Mucho antes de que existiera ciudad alguna, el cerro de San Vicente, junto al río Tormes, ya estaba habitado. Allí se asentaron pueblos de la Edad del Hierro, vinculados a los vacceos y vetones, que vivían de la agricultura y la ganadería en aldeas fortificadas sobre el promontorio que domina el río. Los célebres 'verracos' —esculturas de piedra con forma de toro o cerdo, propias de los vetones— son testimonio de aquellas culturas, y uno de ellos, el 'toro' del puente, quedó para siempre ligado a la imagen de la ciudad.
La primera mención histórica famosa llega con Aníbal: hacia el año 220 a.C., el general cartaginés habría sitiado la ciudad celtíbera de Helmántica (o Salmantica) en el marco de sus campañas por la Península. Con la conquista romana, la ciudad se integró en la provincia de Lusitania y se convirtió en una 'mansio' (estación de parada) de la Vía de la Plata, la gran calzada que unía Emerita Augusta (Mérida) con Asturica Augusta (Astorga), atravesando el oeste peninsular de sur a norte.
De aquella Salmantica romana sobrevive el monumento más antiguo de la ciudad: el puente romano sobre el Tormes, cuyos arcos más antiguos se levantaron en el siglo I. La posición estratégica en la calzada y junto al río dio a la ciudad una importancia comercial y de paso que mantendría durante siglos. El puente, junto al verraco vetón, aparecería siglos más tarde en las primeras páginas del Lazarillo de Tormes, fijando para siempre esta estampa en la literatura española.
Tras la caída del Imperio romano, Salamanca pasó por manos visigodas y luego quedó dentro del territorio musulmán de al-Ándalus. Pero su situación geográfica, en la cuenca del Duero, la convirtió durante siglos en una tierra de frontera disputada entre cristianos y musulmanes. En esa franja inestable —el llamado 'desierto del Duero'—, la ciudad quedó muy despoblada y maltrecha, cambiando de manos y perdiendo gran parte de su población a lo largo de los siglos de la Reconquista.
La verdadera refundación de Salamanca como ciudad cristiana estable llegó a fines del siglo XI. El rey Alfonso VI de León y Castilla encargó a su yerno, el conde Raimundo de Borgoña, la repoblación de las tierras al sur del Duero. Hacia 1085-1102, Raimundo organizó la repoblación de Salamanca, trayendo pobladores de distintos orígenes —castellanos, gallegos, francos, mozárabes, judíos— que se instalaron en barrios diferenciados. De esa época datan la organización de la ciudad medieval, las primeras parroquias y el inicio de la Catedral Vieja, una joya del románico de transición coronada por la singular Torre del Gallo.
A lo largo de los siglos XII y XIII, Salamanca creció como ciudad de realengo, con su concejo, sus murallas y una sociedad diversa que convivía no sin tensiones. Esa base demográfica y urbana sería el terreno sobre el que, en 1218, brotaría la institución que cambiaría para siempre el destino de la ciudad: el Estudio General, embrión de la futura universidad.
El año 1218 marca el hito que define a Salamanca para siempre. Ese año, el rey Alfonso IX de León fundó el Estudio General de Salamanca, que se convertiría en la Universidad de Salamanca, la más antigua de España y una de las más antiguas del mundo en funcionamiento continuo. Pocas décadas después, en 1254, el rey Alfonso X el Sabio le otorgó nuevas constituciones y rentas, y en 1255 el papa Alejandro IV reconoció su validez universal, otorgándole el derecho de que sus grados fueran reconocidos en toda la cristiandad: Salamanca pasaba a jugar en la primera división del saber europeo, junto a Bolonia, París y Oxford.
La universidad transformó la vida de la ciudad. Atrajo a estudiantes y maestros de toda la Península y de Europa, multiplicó colegios, bibliotecas y librerías, y convirtió a Salamanca en un hervidero intelectual. El símbolo de aquel prestigio es la fachada plateresca de las Escuelas Mayores, labrada en el siglo XVI como un gigantesco retablo de piedra, con su célebre 'rana' sobre una calavera que la tradición estudiantil convirtió en amuleto de buena suerte para los exámenes.
Por sus aulas pasaron algunas de las grandes figuras de la cultura española: el gramático Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática del castellano; el poeta y teólogo Fray Luis de León; juristas, médicos y teólogos de renombre. La universidad dio identidad, economía y fama a la ciudad, y mantiene hasta hoy esa savia joven que hace de Salamanca, ocho siglos después, una ciudad de estudiantes por excelencia.
