Mucho antes de que existiera el turismo de cuevas, antes incluso de que Roma soñara con el Adriático, el abismo de Škocjan ya era un lugar de culto. En un rincón del Karst esloveno donde el río Reka se hunde de golpe bajo tierra, los seres humanos vieron durante milenios una puerta al inframundo, y la trataron como tal.
Las excavaciones en la zona —sobre todo en la cavidad conocida como Mušja jama (la 'cueva de las moscas'), un pozo vertical muy cercano— sacaron a la luz uno de los conjuntos de ofrendas de la Edad del Bronce tardía y de la Edad del Hierro más importantes de esta parte de Europa. Allí, entre los siglos XII y VIII a.C. aproximadamente, distintas comunidades arrojaron al abismo cientos de objetos de bronce: espadas, puntas de lanza, cascos, hachas y vasijas, muchos deliberadamente doblados o rotos, como se hacía con las ofrendas destinadas a los dioses y a los muertos. Piezas llegadas desde Italia, los Balcanes y el mundo centroeuropeo aparecen mezcladas, lo que indica que este punto del Karst era un santuario conocido y respetado en un radio enorme.
Los arqueólogos interpretan estos hallazgos como el reflejo de un culto ligado al agua que desaparece y a los abismos como pasajes hacia el más allá. El paisaje mismo lo sugiere: un río caudaloso que se traga la tierra y desaparece de la vista era, para aquellas sociedades, un fenómeno cargado de sentido religioso. Škocjan nace, por tanto, como un lugar espiritual mucho antes que como una maravilla geológica.
La verdadera 'ingeniera' de Škocjan es el agua. El río Reka nace en las faldas del monte Snežnik, en el interior del suroeste esloveno, y corre en superficie hasta llegar al borde de la meseta caliza del Kras. Allí, incapaz de seguir sobre la piedra soluble, se hunde en el llamado Naravni most (puente natural) y desaparece bajo tierra en el sistema de Škocjan, para reaparecer decenas de kilómetros más allá, ya en Italia, con el nombre de Timavo, y desembocar por fin en el golfo de Trieste.
Durante cientos de miles de años, ese río subterráneo fue disolviendo y erosionando la caliza, excavando un cañón bajo tierra de proporciones colosales: paredes que se elevan más de cien metros, salas donde cabría una catedral y galerías que suman kilómetros. El agua sigue trabajando hoy: cuando llueve fuerte en el interior, el Reka puede multiplicar su caudal y subir muchos metros dentro de la cueva, un recordatorio de que el sistema está vivo y en constante transformación.
Este tipo de relieve —cuevas, sumideros (doline), ríos que se pierden y resurgen, campos de piedra desnuda— es tan característico de esta meseta que la propia región le dio su nombre a la ciencia. La palabra internacional 'karst', que hoy usan geólogos de todo el mundo para describir el paisaje calizo, deriva del alemán 'Karst', y este a su vez del esloveno 'Kras', el nombre de esta meseta entre Liubliana y el Adriático. Estudiar el Kras esloveno fue, en el siglo XIX, estudiar el karst por primera vez de manera sistemática.
El topónimo Škocjan es una contracción popular de 'Sveti Kancijan', es decir, San Cancián, uno de los mártires de Aquilea venerados en el norte del Adriático desde los primeros siglos del cristianismo. Sobre un promontorio rocoso encajado entre los grandes sumideros por los que el río entra y sale de la tierra se levanta el minúsculo pueblo del mismo nombre, coronado por su iglesia parroquial dedicada a San Cancián y sus compañeros.
Que un lugar tan cargado de significado 'pagano' —el abismo de las ofrendas prehistóricas— acabara consagrado a un santo cristiano no es casualidad. Es un patrón que se repite en toda Europa: los sitios sagrados de las viejas religiones fueron reinterpretados y cristianizados, conservando su aura pero cambiando de dueño celestial. El emplazamiento del caserío, colgado sobre el vacío del cañón, tiene además una lógica defensiva y práctica, propia de los pueblos del Karst, construidos con la misma piedra caliza gris que forma la meseta.
Durante siglos, la vida en Škocjan y en los pueblos vecinos giró en torno a la agricultura difícil de una tierra pobre en agua superficial y a los ritmos del viento de bora que barre la meseta. La cueva, temida y respetada, era parte del paisaje cotidiano mucho antes de convertirse en atracción.
