El departamento de San Salvador se asienta en el Valle de las Hamacas, así llamado por los frecuentes temblores que 'mecen' la tierra, al pie del Volcán de San Salvador o Quezaltepec y sobre el territorio del antiguo señorío pipil de Cuzcatlán. La villa de San Salvador tuvo un origen accidentado: fundada en un primer emplazamiento en 1525, refundada en el valle de La Bermuda cerca de Suchitoto en 1528, fue trasladada finalmente hacia 1545 al valle de las Hamacas, donde permanece hasta hoy.
Ese escenario volcánico y sísmico explica tanto la extraordinaria fertilidad de sus tierras como la dramática historia de terremotos que han destruido la ciudad una y otra vez —en 1854, 1873, 1917, 1965, 1986 y 2001, entre otros—. Cada vez, San Salvador fue reconstruida en su sitio, y creció hasta convertirse en el mayor centro urbano de El Salvador y el corazón de su vida nacional.
San Salvador es la capital de El Salvador y el núcleo del Gran San Salvador, su extensa área metropolitana, donde vive una parte muy importante de la población del país. Es el corazón político, económico y cultural de la nación, sede de los poderes del Estado, de las universidades, los museos, los teatros y los grandes centros comerciales, y el principal punto de entrada y de servicios para todo el territorio.
Su centro histórico conserva edificios emblemáticos como la Catedral Metropolitana, el Teatro Nacional, el Palacio Nacional y la Iglesia El Rosario, de audaz arquitectura moderna. En las últimas décadas, el centro fue recuperado y peatonalizado, mientras la ciudad se expandía hacia el poniente con nuevos barrios, torres y avenidas. San Salvador concentra las tensiones y las energías de todo el país.
Las calles y plazas de San Salvador fueron escenario de los grandes hechos de la historia salvadoreña. Aquí, en 1811, el presbítero José Matías Delgado encabezó el 'Primer Grito de Independencia' de Centroamérica, y aquí se libraron las luchas de la joven república. Pero ningún episodio marca tanto la memoria de la capital como el martirio de monseñor Óscar Arnulfo Romero.
Arzobispo de San Salvador y defensor incansable de los pobres, Romero fue asesinado de un disparo el 24 de marzo de 1980 mientras oficiaba misa en la capilla de un hospital, en vísperas de la guerra civil. Su muerte conmocionó al mundo; beatificado en 2015 y canonizado santo en 2018, sus restos reposan en la cripta de la Catedral Metropolitana, hoy lugar de peregrinación. Su figura convirtió a San Salvador en el corazón simbólico de la memoria y la conciencia del país.
A las puertas de la capital, el pueblo de Panchimalco conserva una de las herencias indígenas más vivas del país. Encajonado entre cerros y dominado por una imponente peña, es hogar de descendientes de los pueblos pipiles, que mantienen danzas, cofradías y fiestas de siglos, como la célebre Procesión de las Palmas, en la que las mujeres portan palmas adornadas con flores en un colorido rito de raíz prehispánica y cristiana.
Su joya es la iglesia colonial de la Santa Cruz de Roma, Monumento Nacional y una de las más antiguas y bellas de El Salvador, con su retablo dorado y su fachada blanca. Panchimalco, con sus calles empedradas y su ambiente detenido en el tiempo, es un contrapunto rural y ancestral a apenas unos kilómetros del bullicio de la gran ciudad.
En las alturas que rodean la capital, la zona de Los Planes de Renderos ofrece un respiro fresco y verde muy querido por los capitalinos, con sus pupuserías, sus parques y sus miradores. Allí se abre la famosa Puerta del Diablo, una formación de rocas partidas sobre el Cerro El Chulo, desde cuyas cimas se despliega un panorama espectacular del valle, los volcanes y, en días claros, hasta el océano Pacífico.
La Puerta del Diablo, hoy un parque natural popular para el senderismo, el rapel y la fotografía, carga también con memorias oscuras del período de la guerra. Junto con el Parque Balboa cercano y los pueblos de la falda del volcán, forma un cinturón de naturaleza y de tradición que abraza a San Salvador y recuerda que, incluso en el departamento más urbano del país, el paisaje volcánico y la herencia indígena están siempre presentes.