Durante la mayor parte de su historia, los Altos Tatras fueron una frontera salvaje en el confín norte del reino de Hungría, un mundo de granito, hielo y bosque que los habitantes de los valles miraban con una mezcla de respeto y temor. Las aldeas del pie de monte —en las regiones del Spiš y de Liptov, colonizadas en parte por sajones (alemanes) llegados en la Edad Media— vivían del pastoreo trashumante, la explotación del bosque y la minería en los valles cercanos. En las laderas altas, los pastores subían en verano con los rebaños de ovejas, y de esa cultura pastoril proviene buena parte de la gastronomía tatrana, como la bryndza (queso de oveja) y los halušky.
La montaña alta, en cambio, era territorio de cazadores de gamuzas y marmotas, de recolectores de hierbas y, sobre todo, de los legendarios 'buscadores de tesoros' (poklady): grupos de aventureros, muchos de ellos de origen polaco y alemán, que se internaban en los valles y cumbres convencidos de que las rocas escondían oro, plata y piedras preciosas. Se guiaban por manuscritos y mapas fantásticos, y fueron, sin proponérselo, los primeros exploradores de los Tatras: dejaron nombres, rutas y las primeras descripciones de valles y lagos que hoy recorren los excursionistas.
A lo largo de los siglos XVI a XVIII, algunos naturalistas y eruditos empezaron a interesarse por la montaña con ojos científicos. Se cuenta que ya en 1615 el médico y humanista David Frölich subió con dos compañeros a una cima de los Tatras, en una de las primeras ascensiones documentadas de Europa central por motivos no utilitarios. Pero faltaba todavía casi dos siglos para que la montaña se convirtiera en destino.
El siglo XIX cambió por completo la relación entre la sociedad y los Tatras. El Romanticismo europeo puso de moda la montaña como paisaje sublime, lugar de belleza y salud en vez de peligro, y el auge del alpinismo, nacido en los Alpes, se extendió a los Cárpatos. Médicos y viajeros descubrieron que el aire puro y seco de la alta montaña beneficiaba a los enfermos pulmonares, y así nacieron los primeros balnearios climáticos y sanatorios en las laderas tatranas.
El centro pionero fue Starý Smokovec, cuyo desarrollo como estación de reposo arrancó a mediados del siglo. Le siguieron Tatranská Lomnica, Štrbské Pleso y Nový Smokovec, que se llenaron de grandes hoteles de madera y piedra, villas, pabellones y jardines, en el estilo elegante de la belle époque centroeuropea. La aristocracia y la burguesía del imperio austrohúngaro empezaron a veranear e invernar en los Tatras.
El gran salto llegó con el ferrocarril. En 1871 se inauguró la línea de Košice a Bohumín que pasaba por Poprad, acercando los Tatras al resto del imperio, y en las décadas siguientes se construyeron los trenes de montaña: el ferrocarril eléctrico de los Tatras (TEŽ), que unió los pueblos-base, y el tren cremallera a Štrbské Pleso, inaugurados a comienzos del siglo XX. En 1911 se abrió el funicular de Starý Smokovec a Hrebienok. La montaña, antes reservada a pastores y aventureros, se volvió accesible para miles de visitantes, y con ellos florecieron los guías de montaña profesionales, los clubes alpinos y los primeros refugios.
Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, los Altos Tatras vivieron una auténtica edad de oro del montañismo. Al ser una alta montaña de tipo alpino —con paredes de granito, aristas afiladas y glaciares en miniatura— pero mucho más accesible y barata que los Alpes, atrajeron a escaladores de todo el imperio austrohúngaro, de Polonia, Alemania y Hungría. Se abrieron rutas de escalada en casi todas las cumbres, se cartografiaron los valles y se levantaron refugios que aún hoy funcionan.