La Škocjan que hoy se visita es hija del siglo XIX, la gran época de la exploración de cuevas europea. Aunque los habitantes locales conocían las bocas del sistema desde siempre, adentrarse en el cañón subterráneo, cruzar el río en la oscuridad y cartografiar las galerías era una empresa peligrosa que requería cuerdas, escalas y coraje.
El impulso decisivo llegó de la mano de la Sección del Litoral del Club Alpino Alemán y Austríaco (Küstenland), con base en la cercana Trieste, entonces gran puerto del Imperio austrohúngaro. A partir de la década de 1880, estos pioneros —junto a guías y trabajadores locales— tallaron senderos en la roca, instalaron pasarelas y tendieron los primeros puentes sobre el río, abriendo camino hacia el corazón del cañón. Entre esos trabajadores destacó la familia Cerkvenik, cuyo apellido lleva hoy el puente más famoso de la cueva, la pasarela suspendida a unos 45 metros sobre el agua que es el momento cumbre de la visita.
Con los senderos vinieron la iluminación, los primeros visitantes y el nacimiento de Škocjan como destino. A comienzos del siglo XX ya era conocida entre los viajeros y naturalistas de media Europa, y las postales de su abismo circulaban por el continente. La cueva se convirtió, junto a la vecina Postojna, en una de las cunas del turismo espeleológico mundial y en un laboratorio natural para el estudio del karst.
El siglo XX trajo al Karst una sucesión vertiginosa de banderas. Hasta 1918, Škocjan y toda esta meseta formaban parte del Imperio austrohúngaro, dentro del Litoral austríaco gobernado desde Trieste. Tras la Primera Guerra Mundial y el desmembramiento del Imperio, la región pasó al Reino de Italia, y durante las décadas de entreguerras, bajo el fascismo, la población eslovena del Karst sufrió una fuerte política de italianización que reprimió su lengua y su identidad.
La Segunda Guerra Mundial y la posguerra volvieron a redibujar las fronteras. Tras años de tensión y de la compleja cuestión del Territorio Libre de Trieste, la meseta del Kras quedó finalmente integrada en la Yugoslavia socialista, dentro de la República de Eslovenia, mientras la ciudad de Trieste permanecía en Italia, a pocos kilómetros. La frontera partió en dos una región históricamente unida, y muchas familias del Karst quedaron divididas por una línea política.
Durante el período yugoslavo, Škocjan siguió recibiendo visitantes y consolidó su prestigio científico. Con la independencia de Eslovenia en 1991, tras la breve Guerra de los Diez Días, las cuevas pasaron a ser uno de los tesoros naturales del joven Estado. La posterior entrada de Eslovenia en la Unión Europea y en el espacio Schengen borró de nuevo, esta vez de forma amable, la frontera con Italia: hoy se puede ir de Škocjan a Trieste casi sin notar el cambio de país.
El reconocimiento internacional definitivo llegó en 1986, cuando la UNESCO inscribió las Cuevas de Škocjan en la lista del Patrimonio Mundial. El organismo destacó su valor excepcional como uno de los sistemas de cañones subterráneos y fenómenos kársticos más grandes y espectaculares del planeta, un ejemplo único de la acción del agua sobre la caliza y un laboratorio natural de importancia científica mundial. Fue uno de los primeros sitios naturales de la región en obtener esa distinción.
A la protección de la cueva se sumó la del paisaje que la rodea. En 1996 el Estado esloveno creó el Parque Regional de las Cuevas de Škocjan (Park Škocjanske jame), un ente público que gestiona a la vez la conservación, la investigación y el turismo, y que vela por los pueblos, los sumideros y los ecosistemas de la superficie. En 1999, el sistema subterráneo del Reka fue incluido además en la lista Ramsar de humedales de importancia internacional —uno de los pocos humedales subterráneos del mundo con ese estatus— y la zona forma parte de una reserva de la biosfera de la UNESCO.
Hoy, Škocjan combina tres almas: la del santuario prehistórico donde se arrojaban espadas a los dioses, la del laboratorio geológico que le dio su nombre al karst mundial, y la del parque natural que recibe a decenas de miles de visitantes al año cuidando de no romper su frágil equilibrio. Caminar por sus pasarelas, con el Reka rugiendo abajo en la penumbra, es asomarse a la vez a la fuerza de la naturaleza y a miles de años de historia humana frente al abismo.