Antes de que existiera Liubliana existió Emona. Hacia el año 14-15 d.C., en tiempos del emperador Augusto y Tiberio, los romanos fundaron aquí la colonia de Iulia Emona, sobre un cruce de caminos estratégico: por este valle pasaba la ruta que unía el Adriático (Aquileia) con la llanura del Danubio, y muy cerca corría la vieja Ruta del Ámbar que llevaba esa resina preciosa del Báltico al Mediterráneo. Emona era una ciudad amurallada de trazado romano regular, con foro, termas, casas con mosaicos y calefacción por hipocausto, y una población de varios miles de personas.
Buena parte de aquella ciudad sigue bajo la Liubliana actual. Todavía se pueden recorrer tramos de la muralla romana —restaurados en parte por Plečnik en el siglo XX—, los restos de una domus con mosaicos en el llamado Parque Arqueológico Emona, y colecciones de la época en el Museo Nacional y el Museo de la Ciudad. Cuando el Imperio romano se hundió, Emona sufrió el paso de los pueblos que cruzaban Europa: hacia el año 452 fue arrasada en la órbita de las campañas de Atila y los hunos, y la vida urbana se apagó durante siglos.
Tras el vacío, llegaron nuevos pobladores. Entre los siglos VI y VII, tribus eslavas se asentaron en el valle; son los antepasados directos de los eslovenos de hoy. La zona pasó luego bajo la influencia de los francos de Carlomagno y de los duques de Carintia, dentro del gran mosaico del Sacro Imperio, y el viejo nombre de Emona quedó atrás.
El nombre de Liubliana aparece por primera vez en documentos hacia 1112-1125, escrito como Luwigana, y su versión alemana, Laibach, se usará durante siglos. En la Edad Media la ciudad creció al pie de la colina del castillo, organizada en tres barrios amurallados a orillas del río: la Ciudad (Mesto), el Barrio Nuevo (Novi trg) y el suburbio de San Pedro. Recibió derechos de ciudad hacia mediados del siglo XIII.
El gran giro llegó en 1335, cuando Liubliana pasó a manos de los Habsburgo de Austria, la dinastía que la gobernaría, con breves interrupciones, hasta 1918. Como capital del ducado de Carniola (Kranjska), la ciudad se convirtió en un centro administrativo, comercial y religioso; en 1461 se creó la diócesis de Liubliana, con su catedral de San Nicolás. Fue también escenario de las tensiones de la época: la peste, las incursiones otomanas que asolaron el campo esloveno en los siglos XV y XVI, y la Reforma protestante, que aquí tuvo un papel decisivo para la cultura.
Porque fue en la Liubliana del siglo XVI donde el reformador protestante Primož Trubar imprimió, hacia 1550, los primeros libros en lengua eslovena, un abecedario y un catecismo. Aquel gesto fundó la lengua literaria eslovena y ató para siempre la identidad nacional a la palabra escrita, aunque después la Contrarreforma católica de los Habsburgo revirtiera buena parte del avance protestante. En 1511, además, un violento terremoto sacudió la ciudad, que fue reconstruida ya con aires renacentistas.
Los siglos XVII y XVIII trajeron a Liubliana su rostro barroco, el que todavía define su casco antiguo. Bajo el influjo de Italia, arquitectos y escultores levantaron iglesias, palacios y fuentes: la catedral de San Nicolás con sus frescos, la iglesia de San Jacobo, la iglesia franciscana rosada de la plaza Prešeren y la célebre Fuente de los Tres Ríos de Carniola, obra del escultor Francesco Robba. Se fundó la Academia de los Operosos y floreció una vida cultural que miraba a Viena y a Venecia.
A comienzos del siglo XIX, la tormenta napoleónica cambió el mapa. Entre 1809 y 1813, Napoleón arrebató a Austria estos territorios y creó las Provincias Ilirias, un Estado satélite francés que reunía a eslovenos, croatas y otros pueblos del norte adriático. Y eligió a Liubliana (Laybach) como su capital. Fue un paréntesis breve pero cargado de consecuencias: los franceses introdujeron reformas administrativas, y sobre todo dieron por primera vez un lugar oficial a la lengua eslovena en escuelas y administración, lo que estimuló la conciencia nacional. Cuando Austria recuperó la región, ese despertar ya no se apagó.
En 1821, además, Liubliana fue sede del Congreso de Laibach, una de las cumbres de la Santa Alianza de las potencias europeas que buscaban frenar las revoluciones liberales tras Napoleón. Durante unos meses, monarcas y cancilleres de media Europa llenaron la pequeña ciudad, que por un instante estuvo en el centro de la diplomacia continental.
