Mucho antes de que existiera Eslovaquia, y mucho antes de que nadie la llamara Bratislava, este cruce del Danubio al pie de los Cárpatos ya era un lugar codiciado. El río se estrecha aquí, entre la última estribación de los montes y la llanura, formando un vado natural y un punto de control del comercio fluvial que unía el centro de Europa con los Balcanes y el mar Negro. Cazadores del Paleolítico dejaron huellas en la zona, y en la Edad del Bronce hubo asentamientos fortificados en las colinas.
Hacia el siglo I a. C., una poderosa tribu celta, los boyos, levantó un importante oppidum (ciudad fortificada) en la colina del actual castillo y en el casco viejo. Acuñaron sus propias monedas de plata —las famosas monedas 'biatec', hoy símbolo numismático de la ciudad— y comerciaron con el mundo mediterráneo. Cuando Roma extendió sus fronteras hasta el Danubio, la orilla derecha del río quedó dentro del Imperio, en la provincia de Panonia, mientras que la orilla de la actual Bratislava marcaba el limes, la frontera vigilada frente a los pueblos 'bárbaros' del norte. A pocos kilómetros, en Devín y en Rusovce (la romana Gerulata), los romanos instalaron campamentos y torres de vigilancia. Durante siglos, esta fue una tierra de frontera, de encuentro y de roce entre imperios.
Tras la caída de Roma y el paso de distintos pueblos, en el siglo IX la región formó parte de la Gran Moravia, el primer gran Estado de los eslavos occidentales, cuya memoria es central en la identidad eslovaca. La fortaleza de Devín, junto a la actual Bratislava, fue uno de sus bastiones. La Gran Moravia se derrumbó hacia el año 900 con la llegada de los magiares (húngaros), y a partir de entonces, durante casi mil años, esta ciudad quedó ligada al Reino de Hungría.
Una crónica menciona en 907 la batalla de Brezalauspurc, nombre que muchos historiadores relacionan con el origen del topónimo. En la Edad Media, la ciudad —llamada Pressburg en alemán, Pozsony en húngaro y Prešporok en eslovaco— creció como plaza fuerte y centro comercial. En 1291, el rey Andrés III le concedió importantes privilegios de ciudad libre, lo que impulsó su desarrollo. Se pobló de comerciantes y artesanos alemanes, húngaros y eslovacos; se levantaron murallas con cuatro puertas (de las que hoy solo queda la de San Miguel), iglesias góticas y casas de piedra. En 1465, el rey Matías Corvino fundó aquí la Universitas Istropolitana, la primera universidad del territorio de la actual Eslovaquia. La ciudad era ya un mosaico de lenguas y culturas, una característica que la definiría durante siglos.
El acontecimiento que catapultó a Pressburg a la primera línea de la historia europea fue una catástrofe militar ajena: la batalla de Mohács, en 1526, donde el ejército otomano aplastó a los húngaros y el rey Luis II murió en la retirada. Con el sur del Reino de Hungría —incluida Buda— cayendo en manos turcas, la corona pasó a los Habsburgo y la capital hubo de trasladarse a un lugar seguro, lejos del frente otomano. La elegida fue Pressburg.
Así, entre 1536 y 1783, esta ciudad fronteriza fue la capital del Reino de Hungría, sede de su Dieta (parlamento), de sus instituciones y de su arzobispado. Y, sobre todo, fue la ciudad de las coronaciones: entre 1563 y 1830, en la Catedral de San Martín se coronaron once reyes y reinas de Hungría y ocho consortes reales. Entre ellos, en 1741, la emperatriz María Teresa de Habsburgo, cuya figura marcó a fuego la ciudad: bajo su reinado, Pressburg vivió una época dorada, con la reconstrucción del castillo como palacio real, la llegada de la nobleza, la construcción de palacios barrocos y una intensa vida cultural. La ciudad llegó a ser la más grande y poblada del Reino de Hungría.
El esplendor se apagó cuando el hijo de María Teresa, José II, trasladó de nuevo las instituciones y la corona a Buda y a Viena a finales del siglo XVIII. Pressburg perdió su rango de capital, aunque siguió siendo sede de la Dieta húngara hasta mediados del siglo XIX. En 1805, en el Palacio Primacial, Napoleón y Austria firmaron la Paz de Presburgo tras Austerlitz; pocos años después, en 1809, las tropas napoleónicas bombardearon la ciudad y volaron el vecino castillo de Devín.