Los siglos XV y XVI fueron la edad dorada de Salamanca. En pleno auge del Imperio español, la ciudad vivió su máximo esplendor intelectual y artístico: la universidad estaba en su apogeo, con miles de estudiantes, y la ciudad se llenó de obras maestras. Se levantó la Catedral Nueva (iniciada en 1513), se labraron las grandes fachadas platerescas —la de la Universidad, la de San Esteban, la Casa de las Conchas— y se construyeron palacios y conventos que aún hoy definen el casco monumental.
Pero el legado más profundo de aquel tiempo fue intelectual: la célebre Escuela de Salamanca. En el convento de San Esteban y en las aulas universitarias, un grupo de teólogos y juristas dominicos, encabezados por Francisco de Vitoria, desarrolló a partir de la primera mitad del siglo XVI un pensamiento renovador sobre el derecho, la justicia y la moral. Ante la conquista de América, plantearon preguntas revolucionarias para su época: ¿con qué derecho podían los europeos someter a los pueblos americanos? ¿Tenían los indígenas derechos como seres humanos? De esas reflexiones nacieron las bases del derecho internacional moderno (el 'derecho de gentes') y aportes pioneros al pensamiento sobre los derechos humanos, la economía y la teoría del valor y los precios.
Figuras como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Francisco Suárez o Martín de Azpilcueta hicieron de Salamanca un centro del pensamiento europeo cuya influencia llegó mucho más allá de España. Aquella Salamanca del Siglo de Oro, con su piedra dorada recién labrada y sus aulas en ebullición, fue uno de los grandes faros culturales del mundo de su tiempo.
Tras el esplendor del Siglo de Oro, Salamanca entró, como buena parte de Castilla, en un periodo de declive. La crisis económica y demográfica del siglo XVII golpeó a la ciudad y a su universidad, que perdió estudiantes e influencia. Pero el siglo XVIII trajo todavía una de sus grandes obras: la Plaza Mayor, construida entre 1729 y 1755 según el proyecto de Alberto de Churriguera y rematada por Andrés García de Quiñones. Aquella plaza barroca, cerrada y armoniosa, se convertiría en el corazón de la ciudad y en uno de los espacios urbanos más bellos de España.
El siglo XIX fue especialmente duro. Durante la Guerra de la Independencia contra Napoleón, las tropas francesas fortificaron el suroeste de la ciudad y destruyeron numerosos edificios —colegios, conventos, casas— de aquella zona monumental. Cerca de Salamanca, en 1812, se libró la decisiva batalla de los Arapiles (conocida en inglés como Battle of Salamanca), en la que el ejército anglo-portugués de Wellington derrotó a los franceses. La guerra dejó cicatrices visibles en el patrimonio y aceleró la decadencia de la universidad, agravada por las desamortizaciones y la inestabilidad política del siglo.
A pesar de todo, la ciudad conservó su carácter monumental y universitario. A finales del siglo XIX y comienzos del XX empezó una lenta recuperación, ligada de nuevo a la vida intelectual y a una figura que marcaría la Salamanca contemporánea: el filósofo y escritor Miguel de Unamuno, rector de la universidad y una de las grandes conciencias de la España de su tiempo.
El siglo XX devolvió a Salamanca buena parte de su prestigio. La figura central de la primera mitad del siglo fue Miguel de Unamuno, escritor, filósofo y varias veces rector de la universidad, símbolo de la conciencia crítica y del compromiso intelectual. Es célebre su enfrentamiento en octubre de 1936, en el Paraninfo de la universidad, con el general franquista Millán-Astray, donde Unamuno pronunció su famosa defensa de la razón frente a la violencia ('venceréis pero no convenceréis'); poco después fue destituido y murió a fines de ese mismo año. El episodio convirtió a la universidad salmantina en uno de los escenarios morales de aquel momento dramático de la historia de España.
Tras la Guerra Civil y la posguerra, Salamanca fue recuperándose y modernizándose, manteniendo siempre su doble alma de ciudad monumental y ciudad universitaria. La universidad volvió a crecer, atrayendo además a miles de estudiantes extranjeros que vienen a aprender español, lo que reforzó el carácter internacional y joven de la ciudad.
El reconocimiento internacional culminó en dos hitos. En 1988, la Unesco declaró el casco antiguo de Salamanca Patrimonio de la Humanidad, en reconocimiento a la excepcional armonía de su conjunto monumental de piedra dorada. Y en 2002, Salamanca fue Capital Europea de la Cultura, un impulso que renovó su oferta cultural y su proyección turística. Hoy, ocho siglos después de la fundación de su universidad, Salamanca sigue siendo lo que siempre fue: una ciudad del saber, dorada y joven, donde la historia y la vida estudiantil conviven a cada paso.