El siglo XIX fue el del renacimiento nacional esloveno, y Liubliana fue su corazón. En 1849, el poeta France Prešeren —hoy figura máxima de las letras eslovenas y autor del brindis Zdravljica, cuyos versos forman el actual himno nacional— dejaba una obra que convirtió al esloveno en lengua de alta poesía. Surgieron sociedades culturales, teatros, periódicos y la Matica Slovenska, y la ciudad se llenó de instituciones que afirmaban una identidad propia dentro del imperio austrohúngaro.
La llegada del ferrocarril en 1849, con la línea que unía Viena y Trieste pasando por Liubliana, aceleró la modernización: fábricas, bancos, nuevos barrios. Pero el 14 de abril de 1895, un fuerte terremoto volvió a golpear la ciudad, dañando o destruyendo cientos de edificios. La catástrofe se convirtió, paradójicamente, en una oportunidad. Bajo el impulso del alcalde Ivan Hribar, Liubliana se reconstruyó como una capital moderna al estilo de la época: se trazaron bulevares, se levantaron edificios de la Secesión (el modernismo centroeuropeo) y, en 1901, se inauguró el famoso Puente de los Dragones, uno de los primeros de hormigón armado de Europa, custodiado por los dragones que se volvieron símbolo de la ciudad.
La Liubliana de comienzos del siglo XX era ya una ciudad con universidad en ciernes, teatros, cafés y una burguesía culta que soñaba con la autonomía eslovena. La Primera Guerra Mundial y el hundimiento de Austria-Hungría en 1918 abrirían de golpe esa puerta.
En 1918, tras la caída del imperio, los eslovenos se unieron a serbios y croatas en el nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que en 1929 pasó a llamarse Yugoslavia. Liubliana se consolidó como capital de la región eslovena y vivió un florecimiento cultural: en 1919 se fundó por fin su universidad. Fue entonces cuando entró en escena el hombre que iba a rediseñar la ciudad: el arquitecto Jože Plečnik.
Formado en Viena con Otto Wagner y consagrado en Praga, Plečnik volvió a su Liubliana natal y, entre las décadas de 1920 y 1950, la transformó con una visión personalísima que mezclaba lo clásico, lo popular y lo moderno. Suyos son el Triple Puente, el mercado cubierto junto al río, la monumental Biblioteca Nacional y Universitaria (NUK), los malecones del Ljubljanica, el cementerio de Žale, el estadio Bežigrad y decenas de detalles urbanos. Plečnik no construyó edificios aislados: pensó la ciudad entera como una obra de arte, encadenando ejes, plazas y perspectivas. En 2021, la UNESCO reconoció ese conjunto como Patrimonio de la Humanidad.
La Segunda Guerra Mundial fue trágica para la ciudad. Tras la invasión del Eje en 1941, Liubliana quedó bajo ocupación italiana y luego alemana, y llegó a estar rodeada por más de 30 kilómetros de alambre de púas que la convirtieron en un enorme campo cercado para frenar a la resistencia partisana. Hoy, el sendero del recuerdo conocido como la Pot (Camino de la Amistad) rodea la ciudad siguiendo el trazado de aquel alambrado, y cada año se camina en su memoria.
Terminada la guerra, Liubliana fue la capital de la República Socialista de Eslovenia dentro de la Yugoslavia federal de Tito. Fueron décadas de industrialización, crecimiento urbano y también de vida cultural intensa: la ciudad tuvo una escena universitaria, artística y alternativa notable, que en los años 80 se volvió foco de las ideas de apertura y de crítica al régimen, con movimientos civiles y grupos como los que giraban alrededor del arte y la música de vanguardia.
A finales de los años 80, con Yugoslavia en crisis, Eslovenia encabezó el camino hacia la independencia. En diciembre de 1990, un referéndum aprobó de forma abrumadora la separación, y el 25 de junio de 1991 Eslovenia declaró su independencia. Siguió la breve Guerra de los Diez Días, en la que el ejército yugoslavo intentó sin éxito impedir la secesión; Liubliana vivió la tensión de aquellos días, pero el conflicto fue corto y con pocas víctimas comparado con el drama que después asolaría a otras repúblicas. Eslovenia consolidó su independencia y, en 1991, Liubliana se convirtió por primera vez en capital de un Estado soberano.
El resto es la historia reciente: en 2004 Eslovenia entró en la Unión Europea, en 2007 adoptó el euro, y en 2016 Liubliana fue nombrada Capital Verde Europea por su apuesta por el transporte sostenible y la peatonalización del centro. Hoy es una capital pequeña y próspera, orgullosa de su río, de sus dragones y de la obra de Plečnik, donde la Emona romana, la Laibach de los Habsburgo y la modernidad eslovena conviven a orillas del Ljubljanica.