El valle de Bohinj es, antes que nada, obra del hielo. Durante las glaciaciones, un gran glaciar bajaba de las alturas del Triglav y de la meseta de Komna, tallando este valle largo y hondo entre montañas. Cuando el hielo se retiró, hace miles de años, dejó tras de sí una morrena que embalsó las aguas y formó el lago Bohinj, el mayor lago natural permanente de Eslovenia. La misma fuerza geológica que modeló Bled, unos kilómetros más al este, esculpió aquí un paisaje más agreste y cerrado.
El valle estuvo habitado desde muy antiguo. Se han encontrado vestigios de la Edad del Hierro, y no es casualidad: las montañas de Bohinj guardaban mineral de hierro, y sus bosques ofrecían la madera para hacer el carbón vegetal con que fundirlo. Durante la Edad Media y hasta bien entrado el siglo XIX, Bohinj fue uno de los grandes centros siderúrgicos de la región. Los habitantes extraían y fundían el mineral en hornos y fraguas, quemaban carboneras en los bosques y forjaban el hierro que se vendía por toda la comarca. Esa industria del hierro marcó la economía, el paisaje y hasta la cultura del valle, y todavía se recuerda en el nombre de pueblos como Stara Fužina ('vieja fundición') y en el museo etnográfico local.
De aquella vida campesina y montañesa nacieron también los característicos secaderos de heno de madera, los kozolci, y una arquitectura de piedra y madera adaptada al invierno duro, que aún da carácter a los pueblos de Stara Fužina, Studor o Srednja vas.
En Ribčev Laz, donde el lago vierte sus aguas al río, se levanta desde la Edad Media la iglesia de San Juan Bautista (Cerkev sv. Janeza Krstnika), el monumento más querido de Bohinj y una de las joyas del arte medieval esloveno. Su núcleo es románico, ampliado luego en estilo gótico, con una torre robusta que se refleja en el agua junto al viejo puente de piedra: la imagen clásica del lago.
Lo más valioso está dentro. La iglesia conserva un conjunto excepcional de frescos góticos de los siglos XIV, XV y XVI, obra de maestros locales, que cubren muros y bóvedas con escenas religiosas, santos y detalles de la vida cotidiana medieval. Son de los mejores frescos góticos de Eslovenia y un testimonio precioso de la fe y el arte de aquellas comunidades de montaña. La iglesia, situada en la frontera entre lo humano y lo salvaje —el último pueblo antes de la alta montaña—, era el corazón espiritual de un valle aislado.
Junto al puente, la estatua del cazador y de Zlatorog, el rebeco de cuernos de oro, recuerda la leyenda más famosa de los Alpes Julianos, un mito que enseña que la codicia por los tesoros de la montaña acarrea la ruina. Naturaleza, fe y leyenda se dan la mano en este rincón.
Bohinj ocupa un lugar central en la cultura eslovena por un poema. En 1836, France Prešeren —el más grande poeta de Eslovenia, autor de los versos que hoy forman el himno nacional— publicó 'Krst pri Savici' ('El bautismo junto al Savica'), un poema épico ambientado precisamente en este valle y en su cascada.
La obra narra un episodio legendario de la cristianización de los eslovenos, en el siglo VIII: el último combate de los eslavos que se resistían a abandonar su antigua religión pagana. El héroe, Črtomir, dirige la resistencia y es derrotado; enamorado de Bogomila, sacerdotisa de la diosa Živa que ya se ha convertido al cristianismo, acaba aceptando el bautismo junto a la cascada Savica. Prešeren convirtió el paisaje de Bohinj —el lago, las montañas, la cascada que brota de la roca— en escenario de un drama sobre la identidad, la fe, la pérdida y la nación. Desde entonces, la Savica no es solo una cascada bonita: es un lugar simbólico del imaginario esloveno, cargado de significado literario y patriótico.
Esa fusión entre naturaleza y sentimiento nacional explica por qué Bohinj y el Triglav ocupan un lugar tan especial en el corazón de los eslovenos, mucho más allá de su belleza.
Durante siglos, el valle de Bohinj fue un lugar remoto y difícil de alcanzar. Eso cambió de golpe a comienzos del siglo XX con una de las grandes obras de ingeniería del imperio austrohúngaro: la línea ferroviaria de Bohinj, inaugurada en 1906 como parte de la nueva Transalpina que unía Austria con el puerto de Trieste, en el Adriático.
El tramo por Bohinj obligó a perforar el túnel de Bohinj, de más de seis kilómetros bajo la montaña, entonces una proeza notable, y a construir viaductos y puentes espectaculares, como el gran puente de piedra de Solkan sobre el río Soča, el mayor arco de piedra ferroviario del mundo. La línea conectó el valle con Gorizia, Trieste y el resto de Europa, y trajo consigo el turismo: viajeros que buscaban el aire puro, la montaña y el lago empezaron a llegar en tren, y con ellos los primeros hoteles y pensiones.
Bohinj se sumó así, aunque con un perfil más rústico y montañés, a la moda de los destinos alpinos que ya había hecho famoso a Bled. Aquel ferrocarril sigue funcionando hoy, con su histórico túnel y su 'auto-tren' que transporta vehículos hasta el valle del Soča, y es en sí mismo una experiencia y un testimonio vivo de la época en que el valle se abrió al mundo.
El impulso por proteger esta naturaleza es más antiguo de lo que parece. Ya en 1924 se declaró en el vecino Valle de los Siete Lagos del Triglav un primer 'parque de protección alpina', uno de los más tempranos de Europa. Aquella semilla creció con el tiempo hasta convertirse, en 1981, en el actual Parque Nacional Triglav (Triglavski narodni park), el único parque nacional de Eslovenia, que abarca la mayor parte de los Alpes Julianos, con el lago Bohinj y su valle en el corazón.
Dentro del parque, Bohinj ha sabido mantener un difícil equilibrio: recibe muchos visitantes, sobre todo en verano, pero conserva su carácter tranquilo y rural, muy distinto del bullicio de Bled. Las autoridades han apostado por un turismo sostenible, con buses lanzadera, límites al tráfico y aparcamiento junto al lago, y la promoción de la marca 'Julian Alps' para repartir a los visitantes por el territorio y respetar la fragilidad de la alta montaña.
Tras la independencia de Eslovenia en 1991 y su entrada en la Unión Europea en 2004, Bohinj se afianzó como uno de los destinos de naturaleza más valorados del país: base para el senderismo en el Triglav, para el esquí en Vogel, para el baño en aguas limpias y para conocer una cultura alpina auténtica de queserías, secaderos de heno y pueblos de piedra. Un valle donde el hielo antiguo, el hierro medieval, los frescos góticos, el poema de Prešeren y el ferrocarril imperial siguen presentes bajo la sombra del Triglav.