Aunque la zona de Madrid estuvo habitada desde la prehistoria y conoció presencia romana y visigoda dispersa, la ciudad como tal nace en época musulmana. Hacia el año 860, el emir de Córdoba Muhammad I mandó levantar una fortaleza (un alcázar) y una muralla sobre un altozano a orillas del río Manzanares. El objetivo era estratégico: proteger la importante ciudad de Toledo y vigilar los pasos de la sierra de Guadarrama frente al avance de los reinos cristianos del norte. Aquel enclave fortificado recibió el nombre de Mayrit (o Magerit), del que derivaría 'Madrid'.
El topónimo Mayrit suele relacionarse con el árabe y con una raíz que aludiría a los cauces de agua o a las 'majras' (canales y manantiales) de la zona, ya que el subsuelo era rico en agua y se construyeron galerías subterráneas para abastecer la villa. De hecho, el agua fue una de las claves del lugar. La Madrid musulmana fue una población pequeña pero bien fortificada, organizada en torno a su alcázar (en el solar donde hoy se alza el Palacio Real) y su medina.
De aquel Madrid andalusí quedan pocos restos visibles, pero significativos: tramos de la antigua muralla árabe, hoy conservados cerca de la Catedral de la Almudena, son los vestigios más antiguos de la ciudad. Esa raíz musulmana explica que Madrid sea, en su origen, una creación defensiva del califato, y no una vieja ciudad romana como tantas otras de España.
En el marco del avance de los reinos cristianos hacia el sur, el rey Alfonso VI de Castilla y León tomó Madrid en 1085, en el mismo contexto de la gran conquista de Toledo, la antigua capital visigoda. Según la tradición, la villa cayó sin gran resistencia, y desde entonces quedó integrada en el reino de Castilla. La leyenda cuenta que durante el asedio fue hallada, escondida en la muralla, una imagen de la Virgen (la Almudena, cuyo nombre derivaría del árabe 'al-mudayna', la ciudadela), que se convertiría en patrona de la ciudad.
Durante la Baja Edad Media, Madrid fue una villa de tamaño modesto, sin la importancia de Toledo, Sevilla o Burgos. Vivía de la agricultura, la ganadería y la caza en los abundantes montes de los alrededores (los reyes castellanos apreciaban la zona como cazadero). Poco a poco fue creciendo más allá de la antigua muralla árabe, levantando una segunda muralla cristiana e iglesias, y obtuvo fueros y privilegios. Las Cortes de Castilla se reunieron en ella en varias ocasiones, lo que indica que tenía cierta relevancia política.
En esos siglos convivieron en Madrid, como en buena parte de Castilla, comunidades cristiana, judía y musulmana (mudéjar), cada una en sus barrios. El símbolo de la villa —el oso y el madroño— se remonta a esta época medieval y alude a los antiguos bosques y a un pleito entre el concejo y la Iglesia por el aprovechamiento de los montes. Era, en suma, una villa con personalidad propia, pero nadie podía imaginar entonces el extraordinario destino que le esperaba.
El acontecimiento que cambió para siempre el destino de Madrid llegó en 1561, cuando el rey Felipe II decidió establecer en la villa, de forma permanente, su Corte. Hasta entonces la corte de los reyes castellanos había sido itinerante, sin una capital fija. Felipe II, que reinaba sobre un imperio inmenso —España, parte de Europa, América y Asia, el imperio 'en el que no se ponía el sol'—, buscaba una sede central. Madrid ofrecía ventajas: una posición casi geográficamente central en la Península, agua abundante, montes para la caza, buen clima de altura y la ausencia de poderes locales fuertes (a diferencia de Toledo, con su poderoso arzobispado) que pudieran hacerle sombra.
La elección transformó a la modesta villa en una capital en pleno crecimiento, que atrajo a nobles, funcionarios, religiosos, artistas y gente de toda condición. Bajo los reyes de la dinastía de los Austrias (los Habsburgo: Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II), entre los siglos XVI y XVII, Madrid se dotó de su corazón monumental, el que hoy llamamos 'el Madrid de los Austrias'. De esa época son la Plaza Mayor (terminada bajo Felipe III), la Plaza de la Villa, conventos, iglesias y palacios, en un estilo sobrio y de ladrillo característico.
Fue también la época del Siglo de Oro español: en las calles de Madrid vivieron y escribieron Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y Calderón de la Barca, y en la corte pintó Diego Velázquez, pintor del rey Felipe IV. La ciudad creció de forma desordenada y rápida, llenándose de corrales de comedias, mentideros y una vida cultural deslumbrante, aunque convivía con grandes desigualdades y problemas de higiene. Madrid se había convertido, casi de la nada, en la capital de una superpotencia mundial.
La llegada al trono de la dinastía de los Borbones, a comienzos del siglo XVIII tras la Guerra de Sucesión, trajo a Madrid un nuevo aire 'a la europea', inspirado en el modelo francés e italiano. El primer rey Borbón, Felipe V, tuvo que afrontar un acontecimiento dramático: en la Nochebuena de 1734, un incendio destruyó por completo el viejo alcázar de origen medieval. En su lugar se ordenó construir un nuevo y monumental palacio de piedra al estilo de las cortes europeas: el actual Palacio Real, levantado a lo largo del siglo XVIII.
