Durante el Imperio Antiguo, los faraones se hicieron enterrar bajo montañas artificiales visibles desde kilómetros: las pirámides. Eran monumentos de propaganda eterna, pensados para proclamar el poder del rey y garantizar su ascensión al cielo. Pero tenían un defecto fatal: cualquiera sabía dónde estaba el tesoro. Pese a corredores falsos, cámaras trampa y bloques de granito, todas las grandes pirámides fueron saqueadas, algunas ya pocas generaciones después de su construcción. Cuando llegó el Imperio Nuevo, mil años más tarde, los faraones habían aprendido la lección.
Los reyes de la dinastía XVIII, que gobernaban desde Tebas (la actual Luxor), tomaron una decisión radical: abandonar la visibilidad de las pirámides y apostar por lo contrario, el secreto absoluto. En lugar de anunciar sus tumbas, las esconderían. Para ello eligieron un lugar excepcional en la orilla oeste del Nilo, la orilla de los muertos: un valle desértico y apartado, encerrado entre acantilados, al que solo se accedía por un estrecho camino fácil de vigilar. Y, como coronando el paisaje, el valle estaba dominado por El-Qurn, una montaña natural con una perfecta forma piramidal. Era como si la naturaleza hubiera construido la pirámide que los faraones ya no querían edificar: bajo su sombra sagrada, y ocultos en la roca, los reyes buscarían la eternidad.
Se cree que el primero en inaugurar la nueva costumbre fue Tutmosis I, hacia el 1500 a.C. A partir de entonces, y durante casi cinco siglos, los faraones excavarían aquí sus tumbas, en secreto, confiando el trabajo a una comunidad cerrada de artesanos que vivía aislada para proteger la ubicación. El Valle de los Reyes había nacido.
Durante casi cinco siglos, del siglo XVI al XI a.C., los grandes faraones del Imperio Nuevo fueron enterrados en el Valle de los Reyes. La lista es un desfile de los nombres más poderosos de la historia de Egipto: Tutmosis I, III y IV; Amenhotep II y III; Hatshepsut, la reina que reinó como faraón; el joven Tutankamón; los guerreros Seti I y su hijo Ramsés II, el más grande y longevo de todos; Ramsés III, que frenó a los Pueblos del Mar; y una larga estirpe de Ramsés hasta el final de la dinastía XX. Se han identificado más de sesenta tumbas y numerosas cámaras y fosas menores.
Las tumbas evolucionaron con el tiempo, pero seguían un esquema común: una entrada excavada en la ladera, seguida de una sucesión de corredores y escaleras que descendían en línea recta o quebrada hacia las profundidades, pasando a veces por pozos (destinados a desviar el agua de las raras lluvias torrenciales y a despistar a los ladrones), hasta llegar a la cámara funeraria, donde reposaba el sarcófago del rey rodeado de su ajuar. Cada centímetro de las paredes y los techos se cubría de decoración religiosa.
Esa decoración no era ornamental, sino profundamente funcional en la mentalidad egipcia: era un manual mágico para la vida eterna. Textos como el Amduat ('lo que hay en el más allá'), el Libro de las Puertas, el Libro de las Cavernas o la Letanía de Ra describían, hora a hora, el peligroso viaje nocturno del sol —y del faraón difunto identificado con él— a través del inframundo, hasta renacer al amanecer. Escenas del rey ante Osiris, Anubis, Hathor y los demás dioses, y magníficos techos astronómicos con la diosa Nut y las estrellas, completaban un programa destinado a asegurar la resurrección del faraón y su unión eterna con los dioses.
Detrás de las maravillas del valle hay una historia humana fascinante: la de los hombres y mujeres que las hicieron posibles. Las tumbas reales fueron excavadas y decoradas por una comunidad especializada de artesanos —canteros, dibujantes, pintores, escultores— que vivía en un poblado propio, aislado del resto, en Deir el-Medina, precisamente para guardar el secreto de la ubicación y los tesoros. Durante generaciones, esos trabajadores se transmitieron el oficio de padres a hijos y sirvieron a faraón tras faraón.
Gracias a la extraordinaria conservación de sus documentos —miles de óstraca, fragmentos de piedra y cerámica con anotaciones—, sabemos más de la vida cotidiana de este pueblo obrero que de casi ningún otro del mundo antiguo. Conocemos sus salarios (pagados en grano, aceite, pescado), sus turnos de trabajo, sus casas, sus pleitos, sus creencias e incluso sus dramas personales. De aquí procede uno de los datos más asombrosos de la historia laboral: hacia el 1150 a.C., bajo Ramsés III, los trabajadores de Deir el-Medina, cansados de que se les retrasaran las raciones, dejaron de trabajar y protestaron: la primera huelga documentada de la historia de la humanidad.
