Košice nació donde se cruzaban los caminos. Situada en el valle del río Hornád, en un punto de paso entre el norte montañoso y las llanuras del sur, y en la ruta comercial que unía el reino de Hungría con Polonia y el Báltico, la ciudad creció desde la Edad Media al calor del comercio. Poblada por eslavos, húngaros y colonos alemanes (los llamados sajones), Košice aparece mencionada como localidad hacia 1230 y obtuvo pronto privilegios de ciudad, que le dieron autonomía, mercados y derecho a amurallarse.
Su ascenso fue rápido. En el siglo XIV, Košice era ya una de las ciudades más ricas y pobladas del reino de Hungría, con poderosos gremios de artesanos y comerciantes. El hito simbólico de esa importancia llegó en 1369, cuando el rey Luis I de Hungría concedió a la ciudad un escudo de armas propio: se trata de uno de los primeros escudos otorgados a una ciudad —y no a una persona o familia— en toda Europa, un documento heráldico pionero que Košice conserva con orgullo como símbolo de su antigüedad y su rango.
La prosperidad medieval se plasmó en piedra. Entre finales del siglo XIV y comienzos del XVI se levantó la catedral de Santa Isabel, la mayor iglesia gótica de Eslovaquia, financiada por la riqueza mercantil de la ciudad y dedicada a Santa Isabel de Hungría. En torno a ella creció el casco monumental que hoy admiramos, con su larga calle-plaza, sus gremios y sus palacios.
Los siglos XVI y XVII fueron turbulentos para Košice. Tras la derrota húngara ante los otomanos en Mohács (1526), el reino de Hungría se partió y quedó atrapado entre tres fuerzas: los Habsburgo de Austria, el Imperio otomano y el principado de Transilvania. Košice, demasiado importante para no ser codiciada, cambió de manos varias veces y fue escenario de las guerras entre los Habsburgo católicos y los príncipes húngaros protestantes de Transilvania, que buscaban preservar la independencia y la libertad religiosa.
La ciudad fue tomada por líderes rebeldes como Esteban Bocskai y Gabriel Bethlen, y vivió episodios de fuerte tensión religiosa, incluido el martirio en 1619 de tres sacerdotes católicos —los llamados mártires de Košice, canonizados siglos después—. Košice se convirtió en un bastión de los movimientos de resistencia húngara frente a Viena, y su nombre quedó ligado a las grandes insurrecciones de la nobleza húngara.
La figura que mejor encarna ese papel es Francisco II Rákóczi, príncipe de Transilvania y líder de la gran insurrección antihabsbúrgica de 1703-1711. Aunque murió en el exilio en Turquía, sus restos fueron repatriados en 1906 y sepultados en la catedral de Santa Isabel de Košice, donde reposan hoy en una cripta que es lugar de peregrinación para húngaros y eslovacos. La ciudad quedó así grabada en la memoria de la lucha por la libertad húngara.
Durante el siglo XIX, bajo el Imperio austrohúngaro, Košice —conocida entonces por su nombre húngaro, Kassa, y el alemán, Kaschau— se modernizó y embelleció. Se construyó el elegante Teatro Estatal, se trazaron bulevares, llegó el ferrocarril y la ciudad adquirió el aire burgués centroeuropeo que aún conserva su calle Hlavná. Fue un centro administrativo, comercial y cultural de la Alta Hungría (la actual Eslovaquia).
Lo más característico de Košice era su carácter multiétnico. En sus calles convivían eslovacos, húngaros, alemanes, rutenos y una numerosa y próspera comunidad judía, que aportó comercio, industria, profesiones liberales y una intensa vida cultural, y que levantó varias sinagogas. También había población romaní. Esa mezcla de lenguas, religiones y tradiciones dio a la ciudad una riqueza y una tolerancia que marcaron su identidad, aunque no exenta de tensiones nacionales, sobre todo en el marco de la política de magiarización del Estado húngaro.
El fin de la Primera Guerra Mundial y la caída del Imperio austrohúngaro cambiaron radicalmente el mapa. En 1918-1919, Košice pasó a formar parte de la nueva Checoslovaquia, dejando de ser una ciudad húngara para convertirse en parte de un Estado eslavo. El cambio de soberanía, la nueva frontera y las tensiones entre las comunidades marcarían las décadas siguientes.
El período de entreguerras fue frágil. En 1938, por el Primer Arbitraje de Viena, la Alemania nazi y la Italia fascista adjudicaron Košice y el sur de Eslovaquia de nuevo a Hungría, que ocupó la ciudad. Bajo dominio húngaro y en plena guerra mundial, la comunidad judía de Košice fue perseguida y, en la primavera de 1944, la inmensa mayoría de sus miembros fueron deportados a Auschwitz-Birkenau, donde fueron asesinados. La aniquilación de aquella comunidad, una de las más importantes de la región, fue una pérdida irreparable que la ciudad recuerda con memoriales sobrios.
La guerra dejó otra huella decisiva. En abril de 1945, recién liberada por el Ejército Rojo, Košice fue durante unas semanas capital provisional de Checoslovaquia. Allí se proclamó el llamado Programa de Košice, el documento que fijó las bases del nuevo Estado checoslovaco de posguerra, con un peso creciente de los comunistas y con la expulsión y el traslado forzoso de parte de las poblaciones alemana y húngara. Fue un momento clave en la historia del país.
Bajo el régimen comunista instaurado en 1948, Košice se transformó por completo. La construcción de la gigantesca acería VSŽ (los Altos Hornos de Eslovaquia Oriental) en los años sesenta convirtió a la ciudad en un gran centro industrial y multiplicó su población, que pasó de decenas de miles a más de doscientos mil habitantes. Se levantaron enormes barrios de bloques de viviendas alrededor del núcleo histórico. La vieja ciudad mercantil se hizo industrial y obrera, sin perder del todo su casco monumental.
La Revolución de Terciopelo de 1989 puso fin al régimen comunista en Checoslovaquia, y en 1993 la disolución pacífica del país dio nacimiento a la República Eslovaca independiente, con Košice como su segunda ciudad y capital indiscutida del este. La transición trajo la reconversión de la gran industria —la acería pasó a manos privadas—, el crecimiento de las universidades y los servicios, y una progresiva recuperación y peatonalización del casco histórico.
El reconocimiento internacional llegó en 2013, cuando Košice fue Capital Europea de la Cultura, un título que impulsó la restauración del patrimonio, la creación de nuevos espacios culturales —como la reconversión de antiguos cuarteles y fábricas en centros de arte— y la proyección europea de la ciudad. Košice mostró al continente su elegante calle Hlavná, su catedral, sus museos y su vibrante vida cultural.
Hoy, Košice es una ciudad universitaria, tecnológica y cultural, orgullosa de su historia multiétnica y de su papel como corazón del este eslovaco. Conserva tradiciones singulares, como el Maratón Internacional de la Paz, el más antiguo de Europa, corrido por primera vez en 1924. Puerta de entrada a los tesoros del este —el Spiš, Levoča, Bardejov, el Paraíso Eslovaco—, combina la profundidad de una historia de siglos con la vitalidad de una ciudad joven y abierta, muy distinta de la turística Bratislava y, para muchos viajeros, más auténtica.