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Historia de Málaga

Malaka: la fundación fenicia, casi tres mil años de historia

Málaga es una de las ciudades habitadas de forma continuada más antiguas de Europa. Su nacimiento se remonta a los navegantes fenicios llegados del Mediterráneo oriental, que en torno a los siglos IX-VIII a.C. establecieron un enclave comercial junto a la colina donde hoy se alza la Alcazaba, en la desembocadura del río Guadalmedina. Aquellos comerciantes de Tiro y Sidón buscaban en la costa del sur peninsular metales, sal y pescado, y levantaron una factoría con un patrón urbano característico: un área central de mercado y una zona periférica dedicada a los talleres de cerámica y a la industria del pescado.

De esa vocación viene, muy probablemente, su nombre. La palabra Malaka se ha relacionado tradicionalmente con la raíz semítica malak, ligada a la salazón: la ciudad habría sido, desde su origen, un gran centro de salazón y comercio de pescado, una actividad que marcaría su economía durante siglos. Bajo el dominio púnico, en la órbita de Cartago, Malaka siguió siendo un puerto activo, hasta que las Guerras Púnicas cambiaron el destino de todo el Mediterráneo occidental y abrieron la puerta a un nuevo poder llegado del este de la península itálica: Roma.

Esa fundación fenicia convierte a Málaga en una ciudad con casi tres milenios de historia documentada, un pasado que aflora hoy en los restos arqueológicos hallados bajo el casco antiguo y que explica el carácter profundamente mediterráneo, mercantil y abierto de la ciudad.

Malaca romana: el municipio de la Lex Flavia y el teatro

Tras la caída del poder cartaginés, Malaka se integró en el mundo romano y pasó a llamarse Malaca. Con el tiempo se convirtió en una ciudad federada, es decir, aliada de Roma con un estatuto especial, y más tarde en municipio de derecho latino. De su organización jurídica se conserva un documento excepcional: la Lex Flavia Malacitana, una ley municipal grabada en bronce en época del emperador Domiciano (finales del siglo I d.C.), que regulaba el gobierno de la ciudad, las elecciones y la administración local, y que es una de las fuentes más importantes para conocer cómo funcionaban los municipios del Imperio en Hispania.

Malaca prosperó gracias a su puerto y a su industria pesquera y de garum, la célebre salsa de pescado romana que se exportaba por todo el Mediterráneo. El testimonio más visible de aquella época es el teatro romano, construido bajo el reinado de Augusto en el siglo I a.C. y en uso hasta el siglo III. Situado al pie de la colina de la Alcazaba, permaneció oculto durante siglos y no fue redescubierto hasta 1951. Su reaparición reveló que, siglos después, los constructores musulmanes de la Alcazaba habían reutilizado sus columnas y sillares, de modo que hoy ambos monumentos —el teatro romano y la fortaleza andalusí— conviven pegados el uno al otro en una imagen que resume, mejor que ninguna otra, la superposición de civilizaciones que es Málaga.

Con la crisis del Imperio, la ciudad pasó brevemente por manos bizantinas y visigodas, en un periodo de decadencia del que se recuperaría con el nuevo poder que cruzó el estrecho de Gibraltar a comienzos del siglo VIII.

Mālaqa andalusí: puerto nazarí, Alcazaba y Gibralfaro

En el año 711 comenzó la conquista musulmana de la península ibérica, y hacia 713 la ciudad quedó incorporada a Al-Ándalus con el nombre de Mālaqa. Durante los siglos siguientes vivió una etapa de gran esplendor. Desde el siglo X, con el Califato de Córdoba, se convirtió en capital de la cora (provincia) de Rayya y en un floreciente centro de comercio y artesanía, célebre por su cerámica dorada, su seda y su producción agrícola, con una intensa vida portuaria que la conectaba con todo el Mediterráneo y el norte de África. Tras la fragmentación del califato y los periodos almorávide y almohade, Mālaqa alcanzó su momento de mayor brillo al integrarse, desde 1238, en el reino nazarí de Granada, el último Estado musulmán de la península.

De aquellos siglos andalusíes son sus dos grandes monumentos. La Alcazaba, levantada a partir del siglo XI y ampliada en época nazarí, es una imponente fortaleza-palacio escalonada de murallas, torres, patios, arcos de herradura y jardines con agua, considerada una de las mejor conservadas de España. En lo alto del monte, el castillo de Gibralfaro, mandado construir por el sultán Yusuf I en el siglo XIV, protegía la ciudad y la Alcazaba con las que se comunicaba por un pasadizo amurallado, la Coracha.

Mālaqa fue, durante más de siete siglos, una ciudad de cultura, comercio y convivencia entre comunidades musulmana, cristiana y judía, cuya huella pervive en el trazado de sus calles, en su gastronomía y en el paisaje monumental que corona el centro histórico.

