El nombre lo dice todo: Citalá significa, en la lengua náhuat de los pipiles, algo así como 'río de estrellas'. Y en ese nombre poético se esconde la doble historia de este pueblo del extremo norte de El Salvador: la de un asentamiento indígena anterior a la conquista y la de una de las localidades más antiguas del departamento de Chalatenango, hoy pegada a la frontera con Honduras. Mucho antes de que existiera esa línea que separa a dos países, las comunidades originarias ya habitaban esta región montañosa y fresca del norte, aprovechando su entorno natural junto al río Lempa.
Tras la conquista española, Citalá se integró al orden colonial y se desarrolló como un pueblo de esta región fronteriza y de montaña, vinculado a la vida agrícola. Su ubicación junto a la frontera con el territorio que hoy es Honduras, y cerca del río Lempa, le dio desde temprano un carácter de localidad de paso y de límite, condición que mantendría a lo largo de los siglos.
Esa doble herencia —la raíz indígena reflejada en su nombre y el desarrollo colonial posterior— está en la base de la identidad de Citalá. El pueblo conserva como principal testimonio de aquel pasado su iglesia colonial, la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar, una de las más antiguas del país, que sigue siendo el corazón histórico de la localidad.
El gran testimonio histórico de Citalá es su iglesia colonial, conocida como la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar y considerada una de las más antiguas de El Salvador. Según las fuentes patrimoniales, fue levantada posiblemente a fines del siglo XVII o a inicios del siglo XVIII —se desconoce con certeza quién la construyó—, y presenta un estilo neoclásico: su fachada de dos cuerpos tiene en el inferior la entrada principal en forma de arco de medio punto, con un atrio cercado y, en el exterior, una cruz que data de 1982. Se encuentra a pocos metros de la frontera de El Poy con Honduras.
En su interior, la iglesia conserva documentos parroquiales e imágenes coloniales del siglo XVIII de gran valor histórico, verdaderas cápsulas del tiempo que documentan la vida religiosa y social de este rincón del norte salvadoreño a lo largo de los siglos. La iglesia da cuenta de la importancia que tuvo Citalá como pueblo colonial en esta región fronteriza y montañosa. El templo y la plaza fueron el centro de la vida comunitaria, religiosa y social de la localidad, y hoy son el principal atractivo para el visitante interesado en el patrimonio histórico. Las fiestas patronales del pueblo, en honor a la Inmaculada Concepción, se celebran del 2 al 8 de diciembre.
Este patrimonio, sumado al entorno natural del pueblo —el clima fresco, los cerros y la cercanía del río Lempa—, da a Citalá un carácter tranquilo y tradicional. La Iglesia de Nuestra Señora del Pilar es la huella visible de una larga historia que conecta el pasado indígena, la etapa colonial y la vida actual del pueblo en el extremo norte de El Salvador.
La geografía marcó la historia de Citalá tanto como su pasado colonial. El pueblo se asienta en el valle alto del río Lempa, el principal y más largo río de El Salvador, que nace en Guatemala, atraviesa Honduras y entra al país justo por esta región del norte de Chalatenango. La cercanía del Lempa dio a Citalá agua, tierras fértiles en sus márgenes y una vía natural de comunicación en una zona de montaña.
Citalá es, ante todo, un pueblo de frontera. En su jurisdicción, en el barrio El Poy, sobre el kilómetro 96 de la carretera Troncal del Norte, se ubica uno de los principales pasos fronterizos entre El Salvador y Honduras. Durante siglos, por estos caminos circularon personas, ganado y mercancías entre ambos territorios, y la condición de localidad de paso definió buena parte de su economía y su vida cotidiana.
La frontera de El Poy conecta el norte salvadoreño con el occidente hondureño —la región de Ocotepeque, las montañas de Celaque y, más allá, las célebres ruinas mayas de Copán—. Esta posición estratégica convirtió a Citalá en puerta de entrada y salida del país, una característica que conserva hasta hoy, cuando el paso opera las 24 horas y sigue siendo un punto clave del tránsito centroamericano.
Como buena parte de la región del norte de Chalatenango, Citalá vivió épocas difíciles durante el conflicto armado salvadoreño del siglo XX (1980-1992), que afectó duramente a muchos pueblos de esta zona montañosa y fronteriza. La cercanía con Honduras hizo de esta región un territorio de movimientos de población, desplazamientos y refugio durante los años más duros. Aquellos años marcaron la historia reciente del norte del país, con sus secuelas en las comunidades.
Con la firma de los Acuerdos de Paz en 1992 y el fin del conflicto, el norte de Chalatenango fue recuperando poco a poco la tranquilidad y abriéndose a nuevas oportunidades. La región empezó a proyectarse hacia el turismo de naturaleza y de pueblo, de la mano del auge de la vecina La Palma —cuna del arte naíf salvadoreño impulsado por Fernando Llort— y del Cerro El Pital, el punto más alto del país, que atraen cada vez a más visitantes.
Hoy, Citalá es un pueblo apacible que vive de la agricultura, del comercio ligado a la frontera de El Poy con Honduras y, de manera creciente, del turismo de paso. Aunque pequeña, la localidad forma parte del atractivo circuito del norte de Chalatenango, ofreciendo al visitante su iglesia colonial, su clima fresco y su entorno de montaña y río. Citalá representa así la cara serena, histórica y fronteriza del extremo norte de El Salvador, un rincón que combina pasado colonial, memoria reciente y la calma de los pueblos de montaña.
Quien llega a Citalá en el siglo XXI encuentra un pueblo que sigue fiel a su vocación milenaria: la de ser un cruce de caminos. Por su frontera de El Poy, activa las 24 horas, pasan a diario buses internacionales, camiones de carga, comerciantes y viajeros que enlazan El Salvador con el occidente de Honduras y, a través del corredor centroamericano, con Guatemala y Nicaragua. El acuerdo CA-4, que permite el libre tránsito de personas entre esos cuatro países, ha reforzado ese papel de Citalá como puerta natural del norte salvadoreño.
Esa condición fronteriza también la expone a los caprichos de la geografía. En julio de 2025, el desbordamiento del río Marchala, del lado hondureño de Ocotepeque, provocó hundimientos y derrumbes que obligaron a cerrar temporalmente el paso de El Poy y a habilitar la frontera de Anguiatú como ruta alterna. A raíz de ese episodio se emprendió la construcción de un nuevo puente binacional pensado para reducir el riesgo de inundaciones y fortalecer la conexión entre ambos países, una obra que confirma la importancia estratégica que sigue teniendo este punto del mapa.
Más allá de la frontera, Citalá se ha ido integrando al circuito turístico del norte de Chalatenango. Su iglesia colonial, su clima fresco y su cercanía con La Palma —la cuna del arte naíf de Fernando Llort— y con el Cerro El Pital, el techo del país, la convierten en una parada natural para quienes recorren la zona alta del norte. Así, el viejo 'río de estrellas' de los pipiles combina hoy su papel histórico de pueblo de frontera con un lugar creciente en el mapa del turismo salvadoreño, ofreciendo al visitante una mezcla de patrimonio colonial, memoria reciente, naturaleza de montaña y ese pulso singular de las localidades que viven a caballo entre dos países.