Pero ni el secreto ni el aislamiento salvaron a las tumbas del destino que sus reyes tanto temían. Ya durante el propio Imperio Nuevo, y sobre todo en la época de crisis que le siguió, el saqueo se generalizó, a veces con la complicidad de los propios guardianes y funcionarios. Papiros conservados narran juicios reales contra bandas de ladrones de tumbas. Ante los expolios, los sacerdotes del final del Imperio Nuevo tomaron una decisión desesperada: sacaron las momias de los grandes faraones de sus tumbas violadas y las reunieron en escondites secretos para protegerlas. Por eso, siglos después, se hallarían decenas de momias reales —Seti I, Ramsés II y muchos más— amontonadas en dos escondrijos, lejos de sus sepulturas originales.
A comienzos del siglo XX, muchos egiptólogos daban por agotado el Valle de los Reyes: pensaban que ya no quedaba nada importante por descubrir. Pero un arqueólogo británico, Howard Carter, estaba convencido de lo contrario. Financiado por un aristócrata mecenas, Lord Carnarvon, Carter buscó durante años, con creciente frustración, la tumba de un faraón casi olvidado del que apenas se sabía nada: Tutankamón. En 1922, cuando Carnarvon estaba a punto de retirar los fondos, el equipo de Carter encontró un escalón tallado en la roca. Era el principio de una escalera que descendía hacia una puerta sellada intacta.
El 26 de noviembre de 1922, Carter practicó un pequeño agujero en la puerta, introdujo una vela y miró dentro. Carnarvon, impaciente, le preguntó si veía algo. La respuesta de Carter se hizo legendaria: 'Sí, cosas maravillosas'. Ante sus ojos brillaba el oro de un tesoro que había permanecido oculto más de tres mil años. La tumba, aunque pequeña y modesta para un rey, era la única del valle que había llegado prácticamente intacta, con sus más de cinco mil objetos: tronos, carros, camas, estatuas, joyas, y sobre todo los sarcófagos encajados uno dentro de otro y la deslumbrante máscara funeraria de oro macizo, hoy uno de los objetos más famosos del mundo.
El descubrimiento fue una sensación planetaria que desató la 'egiptomanía': una fiebre por todo lo egipcio que invadió la moda, el arte, el cine y el diseño de los años veinte. La muerte de Lord Carnarvon pocos meses después, por una infección, alimentó la leyenda de la 'maldición del faraón', un mito sin base científica pero de enorme éxito periodístico. Tutankamón, un rey menor muerto a los dieciocho años, se convirtió, por el capricho de haber pasado desapercibido a los ladrones, en el faraón más célebre de la historia.
El Valle de los Reyes forma parte, desde 1979, del conjunto de la 'antigua Tebas con su necrópolis' inscrito por la Unesco en la lista del Patrimonio Mundial. Es uno de los sitios arqueológicos más visitados y estudiados del planeta, y las excavaciones continúan: en 2005 se halló KV63, la primera tumba nueva descubierta en el valle desde la de Tutankamón, y en años recientes se han localizado tumbas y hallazgos en la zona, lo que demuestra que el valle no ha dicho aún su última palabra.
Pero el éxito trae problemas de conservación serios. Las pinturas que sobrevivieron milenios en la penumbra se ven amenazadas hoy por la afluencia masiva de visitantes: la humedad de la respiración y el sudor de miles de personas, el roce, el dióxido de carbono y los cambios de temperatura deterioran los pigmentos y favorecen la aparición de hongos y sales. Para protegerlas, las autoridades han adoptado varias medidas: rotar las tumbas abiertas al público (de modo que ninguna reciba visitas continuas), limitar el número de personas, instalar pasarelas y mamparas de vidrio, prohibir el flash y cerrar por completo las más delicadas o hacer réplicas exactas (como la que se creó de la tumba de Tutankamón).
Hoy, visitar el Valle de los Reyes exige equilibrio entre el deseo legítimo de asomarse a estas maravillas y la responsabilidad de preservarlas para el futuro. El viajero puede contribuir respetando las normas: no tocar las paredes, no usar flash, seguir las pasarelas y moverse con cuidado. Bajar a estas tumbas, en el silencio y la penumbra de la roca, ante escenas pintadas hace más de tres mil años para guiar a un rey por el más allá, sigue siendo una de las experiencias más profundas que puede vivir un viajero: un encuentro directo con la manera en que una de las grandes civilizaciones de la historia imaginó la vida eterna.