Los protagonistas fueron los guías de montaña locales, muchos surgidos de las familias campesinas del pie de monte, que combinaban el conocimiento heredado de cazadores y buscadores de tesoros con las nuevas técnicas del alpinismo. Figuras como Ján Stará Hora o los guías de la región del Spiš y de Liptov acompañaron a los pioneros a las cumbres. Se fundó la asociación de guías de los Tatras, todavía vigente, y refugios legendarios como la Téryho chata (1899) y la Zbojnícka chata dieron cobijo a generaciones de montañeros. La Rainerova chata, cerca de Hrebienok, es considerada el refugio más antiguo de los Tatras.
Este período también consolidó la identidad simbólica de la montaña. El Kriváň (2.494 m), con su cumbre curvada e inconfundible, se convirtió en símbolo nacional eslovaco: durante el siglo XIX se organizaron ascensiones patrióticas a su cima como afirmación de la identidad de un pueblo entonces sin Estado propio, dominado dentro del reino de Hungría. Todavía hoy el Kriváň aparece en monedas y es la montaña más querida de Eslovaquia.
El siglo XX trajo a los Tatras las convulsiones de la historia centroeuropea y, al mismo tiempo, los primeros grandes esfuerzos de protección de la naturaleza. Tras la caída del imperio austrohúngaro en 1918, la región pasó a formar parte de la nueva Checoslovaquia. El turismo de montaña siguió creciendo entre guerras, con la ampliación de los teleféricos: en 1937 se inauguró el espectacular teleférico de Tatranská Lomnica a Skalnaté pleso y, en 1940, el tramo final a la cima del Lomnický štít, una proeza de ingeniería que convirtió a uno de los picos más altos en accesible en cabina.
Durante la Segunda Guerra Mundial y el Levantamiento Nacional Eslovaco de 1944, la montaña fue escenario de operaciones partisanas y sufrió la ocupación. Tras la guerra y la instauración del régimen comunista en Checoslovaquia, en 1949 se creó el Parque Nacional de los Tatras (TANAP), el primero del país, con el objetivo de proteger este ecosistema único de alta montaña, hogar de gamuzas, marmotas, osos pardos, linces y del emblemático rebeco de los Tatras. La época socialista sumó también grandes complejos hoteleros y sanatorios, y consolidó los Tatras como destino de vacaciones popular para toda Checoslovaquia.
La protección no impidió las tensiones entre conservación y desarrollo turístico, un debate que continúa hasta hoy. Pero el reconocimiento del valor natural de la montaña fue creciendo: la Unesco declaró el conjunto de los Tatras, junto con el vecino parque polaco, Reserva de la Biosfera transfronteriza en 1993.
El 19 de noviembre de 2004, los Altos Tatras sufrieron la mayor catástrofe natural de su historia reciente. Un violentísimo viento de tipo föhn, con rachas de más de 170 km/h, barrió las laderas del sur durante unas pocas horas y derribó millones de árboles: se calcula que unos tres millones de metros cúbicos de bosque cayeron en una franja de decenas de kilómetros, sobre todo entre Štrbské Pleso y Tatranská Lomnica. En una sola tarde desapareció buena parte del bosque de pícea que cubría el pie de monte, un golpe ecológico y paisajístico devastador.
La recuperación fue larga y polémica: hubo debate sobre si retirar la madera caída o dejar que el bosque se regenerara solo, y las zonas afectadas quedaron durante años como un paisaje de troncos derribados. Dos décadas después, el bosque joven ha vuelto a crecer en muchas laderas, y la catástrofe se convirtió en un caso de estudio sobre resiliencia forestal y sobre los efectos del cambio climático en la montaña. En sitios como Tatranská Lomnica se instalaron senderos didácticos para explicar lo ocurrido.
Hoy los Altos Tatras son a la vez un parque nacional estrictamente protegido y uno de los grandes destinos turísticos de Eslovaquia, que combina senderismo de verano, esquí de invierno, teleféricos modernos y una red centenaria de trenes y refugios. Reciben cada año a millones de visitantes de Eslovaquia, Polonia, Chequia y del resto de Europa. El desafío del presente es equilibrar ese turismo masivo con la conservación de un ecosistema frágil y único: la montaña más alta de los Cárpatos, símbolo natural del país, sigue siendo, como en tiempos de los pastores y los buscadores de tesoros, un territorio que impone respeto.