Mucho antes de las sombrillas y los hoteles, Mallorca fue tierra de constructores de piedra y de guerreros temidos en todo el Mediterráneo. Los primeros pobladores llegaron a la isla hacia el 3500 a.C., en el Neolítico, pero el gran salto cultural se produjo hacia el 1300 a.C. con la aparición de la cultura talayótica, común a Mallorca y Menorca. Su nombre viene de los talayots, grandes torres troncocónicas de piedra que salpican todavía hoy el paisaje isleño, junto a otros monumentos megalíticos. Eran sociedades organizadas, con un fuerte componente guerrero, que dejaron poblados fortificados y una arquitectura ciclópea impresionante.
La posición estratégica de las Baleares, en plena ruta marítima del Mediterráneo occidental, atrajo pronto a los grandes pueblos comerciantes de la Antigüedad. Fenicios y, sobre todo, cartagineses frecuentaron sus costas y establecieron factorías. De aquella época procede uno de los rasgos más célebres de los antiguos mallorquines: los honderos baleares, guerreros expertos en el manejo de la honda, capaces de lanzar proyectiles de piedra o plomo con una precisión y una fuerza demoledoras. Fueron mercenarios muy cotizados, y combatieron en los ejércitos cartagineses —incluidos los de Aníbal— y más tarde en las legiones romanas. La leyenda dice que aprendían a usar la honda desde niños, obligados a acertar en su comida para poder comer.
El propio nombre de las islas se ha relacionado tradicionalmente con estos guerreros: 'Baleares' se ha vinculado al griego 'ballein' (lanzar, arrojar), aunque el origen exacto es discutido. Fuera como fuese, Mallorca entró en la historia escrita como una tierra de hábiles honderos en el tablero de las grandes potencias del Mediterráneo.
La incorporación de Mallorca al mundo clásico llegó de la mano de Roma. Hacia el 123 a.C., el cónsul Quinto Cecilio Metelo conquistó las Baleares en una campaña que, según las fuentes, tenía como pretexto acabar con la piratería que amenazaba el comercio romano en la zona. La victoria le valió el sobrenombre honorífico de 'Balearicus'. Roma organizó el territorio y fundó dos ciudades que serían clave: Palma (la actual capital) y Pollentia (junto a la actual Alcúdia, en el norte), cuyos restos arqueológicos —foro, teatro, casas— aún pueden visitarse.
Bajo el dominio romano, que se prolongó durante siglos, la isla se romanizó profundamente: llegaron la lengua latina, la vid, el olivo, las técnicas agrícolas, las calzadas y, con el tiempo, el cristianismo. Mallorca vivió un largo periodo de estabilidad e integración en el mundo mediterráneo romano.
La caída del Imperio romano de Occidente arrastró también a las Baleares a siglos convulsos. En el siglo V, los vándalos, un pueblo germánico que había fundado un reino en el norte de África, ocuparon las islas y las incorporaron a sus dominios, en una etapa marcada por la inestabilidad. En el siglo VI, el emperador bizantino Justiniano las recuperó para el Imperio romano de Oriente en el marco de su ambiciosa reconquista del Mediterráneo, y Mallorca quedó vinculada, aunque de forma cada vez más débil y lejana, a Bizancio. Fue un periodo de transición, de la Antigüedad tardía a la Edad Media, en el que la isla, expuesta y aislada, buscaba su lugar en un mundo que cambiaba a gran velocidad.
A comienzos del siglo X, Mallorca entró en la órbita del islam. Aunque hubo incursiones y contactos desde el siglo VIII, la conquista e integración plena en el mundo andalusí se produjo en torno a los años 902-903, cuando las islas quedaron bajo el dominio del emirato (luego califato) omeya de Córdoba. Comenzaba así una etapa de más de tres siglos que dejaría una huella profunda y duradera en la isla.
La capital, rebautizada Madina Mayurqa (sobre la antigua Palma), floreció como un importante centro urbano y cultural. Se levantaron mezquitas, palacios, baños y un sistema de murallas; se desarrolló una agricultura avanzada gracias a sofisticadas técnicas de regadío —acequias, norias, aljibes— que transformaron el campo mallorquín e introdujeron nuevos cultivos. Todavía hoy sobreviven vestigios de aquella época, como los Baños Árabes de Palma, y una parte importante de la toponimia y del vocabulario agrícola de la isla tiene raíz árabe.
Durante un tiempo, las Baleares llegaron a constituir una taifa independiente y fueron base de flotas y, a veces, de la piratería que hostigaba las costas cristianas del Mediterráneo. Ese fue, precisamente, uno de los motivos que empujaron a los reinos cristianos a fijarse en la isla. En 1114-1115, una gran expedición pisano-catalana atacó Madina Mayurqa y la saqueó, aunque no logró conservarla. La suerte de la Mallorca andalusí quedaría sellada un siglo después, cuando un joven y ambicioso rey de la Corona de Aragón puso sus ojos en ella.
