San Vicente se extiende en el centro de El Salvador, dominado por la imponente silueta del Volcán de San Vicente o Chichontepec, un macizo volcánico de dos cimas —de ahí su nombre náhuat, que alude a los 'dos pechos' o 'dos cerros'— que preside la llanura central. Con unos 2.180 metros, es una de las montañas más altas del país y el gran telón de fondo del departamento.
De raíces pipiles y nonualcas, la región fue tierra agrícola desde tiempos prehispánicos, y durante la colonia se convirtió en uno de los principales centros de producción de añil de toda la provincia de San Salvador, con grandes haciendas y obrajes. Esa riqueza añilera hizo de San Vicente una de las zonas más prósperas e influyentes del centro del país en los siglos coloniales.
La ciudad de San Vicente fue fundada el 26 de diciembre de 1635 por unas cincuenta familias de colonos españoles, bajo un árbol de tempisque a orillas del río Acahuapa, con el nombre de San Vicente de Lorenzana. Es una de las ciudades de mayor tradición y raigambre colonial del país. Su fértil entorno y su posición central hicieron de ella un importante centro urbano; incluso llegó a ser, brevemente, capital de la República en el siglo XIX.
Su emblema más reconocible es la Torre de San Vicente, una elegante torre-reloj de unos 40 metros de altura levantada entre 1928 y 1930 frente al parque central y la catedral, símbolo de la ciudad. Junto a ella, la iglesia de El Pilar, de época colonial, es uno de los templos históricos más importantes de San Vicente y guarda una honda memoria.
San Vicente fue escenario de uno de los episodios más recordados de la historia salvadoreña del siglo XIX: la rebelión de los nonualcos de 1833, encabezada por Anastasio Aquino, líder indígena que se alzó contra los abusos, los tributos y el reclutamiento forzoso impuestos por el gobierno. Aquino y sus seguidores llegaron a ocupar la ciudad de San Vicente el 15 de febrero de 1833, y según la tradición él mismo tomó una corona de la imagen de la iglesia de El Pilar y se proclamó simbólicamente 'rey de los nonualcos'.
La rebelión fue finalmente sofocada, y Aquino, capturado y ejecutado ese mismo año en la propia ciudad de San Vicente. Su figura se convirtió en un símbolo perdurable de la resistencia indígena y campesina en El Salvador, y su memoria sigue muy viva en San Vicente y en la vecina La Paz, tierras de los nonualcos.
El departamento de San Vicente se despliega sobre una de las llanuras más fértiles del país, regada por el río Lempa y sus afluentes, en el corazón agrícola de El Salvador. Caña de azúcar, granos básicos, ganado y otros cultivos han sido durante siglos la base de su economía, heredera de las grandes haciendas coloniales del añil.
Hoy San Vicente combina ese patrimonio agrícola e histórico con su rico legado colonial —su catedral, su torre, sus iglesias— y con el atractivo natural del volcán Chichontepec, cuyas faldas ofrecen cafetales, senderos y balnearios de aguas termales, como los de Infiernillos y Aguas Termales de Amapulapa. Entre la tierra fértil, la memoria de Aquino y la sombra del volcán, San Vicente es un departamento de honda identidad en el centro salvadoreño.
Alrededor de la cabecera, los pueblos de San Vicente conservan la memoria de la época dorada del añil. Apastepeque, con su laguna volcánica del mismo nombre, fue sede de una de las grandes 'ferias del añil' del período colonial, donde se comerciaba el tinte azul que enriquecía a la provincia. Tepetitán, Guadalupe, Verapaz y otros municipios completan un mosaico rural de honda tradición.
La Laguna de Apastepeque, pequeña y de aguas serenas encajada en un cráter, es hoy un rincón de naturaleza y descanso. Estos pueblos, con sus fiestas patronales, sus iglesias y sus tradiciones, mantienen viva la identidad de un San Vicente que fue, en tiempos del añil, uno de los corazones económicos de El Salvador colonial.