La historia del Monasterio de Santa Catalina nace de una montaña y de un relato. La montaña es el Gebel Musa, la 'montaña de Moisés', que las tradiciones judía, cristiana e islámica identifican con el monte Sinaí, el lugar donde, según el Éxodo, Moisés recibió de Dios las Tablas de la Ley con los Diez Mandamientos, tras haber visto arder una zarza que no se consumía. Para las tres grandes religiones monoteístas, que comparten la figura de Moisés, este rincón perdido del Sinaí es tierra sagrada.
Mucho antes de que existiera el monasterio, ya en los primeros siglos del cristianismo, ermitaños y monjes empezaron a retirarse a estas montañas áridas y solitarias buscando el silencio, la penitencia y la cercanía con Dios, siguiendo el ejemplo del monacato que florecía por entonces en los desiertos de Egipto. Vivían en cuevas y pequeñas celdas dispersas, en condiciones durísimas, y se reunían junto al lugar que la tradición señalaba como el de la zarza ardiente. Eran, sin embargo, un blanco fácil para los asaltos de las tribus del desierto.
La primera construcción organizada la promovió, según la tradición, la emperatriz Elena, madre de Constantino, en el siglo IV: una pequeña capilla dedicada a la Virgen sobre el lugar de la zarza y una torre para proteger a los eremitas. Pero fue en el siglo VI cuando el sitio adquirió la forma monumental que ha llegado hasta hoy, gracias a la intervención de un emperador que quiso a la vez honrar el lugar santo y defender la frontera de su imperio.
El Monasterio de Santa Catalina tal como lo conocemos es obra del emperador bizantino Justiniano I, el mismo que levantó Santa Sofía en Constantinopla. Entre los años 548 y 565, Justiniano ordenó construir en torno a la capilla de la zarza ardiente un imponente complejo amurallado que fuera a la vez santuario y fortaleza. Los muros de granito, de hasta quince metros de altura y varios de espesor, debían proteger a la comunidad monástica de los ataques de las tribus del desierto y afirmar la presencia del imperio cristiano en aquella remota frontera del Sinaí.
Dentro de las murallas, Justiniano hizo erigir la gran basílica, dedicada a la Transfiguración de Cristo, que aún hoy es el corazón del monasterio y uno de los templos cristianos en uso más antiguos del mundo. Se conservan de aquella época elementos extraordinarios: las puertas de madera de cedro, las vigas del techo con inscripciones que mencionan al emperador y a su esposa Teodora, y sobre todo el deslumbrante mosaico de la Transfiguración en el ábside, una obra maestra del arte bizantino del siglo VI que ha sobrevivido casi milagrosamente intacta.
El monasterio original estuvo dedicado a la Virgen y a la Transfiguración. El nombre de Santa Catalina vendría después: según la tradición, en torno a los siglos IX-XI los monjes hallaron en una montaña cercana el cuerpo de Catalina de Alejandría, una joven cristiana martirizada en el siglo IV por su fe y su sabiduría, cuyos restos habrían sido transportados allí por ángeles. La veneración de sus reliquias, muy popular en la Europa medieval, hizo que el monasterio pasara a llevar su nombre y se convirtiera en meta de peregrinación.
Lo más asombroso del Monasterio de Santa Catalina no es solo su antigüedad, sino su continuidad: lleva unos quince siglos funcionando sin interrupción, lo que lo convierte en el monasterio cristiano habitado más antiguo del mundo. En ese tiempo, el mapa político y religioso de la región cambió por completo una y otra vez —bizantinos, conquista árabe, cruzadas, mamelucos, otomanos— y, sin embargo, la comunidad de monjes griegos ortodoxos siguió rezando en el mismo lugar, generación tras generación.
Esa supervivencia se debe en buena medida a un notable respeto interconfesional. Cuando el islam se expandió por la región en el siglo VII, el monasterio quedó bajo dominio musulmán, pero fue protegido en lugar de destruido. La tradición conserva la Ashtiname, una supuesta carta de protección atribuida al propio profeta Mahoma, por la que garantizaba a los monjes seguridad, libertad de culto y exención de impuestos. Sea o no auténtico el documento, refleja una realidad histórica: los distintos gobernantes musulmanes respetaron en general el monasterio. Es más, dentro de sus muros se conserva una mezquita, construida en época fatimí, junto a la iglesia cristiana, un símbolo poco común de convivencia.
El monasterio también acumuló a lo largo de los siglos un patrimonio incomparable. Su biblioteca llegó a ser la segunda colección de manuscritos antiguos más importante del mundo cristiano después de la del Vaticano, y de ella procede el Códice Sinaítico, uno de los textos más antiguos de la Biblia. Su colección de iconos, salvada de la destrucción iconoclasta gracias al aislamiento del Sinaí, es la más antigua y valiosa que existe. Peregrinos, viajeros y estudiosos de toda Europa acudieron durante siglos a este remoto valle, atraídos por su aura de santidad y por sus tesoros.
El valor universal del monasterio y de su entorno fue reconocido por la Unesco en 2002, cuando el 'Área de Santa Catalina' fue inscrita en la lista del Patrimonio Mundial, no solo por el monasterio en sí, sino por todo el conjunto de montañas sagradas, capillas, ermitas y paisaje cultural que lo rodea. La Unesco valoró su condición de lugar sagrado para las tres religiones monoteístas y su extraordinario patrimonio artístico, arquitectónico y documental, testimonio vivo de quince siglos de tradición monástica ininterrumpida.
Hoy el monasterio sigue habitado por una pequeña comunidad de monjes griegos ortodoxos, bajo la jurisdicción de la Iglesia de Sinaí, y recibe a la vez a peregrinos y a turistas que llegan atraídos por su historia y por la ascensión al monte Sinaí. A su alrededor, la tribu beduina Yebeliya, ligada tradicionalmente al servicio del monasterio, mantiene una relación centenaria con la comunidad monástica.
En 2025, sin embargo, un fallo del tribunal de apelación de Ismailía sobre la propiedad de las tierras del monasterio reabrió viejas tensiones. La sentencia afirmó la titularidad del Estado egipcio sobre los terrenos, reconociendo a los monjes el derecho de uso (usufructo) pero no la propiedad, lo que fue interpretado por las Iglesias ortodoxas de Atenas, Jerusalén y Constantinopla como una amenaza a la continuidad y a la autonomía del monasterio, y provocó fricciones diplomáticas entre Egipto y Grecia. Las autoridades egipcias, por su parte, defendieron la decisión como una simple formalización del estatus legal del recinto, subrayando su compromiso con la protección del lugar. El episodio, todavía abierto, recuerda que incluso un lugar que sobrevivió intacto a imperios y conquistas durante quince siglos sigue expuesto a los avatares de la política contemporánea. Por eso conviene informarse sobre el estado del acceso antes de planear una visita.