Pero el gran transformador de Madrid fue el rey Carlos III (que reinó entre 1759 y 1788), considerado el monarca ilustrado por excelencia y apodado con cariño 'el mejor alcalde de Madrid'. Impulsó una profunda reforma urbana para modernizar y embellecer la capital: empedró y limpió las calles, instaló alumbrado público y alcantarillado, creó paseos arbolados y grandes ejes monumentales. De su época y la de sus sucesores inmediatos son algunas de las imágenes más icónicas de la ciudad: el Paseo del Prado con sus fuentes (Cibeles, Neptuno), la Puerta de Alcalá, el edificio que hoy alberga el Museo del Prado (concebido como gabinete de ciencias), el Real Jardín Botánico y el Observatorio.
La Ilustración convirtió a Madrid en una ciudad más limpia, ordenada y culta, con academias, instituciones científicas y un urbanismo más racional. Esa herencia del 'despotismo ilustrado' borbónico dio a Madrid buena parte de su rostro monumental clásico, el del eje del Prado y los grandes paseos, que hoy es Patrimonio Mundial de la Unesco junto con el Retiro.
El siglo XIX comenzó en Madrid con un episodio heroico y trágico. El 2 de mayo de 1808, el pueblo madrileño se levantó contra las tropas francesas de Napoleón que ocupaban la ciudad, en uno de los hechos que dieron inicio a la Guerra de la Independencia española. La represión fue brutal: al día siguiente, el 3 de mayo, hubo fusilamientos masivos de patriotas, escena que Francisco de Goya inmortalizó en sus célebres cuadros 'La carga de los mamelucos' y 'Los fusilamientos del 3 de mayo', hoy en el Museo del Prado. Esa fecha sigue celebrándose como fiesta de la Comunidad de Madrid.
A lo largo del siglo XIX, Madrid creció y se modernizó: se derribaron las viejas murallas, se construyó el Ensanche (con barrios como Salamanca), llegaron el ferrocarril, el agua corriente (el Canal de Isabel II) y el alumbrado de gas. A comienzos del siglo XX, la gran operación urbana fue la apertura de la Gran Vía (desde 1910), que rasgó el viejo casco para crear una gran avenida moderna de edificios monumentales, cines y comercios, símbolo del Madrid del nuevo siglo.
El episodio más dramático llegó con la Guerra Civil (1936-1939). Madrid, fiel a la República, resistió un largo y duro asedio de las tropas sublevadas; bajo el lema '¡No pasarán!', la ciudad soportó bombardeos y combates durante casi tres años, hasta su caída en 1939. Tras la guerra vino la larga dictadura del general Franco. Con la llegada de la democracia, a finales de los años setenta, y ya en los ochenta, Madrid vivió una explosión de libertad y creatividad cultural conocida como 'la Movida madrileña', con la música, el cine (Almodóvar) y el arte como protagonistas. Hoy es una metrópoli moderna, cosmopolita y abierta, una de las grandes capitales europeas.
Madrid no es solo el centro político de España: es una de las grandes capitales culturales del mundo, y esa identidad se forjó a lo largo de los siglos. Su mayor tesoro es el arte. El Museo del Prado, inaugurado en 1819 a partir de las colecciones reales, atesora una de las mejores pinacotecas del planeta, con Velázquez, Goya, El Greco, El Bosco, Tiziano y Rubens. A él se sumaron en el siglo XX el Reina Sofía, dedicado al arte moderno y contemporáneo y hogar del 'Guernica' de Picasso, y el Thyssen-Bornemisza, que completa el recorrido por la historia de la pintura. Juntos forman el célebre 'triángulo del arte' del Paseo del Prado.
Ese Paseo del Prado, concebido en el siglo XVIII como un gran 'salón' urbano que unía la ciencia (el Jardín Botánico, el Observatorio), el arte (los museos) y el ocio (los jardines del Retiro), es uno de los primeros ejemplos europeos de avenida arbolada pensada para el disfrute público. Por su valor histórico y paisajístico, en 2021 la Unesco inscribió como Patrimonio Mundial el conjunto 'Paseo del Prado y el Buen Retiro, paisaje de las artes y las ciencias', reconociendo a Madrid en su faceta de capital cultural ilustrada.
A esa potencia museística se suman la literatura del Siglo de Oro (el Barrio de las Letras recuerda a Cervantes, Lope y Quevedo), una vibrante escena teatral y musical, las fiestas populares (San Isidro, el patrón, con sus chulapos y chulapas; la Almudena; la Navidad), la pasión por el fútbol y, por encima de todo, una forma de vida muy madrileña hecha de calle, plazas, tapas y noches largas. Madrid es hoy una ciudad abierta, diversa y acogedora, que combina su enorme legado histórico y artístico con la energía de una capital europea del siglo XXI.