La historia de las cuevas de Postojna empieza mucho antes que la de cualquier ser humano, en una escala de tiempo que cuesta imaginar. Hace más de dos millones de años, en la región del Karst esloveno —el Kras, que dio nombre a todos los relieves 'kársticos' del mundo—, el río Pivka empezó a hacer lo que hace el agua sobre la piedra caliza: disolverla, gota a gota, grieta a grieta. La caliza es una roca porosa y soluble, y allí donde el agua encuentra una fisura, la agranda; con el tiempo geológico, esas fisuras se vuelven conductos, los conductos galerías y las galerías salas enormes.
Así se excavó, en la oscuridad total, un sistema de más de 24 kilómetros de pasajes en varios niveles, uno de los más extensos de Europa. El río Pivka, que en la superficie del Karst desaparece bajo tierra, sigue corriendo hoy por los niveles inferiores de la cueva, invisible pero activo, siguiendo su labor. Y donde el agua gotea desde el techo, cada gota deposita una minúscula cantidad de calcita: nacen así las estalactitas que cuelgan, las estalagmitas que crecen desde el suelo y, cuando ambas se unen, las columnas. Todo a un ritmo lentísimo, de apenas un milímetro por año o menos.
De ese trabajo paciente salieron las maravillas que hoy tienen nombre propio: el Brillante, la estalagmita de calcita blanquísima convertida en símbolo de Postojna; los Espaguetis, finísimos tubos que cuelgan del techo; cortinas, coladas y 'órganos' de piedra. Cuando los primeros visitantes entraron con antorchas, se encontraron con un paisaje que llevaba dos millones de años formándose en la más absoluta oscuridad, esperando a ser visto.
Aunque la fama mundial de Postojna es moderna, la boca de la cueva y sus primeras salas eran conocidas desde muy antiguo por los habitantes del Karst. La prueba más elocuente está escrita en la propia piedra: en una de las galerías se conserva un grafiti con la fecha de 1213, uno de los testimonios más antiguos de presencia humana en la cueva, junto a firmas y fechas de otros visitantes de los siglos siguientes. Gente de la zona entraba en las partes accesibles para refugiarse, explorar o, simplemente, por curiosidad.
Durante siglos, sin embargo, solo se conocía la primera parte del sistema, la más cercana a la entrada. El resto —los kilómetros de galerías interiores que hoy asombran a los visitantes— permanecía oculto tras pasajes difíciles y aguas subterráneas. La cueva figuraba en algunos relatos y mapas de la Carniola, la región histórica a la que pertenece, y era una curiosidad local, pero nada comparable a lo que vendría.
El Karst en general fascinaba ya a los naturalistas. El propio nombre científico de este tipo de relieve, 'karst', viene de esta región eslovena, y fenómenos como los ríos que desaparecen bajo tierra, las dolinas y las cuevas eran objeto de estudio y de leyendas. Postojna, con su río que se hundía en la montaña, era una pieza clave de ese paisaje misterioso. Solo faltaba que alguien se atreviera a ir más allá de lo conocido.
El año que cambió la historia de Postojna fue 1818. Se preparaba la visita del emperador Fernando I de Austria a la cueva, y un grupo de trabajadores locales acondicionaba e iluminaba las galerías conocidas para recibirlo con dignidad. Entre ellos estaba Luka Čeč, un lampista y encargado de la cueva. Durante los trabajos, Čeč se atrevió a cruzar un punto que hasta entonces marcaba el final de lo explorado y, adentrándose más allá, descubrió las inmensas galerías interiores que nadie había visto: las grandes salas, los bosques de estalactitas, el verdadero corazón de Postojna.
El hallazgo reveló de golpe que la cueva era muchísimo más grande y espectacular de lo que se creía. Al año siguiente, en 1819, la cueva se abrió oficialmente a las visitas, y Postojna se convirtió con rapidez en una de las grandes atracciones del Imperio austríaco y de toda Europa. Se estableció una administración, se nombraron guías, se llevó un registro de visitantes ilustres —emperadores, reyes, científicos, escritores— y la cueva empezó a aparecer en las guías de viaje del siglo XIX como parada obligatoria.
Luka Čeč, el hombre que había abierto la puerta a ese mundo, quedó ligado para siempre a Postojna, aunque como tantos descubridores humildes no recibió en vida el reconocimiento que merecía. Su audacia, en cambio, puso en marcha una industria turística que dos siglos después sigue viva y que ha llevado a más de cuarenta millones de personas a recorrer las entrañas del Karst.
