La historia de Levoča como ciudad empieza con una gran oleada de colonización. Tras la devastadora invasión mongola de 1241, que arrasó buena parte del reino de Hungría, los reyes húngaros impulsaron la repoblación de las tierras despobladas del norte atrayendo colonos de habla alemana con generosos privilegios. Estos colonos, conocidos como los 'sajones del Spiš' (Zipser Sachsen), llegaron sobre todo desde regiones germánicas y se instalaron en la región del Spiš, donde fundaron o desarrollaron una red de ciudades prósperas.
Levoča (Leutschau en alemán, Lőcse en húngaro) se convirtió pronto en la más importante de ellas. Ya en 1271 aparece como cabeza de la comunidad de las ciudades sajonas del Spiš, una asociación de villas con privilegios comunes. En 1317 recibió el estatus de ciudad real libre, que la colocaba directamente bajo la autoridad del rey y le concedía amplia autonomía: gobierno propio, jurisdicción, derecho a amurallarse y a celebrar mercados.
El trazado regular de la ciudad, con su enorme plaza rectangular en el centro, es típico de estas fundaciones medievales planificadas de colonización. En torno a esa plaza se levantaron las casas de los comerciantes y artesanos, la iglesia parroquial y el ayuntamiento, y alrededor de todo, el anillo de murallas que aún hoy define la ciudad. Levoča nacía con vocación de gran centro urbano del norte del reino.
La prosperidad de Levoča se basó en el comercio. La ciudad estaba situada en una de las principales rutas comerciales que unían el reino de Hungría con Polonia y, a través de ella, con el Báltico y el norte de Europa. Por sus calles pasaban mercancías valiosas: cobre y otros metales de las minas eslovacas, vino, paños, especias, pieles. Ese tráfico convirtió a Levoča en un nudo mercantil de primer orden.
El gran motor de su riqueza fue un privilegio decisivo: el 'derecho de depósito' (ius stapulae), que obtuvo en la Edad Media. Este derecho obligaba a los mercaderes que atravesaban la ciudad a detenerse en ella, descargar sus mercancías y ofrecerlas a la venta durante un tiempo antes de poder continuar viaje. Era una fuente enorme de ingresos y de poder comercial, y colocaba a Levoča en una posición privilegiada frente a otras ciudades.
Con la riqueza llegó el esplendor material y cultural. Los comerciantes construyeron casas góticas y renacentistas de fachadas decoradas en torno a la plaza, se levantó el gran ayuntamiento renacentista y, sobre todo, se enriqueció la iglesia parroquial de San Jacobo. Fue en este contexto de opulencia donde, entre 1507 y 1517, el escultor conocido como el Maestro Pavol de Levoča talló el altar mayor de la basílica: con 18,62 metros, el altar de madera gótico más alto del mundo, cima del arte tardogótico centroeuropeo. Levoča se convirtió en uno de los grandes focos artísticos de la región, con talleres de escultura y pintura cuya influencia se extendió por todo el Spiš.
Como buena parte de las ciudades sajonas de habla alemana, Levoča abrazó pronto la Reforma protestante en el siglo XVI, y el luteranismo arraigó con fuerza entre sus habitantes. La ciudad se convirtió en un centro cultural y editorial notable: aquí funcionó una célebre imprenta, la de la familia Brewer, que publicó libros en varios idiomas y difundió la cultura del humanismo y la Reforma por el norte del reino de Hungría. Levoča tuvo también una importante escuela y una vida intelectual activa.
Los siglos XVI y XVII fueron, sin embargo, turbulentos. La región del Spiš quedó en la frontera entre la Hungría real de los Habsburgo y el Principado de Transilvania, y sufrió las guerras entre ambos, las revueltas antihabsbúrgicas de la nobleza húngara y las tensiones religiosas de la Contrarreforma. La ciudad cambió de manos y padeció asedios, ocupaciones y saqueos en distintos episodios de esos conflictos.
A los estragos de la guerra se sumaron los incendios, la plaga recurrente de las ciudades medievales de madera y piedra. Varios grandes incendios asolaron Levoča a lo largo de los siglos, destruyendo casas, archivos y parte de sus edificios, que hubo que reconstruir una y otra vez. El ayuntamiento renacentista que hoy admiramos, por ejemplo, es fruto de una reconstrucción tras uno de esos incendios. Pese a todo, la ciudad mantuvo su prosperidad y su rango durante buena parte del período moderno.
El declive de Levoča llegó de la mano de los cambios económicos y de las nuevas rutas de transporte. A lo largo de los siglos XVIII y XIX, el comercio que había hecho grande a la ciudad fue perdiendo importancia: las viejas rutas comerciales medievales se desviaron, el derecho de depósito perdió vigencia y la actividad económica se trasladó a otros centros. La llegada del ferrocarril en el siglo XIX, además, dejó a Levoča relativamente al margen de las grandes líneas, lo que aceleró su marginación.
Paradójicamente, esa decadencia tuvo un efecto conservador inesperado. Al no haber recursos ni presión para 'modernizar', demoler o reconstruir, la ciudad conservó casi intacto su casco histórico medieval y renacentista: la gran plaza rectangular, las casas burguesas, el ayuntamiento, las iglesias y el anillo de murallas quedaron congelados en el tiempo, sin las transformaciones que borraron el pasado medieval de otras ciudades europeas en pleno crecimiento industrial.
Durante el siglo XIX, Levoča fue también un foco del despertar nacional eslovaco. En 1844, un grupo de jóvenes estudiantes eslovacos, encabezados por Janko Matúška, se trasladó a pie desde Bratislava a Levoča en un célebre acto de protesta y afirmación nacional; en ese contexto Matúška escribió el poema 'Nad Tatrou sa blýska', que más tarde se convertiría en el himno nacional de Eslovaquia. La ciudad quedó así ligada a los orígenes del movimiento nacional eslovaco.
Tras la caída del Imperio austrohúngaro al final de la Primera Guerra Mundial, en 1918, Levoča quedó integrada en la nueva Checoslovaquia. El siglo XX trajo también, aquí como en todo el Spiš, el drama de las minorías: la población de habla alemana, que durante siglos había sido protagonista de la ciudad, se vio profundamente afectada por las dos guerras mundiales y, tras 1945, por las expulsiones y desplazamientos de posguerra que transformaron el mapa étnico de Europa central. La comunidad de los sajones del Spiš prácticamente desapareció.
Durante el período comunista (1948-1989), la ciudad vivió décadas de relativo estancamiento, pero también se emprendieron los primeros trabajos de conservación de su patrimonio, reconocido por su excepcional valor. Tras la caída del comunismo y la creación de la Eslovaquia independiente en 1993, se intensificaron la restauración del casco histórico y la puesta en valor de sus monumentos.
El reconocimiento internacional culminó en dos etapas. En 1993, la Unesco inscribió en la lista del Patrimonio Mundial el sitio del Castillo de Spiš y los monumentos culturales asociados, que incluía Spišská Kapitula y Žehra. En 2009, la inscripción se amplió para incorporar la propia ciudad de Levoča y, en especial, la obra del Maestro Pavol, reconociendo el excepcional valor de su casco medieval intacto y de su arte tardogótico. Hoy, Levoča es uno de los conjuntos medievales mejor conservados de Eslovaquia y un destino cada vez más apreciado: una ciudad viva de unos 14.000 habitantes que conserva su plaza, sus murallas y su gran basílica casi como hace cinco siglos, y que sigue reuniendo, cada julio, a multitudes de peregrinos en la vecina Mariánska hora.