro documental que guarda Santiago.
La Santiago de Compostela del siglo XXI es una ciudad que vive en equilibrio entre su pasado milenario y su presente dinámico. Capital de Galicia y sede de la Xunta y del Parlamento gallego, es también una animada ciudad universitaria: la Universidad de Santiago, fundada en 1495, llena las rúas de estudiantes y da a la ciudad un pulso joven que contrasta con la solemnidad de sus piedras. Su casco histórico, Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1985, es uno de los mejor conservados de Europa, un dédalo peatonal de soportales, plazas e iglesias que se recorre a pie bajo la lluvia atlántica.
El motor de la ciudad sigue siendo el Camino. Cada año, cientos de miles de peregrinos completan alguna de las rutas y llegan, emocionados, a la plaza del Obradoiro, donde se abrazan, lloran y celebran el fin del viaje. Ese flujo constante mantiene viva una economía y una cultura de acogida que hunde sus raíces en la Edad Media. Los Años Santos Xacobeos —cuando el 25 de julio, festividad del Apóstol, cae en domingo— multiplican la afluencia y se convierten en grandes acontecimientos.
La gastronomía es otro de sus grandes atractivos: el pulpo á feira, la mariscada, la empanada, los pimientos de Padrón o la tarta de Santiago atraen a viajeros que también peregrinan por el placer de la buena mesa gallega. Y junto al casco antiguo conviven propuestas contemporáneas, como la monumental (y polémica) Cidade da Cultura de Peter Eisenman. Meta de todos los caminos, ciudad santa, universitaria y gastronómica, Santiago sigue haciendo lo que mejor sabe desde hace más de mil años: recibir al que llega.