El siglo XIX y comienzos del XX fueron la edad de oro de Postojna, y estuvieron marcados por innovaciones que la hicieron única. La más famosa llegó en 1872, cuando se tendieron las primeras vías de un ferrocarril subterráneo dentro de la cueva. Al principio los vagones se empujaban a mano o por gravedad, luego llegó una pequeña locomotora de vapor —con los problemas de humo que se pueden imaginar en un espacio cerrado— y finalmente, en 1914, el tren se electrificó. Ese trencito abierto que se interna en la montaña se convirtió en el sello de identidad de Postojna y en una atracción en sí misma, imitada por casi ninguna otra cueva del mundo.
La modernización siguió con la luz. En 1884, Postojna instaló iluminación eléctrica en su interior, adelantándose a muchas ciudades europeas que aún se alumbraban con gas. Poder recorrer las galerías con luz eléctrica, sin antorchas ni humo, transformó la experiencia y permitió apreciar de verdad la belleza de las formaciones. La cueva llegó a tener dentro oficina de correos con matasellos propio, música en la Sala de Conciertos —cuyo tamaño y acústica asombraban— y todo el aparato de un destino turístico de primer nivel.
En ese esplendor pesó también la geografía política. Postojna pertenecía a la Carniola austríaca y estaba muy cerca de la frontera con el mundo italiano; tras la Primera Guerra Mundial, la zona pasó a Italia, que también explotó turísticamente la cueva. Reyes, aristócratas, científicos y viajeros de toda Europa desfilaron por sus galerías, y Postojna consolidó su fama como una de las maravillas subterráneas del continente, un lugar que había que ver al menos una vez en la vida.
El siglo XX trajo a Postojna también sus horas oscuras. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la región estaba bajo ocupación, las fuerzas alemanas utilizaron parte de la cueva como depósito militar, y almacenaron en su interior grandes cantidades de combustible de aviación, aprovechando el resguardo natural que ofrecía la montaña. La cueva, pensada para maravillar, se convirtió por un tiempo en infraestructura de guerra.
En 1944, la resistencia partisana eslovena atacó ese depósito: una acción de sabotaje incendió el combustible almacenado, provocando un fuego que ardió durante días en el interior de la cueva. Las llamas y el humo dañaron una parte de las formaciones y ennegrecieron la roca en varias galerías cercanas a la entrada. Todavía hoy, el guía muestra esos tramos de piedra oscurecida por el hollín, una cicatriz visible que recuerda que ni siquiera un santuario natural de dos millones de años quedó al margen del conflicto.
Terminada la guerra, Postojna quedó integrada en la Yugoslavia socialista, dentro de la República de Eslovenia. La cueva se recuperó como atracción turística y se modernizó progresivamente su gestión y su iluminación. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, millones de visitantes de todo el bloque y del extranjero siguieron llegando, y Postojna se mantuvo como uno de los grandes emblemas turísticos primero de Yugoslavia y, desde 1991, de la Eslovenia independiente.
La Postojna del siglo XXI combina el turismo de masas con la ciencia y la conservación. Cada año la visitan cientos de miles de personas, y el total histórico supera holgadamente los cuarenta millones, lo que la convierte en la cueva turística más visitada de Europa. La empresa que la gestiona ha ampliado la oferta con el Expo del Karst, el Vivarium y la explotación conjunta con el castillo de Predjama, a pocos kilómetros, formando un gran parque del Karst.
El protagonista científico es el proteo (Proteus anguinus), el 'dragón bebé' o pez humano, ese anfibio ciego, endémico de las cuevas del Karst, que puede vivir un siglo y aguantar años sin alimento. Postojna alberga un laboratorio dedicado a su estudio, y en 2016 el mundo entero siguió con asombro cómo, por primera vez en un entorno turístico y ante las cámaras, varios huevos de proteo eclosionaron dentro de la cueva. Aquel acontecimiento recordó que Postojna no es solo un espectáculo, sino un ecosistema subterráneo vivo y frágil, una de las biodiversidades cavernícolas más ricas del planeta.
Hoy, recorrer Postojna es hacer un viaje por el tiempo profundo: dos millones de años de agua paciente, ocho siglos de grafitis y visitantes, dos de turismo moderno y las cicatrices de las guerras del siglo XX, todo en hora y media bajo tierra. Del grafiti de 1213 al proteo del laboratorio, del descubrimiento de Luka Čeč al trencito eléctrico, la cueva del Karst esloveno sigue haciendo lo que hizo desde el principio: dejar sin palabras a quien se atreve a bajar a verla.