Kranjska Gora nació donde se juntan los caminos y las fronteras. En el rincón más noroccidental de las tierras eslovenas, en el valle alto del río Sava Dolinka, este pequeño pueblo creció a un paso del punto donde hoy se tocan Eslovenia, Austria e Italia, rodeado por las paredes de los Alpes Julianos: el Špik, el Prisojnik, el Razor. Su propio nombre, que significa algo así como 'montaña de Carniola', habla de esa condición de aldea de altura en la histórica región eslovena de la Alta Carniola (Gorenjska).
Los primeros pobladores fueron campesinos y ganaderos eslavos que, desde la Alta Edad Media, aprovechaban los pastos de montaña en verano, cortaban madera en los bosques y trabajaban el hierro que abundaba en el valle del Sava. La vida era dura y aislada: largos inviernos de nieve, comunicaciones difíciles y una economía de subsistencia apoyada en la trashumancia alpina, la leña y el carbón vegetal. De aquella comunidad medieval queda la iglesia parroquial de la Asunción de María, un templo gótico de los siglos XIV-XV que todavía preside el pueblo, con frescos antiguos en su interior.
Durante siglos, la región formó parte de los dominios de los Habsburgo, que gobernaban Carniola desde Viena. Kranjska Gora era un punto de paso: por el vecino collado de Vršič y por los valles cruzaban arrieros, comerciantes y rebaños entre las tierras eslovenas, la Carintia austríaca y el Friul italiano. Esa posición de encrucijada, que le dio siempre un carácter trilingüe y fronterizo, marcaría también su destino en el siglo XX.
Ningún relato explica mejor el espíritu de estas montañas que la leyenda del Zlatorog, el rebeco de cuernos de oro, la gran historia mítica de los Alpes eslovenos. Su estatua de bronce se alza hoy a orillas del lago Jasna, a la entrada de Kranjska Gora, pero la leyenda es mucho más antigua y se ambienta en las cumbres del Triglav.
Cuenta la tradición que en lo alto de las montañas vivía el Zlatorog, un macho de rebeco blanco de cuernos dorados que guardaba un tesoro y los secretos de un jardín paradisíaco florecido en la roca, custodiado por unas hadas blancas. Un joven cazador, enamorado y empujado por la codicia y los celos, subió a matarlo para conseguir el oro de sus cuernos y así ganar el corazón de su amada. Hirió al animal, pero de las gotas de su sangre brotó una flor mágica —la 'flor de Triglav'— que el rebeco comió, sanando al instante. Cegado por su brillo dorado, el cazador resbaló y cayó al abismo. El Zlatorog, dolido por la traición humana, destruyó con sus cuernos el jardín encantado y desapareció para siempre, dejando estas montañas más ásperas y solitarias de lo que eran.
La leyenda, recogida y difundida en el siglo XIX, se convirtió en un símbolo del vínculo entre los eslovenos y su naturaleza alpina, y hoy da nombre a productos, marcas y lugares. En Kranjska Gora, el rebeco dorado del lago Jasna recuerda que estas cumbres no son solo un decorado turístico, sino un paisaje cargado de mito.
El episodio más doloroso de la historia de Kranjska Gora está escrito en las curvas del paso de Vršič, y pertenece a la Primera Guerra Mundial. En 1915, Italia entró en la guerra contra Austria-Hungría y abrió el frente del Isonzo (el río Soča), uno de los más sangrientos de todo el conflicto, que discurría por las montañas al otro lado del paso. El ejército austrohúngaro necesitaba con urgencia una vía para llevar tropas y suministros desde el valle del Sava, en Kranjska Gora, hasta la retaguardia del frente, en el valle del Soča.
Para construir esa carretera de montaña a través del alto y difícil collado de Vršič, el mando austrohúngaro empleó a miles de prisioneros de guerra rusos, capturados en el frente oriental. En condiciones durísimas, con frío extremo, hambre y trabajos forzados, aquellos hombres abrieron el trazado a pico y pala por laderas de fuerte pendiente. El 8 de marzo de 1916, una enorme avalancha se desprendió sobre el campamento y la obra, sepultando a cientos de prisioneros y guardias; las cifras exactas se perdieron, pero se habla de varios centenares de muertos.