El año 1229 marca el gran punto de inflexión de la historia de Mallorca. El rey Jaime I de Aragón, llamado 'el Conquistador', desembarcó en la isla al frente de una gran hueste de catalanes y aragoneses y, tras un asedio a Madina Mayurqa, tomó la ciudad el 31 de diciembre de aquel año. La conquista supuso el fin de más de tres siglos de dominio musulmán y el comienzo de la Mallorca cristiana, catalana en su lengua, su cultura y sus instituciones. Sobre la mezquita mayor se empezó a construir, poco después, la gran catedral gótica de La Seu. La lengua catalana, que los colonos trajeron consigo, se convirtió en la lengua propia de la isla y lo sigue siendo hoy, en su variante mallorquina.
A su muerte, Jaime I repartió sus dominios entre sus hijos, y así nació en 1276 el Reino de Mallorca privativo o independiente, con Jaime II como primer rey. Este reino, que además de las Baleares incluía territorios en el sur de Francia (el Rosellón, la Cerdaña, Montpellier), vivió una época de esplendor. Jaime II impulsó la economía, fundó pueblos y mandó construir edificios emblemáticos como el Castell de Bellver, el singular castillo circular de Palma, y el Palau de l'Almudaina.
La independencia, sin embargo, fue breve y conflictiva. El reino privativo de Mallorca quedó atrapado entre las tensiones con la poderosa Corona de Aragón, hasta que el rey Pedro IV de Aragón lo reincorporó por la fuerza entre 1343 y 1349. El último rey privativo, Jaime III, murió en la batalla de Llucmajor en 1349 intentando recuperar su corona. Desde entonces, Mallorca quedó integrada en la Corona de Aragón y, más tarde, en la Monarquía Hispánica.
Los siglos que siguieron a la reincorporación a la Corona de Aragón fueron, para Mallorca, tiempos duros. La isla sufrió el azote constante de la piratería berberisca: flotas de corsarios del norte de África y del Imperio otomano asolaban las costas, saqueaban pueblos y capturaban habitantes para venderlos como esclavos. Para defenderse, los mallorquines erizaron el litoral de torres de vigilancia (las 'talaies') que se comunicaban con señales de fuego y humo, y muchos pueblos se replegaron tierra adentro, lejos de la costa peligrosa. La propia Mallorca practicó a su vez el corso, con marinos que atacaban a los barcos enemigos con licencia real.
En el terreno interno, la Baja Edad Media y la Edad Moderna trajeron tensiones sociales y económicas. Hubo revueltas populares contra los impuestos y los privilegios, como el levantamiento de los 'forans' (los payeses del campo contra la ciudad) en el siglo XV y, sobre todo, la Germanía mallorquina de 1521-1523, una gran rebelión de gremios y campesinos duramente reprimida. La comunidad judía y los conversos (los 'xuetes') sufrieron persecución y discriminación durante siglos.
En el plano político, Mallorca siguió el destino de la Corona de Aragón y luego de la Monarquía Hispánica. Durante la Guerra de Sucesión española, a comienzos del siglo XVIII, la isla apoyó en su mayoría al bando austracista; tras la victoria borbónica, los Decretos de Nueva Planta (1715-1716) abolieron las instituciones propias del reino y centralizaron el poder. La economía siguió siendo eminentemente agrícola y marinera, con el aceite, la vid, la almendra y el comercio como pilares, hasta bien entrado el siglo XX. Nada hacía presagiar la transformación radical que estaba por llegar.
La gran revolución de la Mallorca contemporánea no fue una guerra ni una conquista, sino el turismo. La isla siempre había atraído a viajeros ilustres —el archiduque Luis Salvador de Austria, que la estudió y amó con devoción a finales del siglo XIX; Chopin y George Sand en Valldemossa; poetas y pintores en Deià—, pero se trataba de un goteo selecto. Todo cambió a partir de los años 1950 y, sobre todo, de los años 60, cuando la generalización del avión, el aumento del nivel de vida en Europa y una política decidida de fomento turístico convirtieron a Mallorca en uno de los primeros destinos de sol y playa de masas del mundo.
En apenas dos décadas, la isla se transformó por completo. Se construyeron aeropuertos, carreteras y miles de hoteles y apartamentos a lo largo de la costa; zonas antes despobladas se llenaron de complejos turísticos; y millones de visitantes empezaron a llegar cada verano, atraídos por el clima, las playas y los precios. El turismo desplazó a la agricultura como motor económico y dio a Mallorca una prosperidad y una modernización rapidísimas, pero también un urbanismo a veces desordenado y una fuerte dependencia de un solo sector.
Hoy Mallorca recibe cada año muchos millones de turistas, y el turismo es a la vez su gran riqueza y su gran desafío. La masificación estival, la presión sobre el agua y el territorio, el encarecimiento de la vivienda para los residentes y la protección de espacios naturales frágiles han generado un intenso debate y protestas ciudadanas contra el 'overtourism'. Las instituciones han respondido con medidas como el Impuesto de Turismo Sostenible (la ecotasa), restricciones de acceso a lugares saturados como el Cap de Formentor y límites a los alquileres vacacionales. La isla busca hoy un equilibrio difícil: seguir viviendo del turismo sin morir de éxito, y preservar la Mallorca auténtica —la de la Tramuntana, los pueblos de piedra y las calas— que enamora al viajero.