1487: la conquista de los Reyes Católicos y la Málaga moderna

La caída de Mālaqa fue uno de los episodios decisivos de la Guerra de Granada, la campaña final de los Reyes Católicos para conquistar el último reino musulmán de la península. La ciudad, defendida con una tenacidad extraordinaria por el caudillo Hamet el Zegrí y sus tropas, resistió un largo y durísimo asedio de varios meses. El 19 de agosto de 1487, agotada por el hambre, Málaga capituló y los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, entraron en ella incorporándola a la Corona de Castilla.

La resistencia se pagó cara. Como castigo ejemplar, buena parte de la población musulmana fue esclavizada y deportada, y la ciudad quedó prácticamente vaciada y repoblada con cristianos venidos de otros territorios. Se transformó la fisonomía urbana: la mezquita mayor sería sustituida por la nueva catedral, y Málaga se integró en la Castilla de los Reyes Católicos como puerto estratégico del sur.

Los siglos XVI y XVII fueron de altibajos: la expulsión de los moriscos, epidemias, inundaciones del Guadalmedina y periodos de crisis frenaron su crecimiento, aunque el puerto mantuvo su importancia comercial, especialmente en la exportación de vino dulce y pasas, dos productos que dieron fama a la ciudad. La construcción de la catedral de la Encarnación, iniciada en el siglo XVI y nunca terminada del todo —de ahí el cariñoso apodo de 'La Manquita' por su torre sur inacabada—, se prolongó durante más de dos siglos y simboliza esa Málaga moderna que se abría paso lentamente.

El siglo XIX industrial y el nacimiento de Picasso

El siglo XIX transformó Málaga en una de las ciudades más dinámicas de España. La Revolución Industrial encontró aquí un terreno fértil de la mano de grandes familias burguesas como los Larios y los Heredia, que impulsaron la industria textil y la siderurgia. Durante décadas, Málaga fue una potencia fabril, llegando a ser conocida como 'la Manchester del sur' o la segunda ciudad industrial del país tras Barcelona. Ese auge económico dejó su huella en el urbanismo: se abrió la elegante calle Marqués de Larios, se construyó el ensanche burgués y la ciudad creció y se modernizó.

En esa Málaga burguesa y cosmopolita nació, el 25 de octubre de 1881, en la Plaza de la Merced, Pablo Ruiz Picasso, el artista que se convertiría en uno de los genios indiscutibles del arte del siglo XX. Hijo de un profesor de dibujo, Picasso pasó en Málaga su primera infancia antes de que la familia se trasladara a A Coruña y luego a Barcelona; pero la ciudad y su luz mediterránea quedaron ligadas para siempre a su nombre. Hoy Málaga honra a su hijo más universal con el Museo Picasso, en el palacio de Buenavista, y con la Casa Natal de la Plaza de la Merced.

El final del siglo XIX y comienzos del XX trajeron, sin embargo, una fuerte crisis industrial: la filoxera arrasó los viñedos, la siderurgia declinó frente a la del norte y la ciudad entró en un periodo de dificultades económicas y tensiones sociales que se prolongarían en las convulsas primeras décadas del siglo XX.

La Guerra Civil, la Desbandá y la Málaga cultural del siglo XXI

La Guerra Civil española (1936-1939) dejó en Málaga uno de sus episodios más trágicos. Tras la caída de la ciudad en manos de las tropas sublevadas en febrero de 1937, decenas de miles de civiles huyeron hacia Almería por la carretera de la costa, la antigua N-340. Entre el 7 y el 8 de febrero de 1937, esa columna de población desarmada —ancianos, mujeres y niños— fue atacada por tierra, mar y aire en lo que se conoce como 'la Desbandá' o la masacre de la carretera Málaga-Almería. Las cifras de víctimas mortales, difíciles de precisar, se estiman en varios miles. El médico canadiense Norman Bethune, testigo directo, describió aquellos kilómetros de éxodo y sufrimiento y contribuyó a dar a conocer la tragedia en el mundo. En 2025, el Estado declaró el suceso Lugar de Memoria Democrática. Es un episodio que debe recordarse con sobriedad y respeto, como parte del pasado doloroso que Málaga comparte con toda España.

Tras la larga posguerra y la dictadura, la segunda mitad del siglo XX estuvo marcada por el turismo: la Costa del Sol se convirtió en uno de los grandes destinos de sol y playa de Europa, y Málaga creció al calor de ese fenómeno, no siempre de forma ordenada. Pero fue en el siglo XXI cuando la ciudad protagonizó su gran renacimiento cultural. La apertura del Museo Picasso Málaga en 2003, seguida por el Museo Carmen Thyssen, la sede malagueña del Centre Pompidou en su Cubo de colores del puerto (2015) y la Colección del Museo Ruso, entre muchos otros espacios, transformaron la imagen de la ciudad. De ser una escala de camino a las playas, Málaga pasó a ser reconocida como 'la ciudad de los museos' y uno de los destinos culturales más vibrantes del Mediterráneo, orgullosa a la vez de sus casi tres mil años de historia y de su presente cosmopolita.

📚 Bibliografía

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