Antes de que Sharm el-Sheikh existiera como ciudad, ya existía el Sinaí, y su historia es la de un puente. Esta península triangular, encajada entre África y Asia, entre el Mediterráneo y el Mar Rojo, ha sido durante milenios el corredor natural por el que pasaron ejércitos, caravanas, peregrinos y pueblos enteros. Por el Sinaí entraron y salieron de Egipto los faraones en campaña hacia Oriente Próximo, las rutas comerciales de incienso y especias, y, según el relato bíblico, el pueblo de Israel en su Éxodo desde la esclavitud egipcia.
El interior montañoso del Sinaí guarda algunas de las tradiciones religiosas más poderosas de la humanidad. En sus montañas de granito, la tradición judía, cristiana y musulmana sitúa el monte donde Moisés recibió las Tablas de la Ley. Los antiguos egipcios explotaron aquí minas de turquesa y cobre desde el Imperio Antiguo, dejando inscripciones que están entre los testimonios más tempranos de la escritura. Durante siglos, el desierto fue dominio de las tribus beduinas, que se movían con sus rebaños por un paisaje árido y aprendieron a sobrevivir en él.
La costa sur, donde hoy se levanta Sharm, era en cambio un extremo casi despoblado: acantilados, arena y unos arrecifes de coral que nadie valoraba todavía. Un puñado de pescadores beduinos usaba sus calas como fondeadero, y de ahí viene el nombre: Sharm el-Sheikh significa algo así como 'la bahía del jeque'. Nada anunciaba que aquel rincón olvidado del Sinaí llegaría a ser uno de los destinos turísticos más famosos del mundo.
La historia moderna de Sharm el-Sheikh es inseparable del conflicto árabe-israelí, que convirtió el sur del Sinaí en una zona estratégica de primer orden. Su ubicación, dominando el estrecho de Tiran —la entrada al golfo de Áqaba y, a través de él, al puerto israelí de Eilat—, la hacía militarmente clave: quien controlaba Sharm controlaba una vía marítima vital. Por eso la ciudad, entonces un pequeño enclave, cambió varias veces de manos.
Egipto la fortificó tras la revolución de 1952. En la crisis de Suez de 1956, Israel la ocupó brevemente antes de retirarse bajo presión internacional. El cierre egipcio del estrecho de Tiran a la navegación israelí fue uno de los detonantes de la guerra de los Seis Días de 1967, tras la cual Israel ocupó toda la península del Sinaí, incluida Sharm, y la mantuvo durante quince años. Fueron los israelíes quienes, atraídos por los arrecifes, empezaron a desarrollar allí los primeros centros de buceo y turismo, sembrando la semilla de lo que vendría después.
El giro decisivo llegó con la paz. Tras la guerra de 1973 y, sobre todo, los históricos Acuerdos de Camp David de 1978 y el Tratado de Paz egipcio-israelí de 1979, Israel se comprometió a devolver el Sinaí a Egipto. La retirada culminó en 1982. Egipto recuperaba así una península entera y, con ella, una costa de arrecifes vírgenes sobre la que decidió construir su gran apuesta turística. La guerra dio paso al turismo, y Sharm el-Sheikh empezó a transformarse.
Con el Sinaí de nuevo bajo soberanía egipcia, el gobierno lanzó a partir de los años ochenta y noventa un plan de desarrollo turístico ambicioso para la costa sur. Sharm el-Sheikh fue el buque insignia de esa apuesta. Se construyeron un aeropuerto internacional, carreteras, hoteles y toda la infraestructura necesaria para atraer al turismo europeo de sol y playa. Lo que había sido un fondeadero de pescadores se convirtió, en apenas dos décadas, en una ciudad-resort de crecimiento vertiginoso, con barrios enteros de complejos hoteleros a lo largo de la costa.
El gran imán fueron —y siguen siendo— los arrecifes de coral del Mar Rojo, considerados entre los mejores del planeta para el buceo y el snorkel. La declaración de Ras Mohammed como parque nacional en 1983 marcó también una temprana conciencia de que aquel tesoro natural debía protegerse. Sharm se ganó un nombre entre los submarinistas de todo el mundo y atrajo a millones de turistas, sobre todo de Europa y Rusia, que llegaban en vuelos chárter directos a sus playas.
La prosperidad no estuvo exenta de sobresaltos. La ciudad sufrió atentados terroristas, el más grave en 2005, que golpearon duramente al turismo, y la industria acusó también las crisis derivadas de la inestabilidad política de Egipto y de incidentes en la aviación. Pese a todo, Sharm demostró una notable capacidad de recuperación, reforzando la seguridad y reinventándose una y otra vez para seguir siendo uno de los principales motores del turismo egipcio.
Además de su faceta turística, Sharm el-Sheikh se ganó con los años un segundo papel inesperado: el de escenario de la diplomacia internacional. Su aislamiento relativo, sus buenas comunicaciones aéreas y sus grandes hoteles con capacidad para acoger delegaciones la convirtieron en sede habitual de cumbres, negociaciones de paz y conferencias de alto nivel. Allí se reunieron en distintas ocasiones líderes de Oriente Próximo para intentar avanzar en el conflicto árabe-israelí, y por su vocación como sede de estas reuniones se la llegó a apodar la 'Ciudad de la Paz'.
Ese perfil diplomático culminó en noviembre de 2022, cuando Sharm el-Sheikh acogió la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la COP27, que reunió a jefes de Estado, negociadores y activistas de casi todo el mundo. La elección de una ciudad africana y a la vez turística para una cumbre climática tuvo su simbolismo: el Mar Rojo, con sus arrecifes amenazados por el calentamiento y la presión humana, es un ejemplo vivo de lo que está en juego. La cumbre puso a Sharm en los titulares globales por unos días y reforzó su imagen internacional.
Hoy Sharm el-Sheikh combina esas dos almas: la del resort de vacaciones, con sus playas, buceo y vida nocturna, y la de la ciudad de encuentros internacionales. Una urbe joven, artificial en buena medida, sin la carga histórica milenaria de El Cairo o Luxor, pero que en pocas décadas se ha convertido en una de las caras más reconocibles del Egipto moderno y en la puerta de entrada a las maravillas submarinas del Mar Rojo.