El siglo XIX transformó Pressburg de ciudad barroca en urbe moderna. En 1811, un incendio accidental (atribuido a soldados) destruyó el castillo, que quedó en ruinas durante más de un siglo, como un esqueleto sobre la colina. Mientras tanto, la ciudad se industrializaba y se conectaba al ferrocarril: en 1840 se inauguró la primera línea de tren del Reino de Hungría, entre Pressburg y la vecina Svätý Jur.
Fue también una época de despertar nacional. En la primera mitad del siglo, el patriota eslovaco Ľudovít Štúr, diputado en la Dieta de Pressburg, codificó el eslovaco moderno como lengua literaria, un paso decisivo para la identidad nacional. Al mismo tiempo, la ciudad seguía siendo profundamente plural: convivían tres comunidades principales —alemana, húngara y eslovaca— junto a una numerosa y próspera comunidad judía con sus escuelas talmúdicas de renombre europeo. En las calles se oían las tres lenguas mezcladas, cada grupo llamaba a la ciudad por su nombre, y los cafés, teatros y periódicos reflejaban ese carácter mestizo, muy centroeuropeo. A finales de siglo, dentro del Imperio austrohúngaro, Pressburg era una ciudad cómoda y culta, más cercana en espíritu a Viena que a Budapest.
El final de la Primera Guerra Mundial y el desmembramiento del Imperio austrohúngaro en 1918 cambiaron para siempre el destino de la ciudad. Pressburg pasó a formar parte de la recién creada Checoslovaquia, el Estado de checos y eslovacos. En 1919 adoptó oficialmente el nombre eslavo de Bratislava y se convirtió en la capital de Eslovaquia dentro del nuevo país. La antigua mayoría de población alemana y húngara empezó a menguar frente a una creciente población eslovaca.
El siglo XX trajo también sus horrores. Durante la Segunda Guerra Mundial, Eslovaquia fue un Estado títere aliado de la Alemania nazi, y la numerosa y antiquísima comunidad judía de Bratislava fue perseguida, deportada y en gran parte asesinada en el Holocausto; de aquella vibrante vida judía apenas quedan hoy vestigios y memoriales. Tras la guerra, la población alemana fue expulsada, borrando otra de las capas históricas de la ciudad.
Bajo el régimen comunista instaurado en 1948, Bratislava creció y se industrializó, pero pagó un precio urbano alto. Para construir el gran puente sobre el Danubio (el actual puente SNP, con su mirador UFO) y su autopista de acceso, en los años setenta se demolió buena parte de la ciudad histórica bajo el castillo, incluido el antiguo barrio judío y su sinagoga. En la otra orilla se levantó Petržalka, un inmenso barrio de bloques de hormigón prefabricado que llegó a ser uno de los mayores conjuntos de este tipo de Europa central, hoy hogar de más de cien mil personas. La Revolución de Terciopelo de 1989, pacífica, puso fin al comunismo también aquí, con multitudes en las plazas.
El 1 de enero de 1993, Checoslovaquia se dividió de forma pacífica y negociada —el llamado 'divorcio de terciopelo'— en dos Estados: la República Checa y Eslovaquia. Por primera vez en su larguísima historia, Bratislava dejó de ser una ciudad de provincia de otros reinos e imperios para convertirse en la capital de un Estado eslovaco soberano. La ciudad asumió el papel de sede del gobierno, el parlamento y la presidencia del nuevo país.
Desde entonces, Bratislava ha vivido una transformación notable. Eslovaquia ingresó en la Unión Europea en 2004, adoptó el euro en 2009 y entró en el espacio Schengen, borrando las fronteras físicas con Austria y Hungría. La ciudad restauró su castillo y su casco viejo, peatonalizó el centro, recuperó sus estatuas de bronce y desarrolló una moderna zona de rascacielos y oficinas junto al Danubio, señal de su nuevo peso económico. Fábricas de automóviles y empresas internacionales la convirtieron en una de las regiones más prósperas de Europa central.
Hoy, Bratislava es una capital pequeña pero segura de sí misma, que ha aprendido a convivir con su pasado multicapa: celta y romano, húngaro y alemán, judío, checoslovaco y comunista, y ahora eslovaco y europeo. Esa mezcla es precisamente lo que la hace fascinante. En sus calles se cruzan el gótico y el hormigón, la nostalgia imperial y el desparpajo de una ciudad joven, y todo bajo la mirada de ese castillo blanco que, tras siglos de esplendor, ruina y renacimiento, sigue vigilando el eterno cruce del Danubio.