Los prisioneros supervivientes levantaron, en memoria de sus compañeros, una pequeña capilla ortodoxa de madera junto a la carretera, la Ruska kapelica (capilla rusa), que todavía se mantiene cerca de la curva 8 del paso. Con el tiempo, ese modesto templo se convirtió en un símbolo de reconciliación: cada año se celebra allí un acto conmemorativo con presencia de autoridades eslovenas y rusas, y el tramo del paso lleva hoy oficialmente el nombre de 'Camino de Rusia' (Ruska cesta). La carretera que hoy recorren turistas y ciclistas nació, así, del sufrimiento de la guerra.
Si un lugar puso a Kranjska Gora y su valle en el mapa del deporte mundial, ese es Planica. En este valle lateral, a pocos kilómetros del pueblo, se construyó en 1934 un gigantesco trampolín de salto de esquí diseñado por el ingeniero Stanko Bloudek, que inauguró una nueva disciplina: el 'vuelo con esquís' (ski flying), en la que los saltadores no solo saltan, sino que planean distancias enormes.
Desde entonces, Planica se convirtió en el santuario de esa especialidad. Aquí se batieron una y otra vez los récords mundiales de salto: en 1936 se superaron por primera vez los 100 metros, y a lo largo del siglo XX y XXI el trampolín gigante de Planica fue escenario de marcas históricas que llevaron los saltos más allá de los 200 y luego de los 240 metros. Cada primavera, las finales de la Copa del Mundo de salto y vuelo con esquís reúnen aquí a decenas de miles de espectadores en una fiesta popular que es casi una tradición nacional eslovena.
En tiempos recientes, todo el valle se modernizó con el Centro Nórdico Planica, un complejo de trampolines y pistas de fondo de nivel internacional, sede también de campeonatos del mundo. Y para el visitante de a pie, el centro añadió atracciones de verano: un túnel de viento para 'volar', una tirolina que baja disparada desde lo alto de los trampolines y una torre-mirador. Planica resume bien la evolución de la zona: de la epopeya deportiva del siglo XX a la industria del ocio de montaña del XXI.
Tras la Segunda Guerra Mundial, con la creación de la Yugoslavia socialista de Josip Broz Tito y la República Socialista de Eslovenia, Kranjska Gora entró en una nueva era. El auge del turismo de masas, el aumento del tiempo libre y la mejora de las carreteras convirtieron a este viejo pueblo agrícola en un centro turístico de montaña. Se construyeron remontes, hoteles y una estación de esquí que aprovechaba las laderas del monte Vitranc, y el lugar se afirmó como el gran destino invernal de Eslovenia.
Desde 1961, la pista del Vitranc acoge cada enero la Copa Vitranc (Pokal Vitranc), una prueba de la Copa del Mundo de esquí alpino masculino —gigante y eslalon— que llena el pueblo de aficionados y de banderas de todo el mundo, y que consolidó la reputación deportiva del lugar junto a Planica. Kranjska Gora se ganó así un doble prestigio: capital del esquí alpino esloveno y vecina de la catedral del salto de esquí.
Con la independencia de Eslovenia en 1991 y la entrada del país en la Unión Europea en 2004, el pueblo abrazó también el turismo de verano: senderismo y bici de montaña en el Parque Nacional Triglav, el atractivo del lago Jasna y de Zelenci, el mítico cruce del paso de Vršič y una oferta de bienestar y naturaleza pensada para todo el año. Hoy, Kranjska Gora combina las dos caras de su historia: la del duro pueblo alpino de ganaderos, arrieros y prisioneros de guerra, y la del moderno resort de montaña que atrae a esquiadores, ciclistas y caminantes de media Europa, todo bajo las mismas cumbres eternas de los Alpes Julianos.