La historia de Portorož empieza, curiosamente, con la salud. Mientras la vecina Piran acumulaba siglos como comuna marinera y plaza veneciana, la bahía que hoy ocupa Portorož era poco más que un tramo de costa junto a las grandes salinas de Sečovlje, cuyo paisaje de piletas, diques y montañas de sal blanca era el motor económico de toda la zona.
Ya en la Edad Media, la tradición sitúa aquí un monasterio benedictino —el monasterio de San Lorenzo (San Lorenzo / Sveti Lovrenc)— cuyos monjes habrían sido los primeros en advertir y aprovechar las propiedades curativas del barro (fango) y de la salmuera de las salinas para tratar dolencias. Ese saber sobre el poder terapéutico del ambiente salino, transmitido durante siglos, es la semilla remota del futuro balneario.
El propio nombre del lugar evoca esa vocación amable: Portorož, en italiano Portorose, significa 'puerto de las rosas', un topónimo poético que algunos vinculan a las rosas que crecían en torno al viejo monasterio. Durante mucho tiempo, sin embargo, no fue más que un apéndice rural y salinero de Piran. El gran cambio llegaría recién a finales del siglo XIX.
El Portorož moderno es hijo de una moda europea: la de los baños de mar y las curas termales que, a lo largo del siglo XIX, llevó a las clases acomodadas de todo el continente a buscar salud y ocio en la costa. En la época del Imperio austrohúngaro, esta bahía protegida y soleada, con su barro y su salmuera curativos y su clima suave, reunía las condiciones perfectas para convertirse en una estación de salud a la altura de las de la Riviera o del Adriático italiano.
A lo largo de las últimas décadas del siglo XIX se levantaron los primeros establecimientos de baños y hoteles, y en 1891 Portorož fue reconocido oficialmente como balneario (Kurort), un hito que marca su nacimiento como destino turístico. El símbolo de aquel esplendor de la Belle Époque llegó en 1910 con la inauguración del gran Hotel Palace, un imponente edificio de lujo frente al mar que convirtió a Portorož en uno de los balnearios de moda del Imperio, frecuentado por la aristocracia y la alta burguesía centroeuropea.
Aquellos años dorados definieron la identidad de Portorož: un lugar creado desde cero para el descanso, la salud y el placer junto al mar, muy distinto de las viejas ciudades históricas de la costa. Palmeras, paseos, casinos y hoteles elegantes dibujaron el perfil de un destino que nacía ya con vocación cosmopolita.
La Primera Guerra Mundial y el desmembramiento del Imperio austrohúngaro en 1918 cambiaron la bandera de toda Istria. Portorož, como Piran y el resto de la península, pasó a formar parte del Reino de Italia. Bajo administración italiana, y con el nombre de Portorose, el balneario mantuvo y aun potenció su carácter turístico durante las décadas de entreguerras.
Fueron años de continuidad para el turismo de élite: el Hotel Palace, los baños y el casino siguieron atrayendo visitantes, y Portorose se consolidó como una de las estaciones balnearias de la costa nororiental del Adriático italiano. Al mismo tiempo, como en toda Istria, la etapa fascista estuvo marcada por una dura política de italianización que reprimió la lengua y la identidad eslovenas de la región, un trasfondo social y político tenso que convivía con la imagen amable del balneario.
La Segunda Guerra Mundial interrumpió el turismo y trajo la ocupación, la guerra y la resistencia. Al terminar el conflicto, el destino de Istria —y con él el de Portorož— volvería a estar en juego en el complejo reparto de fronteras de la posguerra.
Tras la Segunda Guerra Mundial, y después del episodio del Territorio Libre de Trieste, Portorož quedó finalmente integrado, junto con Piran y buena parte de Istria, en la Yugoslavia socialista, dentro de la República de Eslovenia. La posguerra trajo a esta costa el doloroso éxodo istriano de buena parte de la población de lengua italiana, un fenómeno sensible que transformó la demografía de toda la región.
En lo turístico, sin embargo, la etapa yugoslava fue de gran expansión. El régimen apostó por el turismo como fuente de divisas, y Portorož vivió un fuerte desarrollo: se construyeron nuevos y grandes hoteles, complejos de apartamentos, piscinas, casinos y toda la infraestructura del turismo de masas que hoy define el balneario. La tradición termal y de talasoterapia, basada en la salmuera y el barro de Sečovlje, se modernizó y se integró en los nuevos centros de spa.
De aquella época datan buena parte de los grandes complejos hoteleros que se extienden por la bahía y la fisonomía moderna del lugar. Portorož se convirtió en uno de los destinos de sol y mar más importantes de la costa yugoslava, frecuentado por turistas de toda Europa, y en un centro de juego y vida nocturna que le dio fama en la región.
Con la independencia de Eslovenia en 1991, tras la breve Guerra de los Diez Días, Portorož quedó integrado en el nuevo Estado esloveno como su principal destino de sol, mar y wellness. La entrada del país en la Unión Europea (2004), en la eurozona (2007) y en el espacio Schengen facilitó enormemente la llegada de visitantes desde Italia, Austria, Alemania y toda Europa central, para quienes esta costa es la salida al mar más cercana.
En las últimas décadas, Portorož ha apostado por renovar su oferta y recuperar su prestigio histórico. El emblemático Hotel Palace, cerrado durante años, fue restaurado y reabierto como hotel de lujo, recuperando el esplendor de la Belle Époque, y los grandes complejos de spa modernizaron sus instalaciones de talasoterapia, manteniendo viva la razón de ser del balneario: el poder curativo de la salmuera y el barro de las salinas de Sečovlje.
Hoy Portorož es un destino de vacaciones consolidado, complemento perfecto de la Piran cultural: donde una ofrece historia y belleza medieval, la otra ofrece playa, spa, marina y descanso. Su historia —del monasterio benedictino y su barro que cura, al balneario de la aristocracia austrohúngara, al turismo de masas yugoslavo y al resort moderno esloveno— es la de un lugar que, durante más de un siglo, se ha dedicado a una sola cosa: el bienestar junto al Adriático.