Antes de que hubiera castillo, hubo cueva. En pleno Karst esloveno, la erosión del agua sobre la piedra caliza abrió en la ladera de un valle un enorme abrigo rocoso, una cavidad en la boca de un acantilado vertical de 123 metros por la que asomaba, además, un sistema de galerías por donde corría un arroyo. Ese accidente natural era, para la mentalidad medieval, un regalo defensivo: un lugar resguardado por arriba por la propia montaña, inaccesible por los flancos, con agua y con una vía de escape secreta hacia el interior de la roca. Solo faltaba construir un muro en la boca para tener una fortaleza casi inexpugnable.
Eso fue, en esencia, el primer Predjama. Las primeras noticias de una fortificación en este lugar se remontan al siglo XIII: hacia 1200-1274 aparece documentado un castillo ligado al poderoso Patriarcado de Aquilea, la gran autoridad eclesiástica y feudal del noreste adriático, que dominaba buena parte de la actual Eslovenia occidental. El nombre mismo, Predjama —'delante de la cueva' (pred jamo) en esloveno, o Lueg en alemán—, describe con exactitud lo que era: un castillo delante, o dentro, de una cueva.
Aquella primera fortaleza estaba encajada aún más adentro del abrigo rocoso que el castillo actual, aprovechando al máximo la protección natural. Durante los siglos siguientes cambió de manos entre distintos señores feudales del Karst y de la Carniola, pero su valor estratégico se mantuvo intacto: quien controlaba Predjama controlaba un punto imposible de tomar por asalto, y eso, en un mundo de guerras feudales constantes, valía oro.
La fama de Predjama nace de un hombre y de un asedio, en la segunda mitad del siglo XV. Erasmo de Predjama (Erazem Predjamski, en alemán Erasmus Lueger) era un noble de la región, señor del castillo, que en algún momento hacia 1480 se enemistó de manera mortal con el poder imperial. La tradición cuenta que Erasmo mató en un duelo a Marschall Pappenheim, comandante del ejército imperial y pariente o allegado del emperador Federico III de Habsburgo, en venganza por el honor de un amigo. A partir de ahí, Erasmo se convirtió en un fuera de la ley, enemigo declarado del emperador.
Refugiado en su castillo colgado del acantilado, Erasmo hizo lo que hacían los nobles rebeldes de la época: guerreó por su cuenta, asaltó propiedades imperiales y de sus aliados y se comportó como una especie de bandido caballeresco, un Robin Hood del Karst según la lectura romántica posterior. El emperador no podía tolerar semejante desafío y encargó al gobernador de Trieste, Gašper Ravbar (Kaspar Raubar), que lo sometiera. Así comenzó, hacia 1483-1484, el asedio que haría legendario a Predjama.
El problema para los sitiadores era el de siempre en ese lugar: por la fuerza, el castillo era intomable. Estaba protegido por la montaña y por el acantilado, y no había forma de acercar máquinas de asalto ni de rendirlo por hambre... porque Erasmo tenía un as escondido en la roca.
La clave de la resistencia de Erasmo estaba en la cueva. Detrás y por encima del castillo, el sistema de galerías kársticas de Predjama comunicaba, a través de la montaña, con una salida en la ladera de arriba, lejos del alcance de los sitiadores. Por esos túneles secretos, Erasmo y sus hombres podían salir de noche, obtener víveres y provisiones en la comarca, e incluso realizar incursiones, y volver a entrar sin que el ejército apostado frente al castillo se enterara. El asedio, que se prolongó durante meses —la tradición habla de más de un año—, resultaba inútil: por más que apretaran el cerco por delante, el castillo no se rendía.
De ese enigma nace la anécdota más famosa de Predjama. Cuenta la leyenda que Erasmo, para burlarse de sus sitiadores hambrientos y demostrarles que no lograrían rendirlo por hambre, les arrojaba desde las murallas comida fresca: asado, pan y, sobre todo, cerezas frescas, imposibles de conseguir en un castillo supuestamente aislado. El gesto, mitad provocación mitad guerra psicológica, se convirtió en el símbolo del ingenio de Erasmo frente a la fuerza bruta del Imperio.
Pero toda fortaleza tiene un punto débil, y el de Predjama era, literalmente, su punto más bajo y expuesto. La única parte del castillo que sobresalía de la protección de la roca, vulnerable al fuego enemigo, era la letrina, colgada en un saliente. Los sitiadores lo sabían, y solo necesitaban averiguar cuándo Erasmo estaría allí.
El asedio se resolvió no por las armas, sino por el soborno. Incapaces de tomar el castillo, los sitiadores compraron a uno de los sirvientes de Erasmo, un criado que conocía las rutinas de su señor. El trato era simple y macabro: el traidor debía avisar, mediante una señal luminosa desde una ventana, el momento exacto en que Erasmo se encontrara en la parte más vulnerable del castillo, la letrina que sobresalía de la roca. Una noche, el sirviente colocó la luz convenida. Los artilleros imperiales dispararon una bombarda hacia ese punto y mataron a Erasmo de Predjama de un solo cañonazo, cuando estaba en el lugar más indigno y menos protegido de su fortaleza.
Así murió, hacia 1484, el caballero rebelde, no vencido por un ejército sino delatado por uno de los suyos. Su muerte puso fin al asedio y devolvió Predjama al control imperial. La historia, con su mezcla de heroísmo, astucia, humor y traición, tenía todos los ingredientes para convertirse en leyenda, y así fue: Erasmo pasó a la tradición popular eslovena como un héroe romántico, un noble díscolo que desafió al emperador y a quien solo pudo vencer la felonía.
Separarlo que hay de historia y de leyenda en el relato de Erasmo es difícil; las fuentes contemporáneas son escasas y el mito creció con los siglos. Pero el escenario es real y sigue en pie, y quien visita hoy Predjama puede ver el saliente de la letrina, la boca de los túneles y el acantilado desde donde, según la tradición, volaban las cerezas: el decorado auténtico de una de las mejores historias del medievo esloveno.
El castillo que hoy se visita no es exactamente el que habitó Erasmo. Aquella fortaleza medieval, más metida en la cueva, quedó dañada y anticuada, y a lo largo del siglo XVI fue reconstruida y ampliada. Su aspecto actual —la elegante fachada renacentista de cuatro plantas encajada en la boca del abrigo rocoso— data en lo esencial de hacia 1570, cuando la familia Kobenzl (Cobenzl) rehízo el castillo dándole la forma que lo ha hecho famoso. Se conservó el aprovechamiento de la cueva, con salas que se internan en la roca y pasajes hacia las galerías, pero con la comodidad y el gusto de un edificio del Renacimiento.
A lo largo de los siglos siguientes, Predjama pasó por las manos de varias familias nobles de la Carniola. Tras los Kobenzl, y después de otros propietarios, el castillo perteneció durante casi tres siglos a la poderosa familia Windischgrätz, que lo mantuvo como una de sus posesiones. Aunque perdió importancia militar —con la artillería moderna, un castillo colgado de un acantilado dejó de ser inexpugnable—, conservó su valor como residencia singular y como símbolo, y sobrevivió razonablemente bien al paso del tiempo, protegido por la propia roca que lo cobija.
En el siglo XX, con el fin de los grandes patrimonios nobiliarios tras las dos guerras mundiales y la llegada de la Yugoslavia socialista, Predjama pasó a manos públicas. Se restauró y se convirtió en museo, abriéndose a las visitas. Hoy lo gestiona la misma empresa que las cercanas cuevas de Postojna, integrándolo en el gran circuito turístico del Karst esloveno.
El Predjama del siglo XXI es uno de los grandes iconos turísticos de Eslovenia y una parada casi obligada junto a las cuevas de Postojna. Reconocido por el Guinness como el castillo dentro de una cueva más grande del mundo, recibe cada año a multitudes que llegan atraídas por la imagen imposible de la fortaleza brotando del acantilado y por la historia de Erasmo. Se visita por dentro con audioguía —disponible en varios idiomas, incluido el español— recorriendo sus cuatro plantas trogloditas: las salas señoriales, la cocina, la capilla gótica, la mazmorra, la sala de armas y los pasajes hacia la cueva.
En temporada cálida se puede visitar además la cueva de Predjama (Predjamska jama), el sistema de galerías por donde escapaba el caballero rebelde, cerrado en invierno para proteger a las colonias de murciélagos que hibernan en él. Y cada verano, a los pies del castillo, el Torneo de Erasmo (Erazmov viteški turnir) recrea el mundo del siglo XV con justas, caballeros a caballo, arqueros y mercado medieval, devolviendo por unos días la vida a la leyenda en su escenario original.
Desde la fortificación del siglo XIII ligada a Aquilea hasta el museo actual, pasando por el asedio de Erasmo, la reconstrucción renacentista de los Kobenzl y los siglos de los Windischgrätz, Predjama resume ochocientos años de historia del Karst esloveno en un solo golpe de vista. Pocos lugares combinan como este la naturaleza —la cueva, el acantilado, el arroyo subterráneo— con la historia y la leyenda. No es casualidad que documentales y películas lo hayan elegido como escenario: Predjama parece inventado, pero lleva ocho siglos siendo real.