La ciudad que hoy llamamos Luxor fue en la Antigüedad Tebas, que los egipcios llamaban Waset. Al principio no era más que una modesta población del Alto Egipto, sin la importancia de las viejas capitales del norte como Menfis. Su ascenso comenzó hacia el segundo milenio antes de Cristo, cuando príncipes tebanos lograron reunificar Egipto tras períodos de división y fundaron dinastías que gobernaron desde aquí. Pero el gran salto llegó con la expulsión de los hicsos —invasores llegados de Asia que habían dominado el norte del país— por parte de faraones tebanos, hacia el 1550 a.C. Esa victoria inauguró el Imperio Nuevo, la época más gloriosa, rica y poderosa de toda la historia faraónica, con Tebas como capital.
Durante casi cinco siglos, los grandes faraones del Imperio Nuevo —Tutmosis, Amenhotep, Hatshepsut, Akenatón, Tutankamón, Seti y Ramsés— convirtieron Tebas en el centro de un imperio que se extendía desde Nubia, al sur, hasta Siria, al norte. Los tributos y el botín de las campañas militares, y la riqueza agrícola del valle del Nilo, financiaron una explosión de construcción monumental sin igual. Tebas se llenó de templos, palacios y avenidas, y su población y esplendor la convirtieron en una de las mayores ciudades del mundo de su tiempo. El poeta griego Homero, siglos después, la evocaría como 'Tebas la de las cien puertas', símbolo de riqueza fabulosa.
La ciudad se organizó en dos mitades separadas por el Nilo, con un profundo sentido religioso: la orilla este, por donde nace el sol, era la de los vivos, la de los grandes templos; la orilla oeste, por donde el sol muere cada tarde, era la de los muertos, la de las necrópolis y los templos funerarios. Esa división entre la vida y la muerte, marcada por el río y el recorrido del sol, es la clave para entender Luxor.
El esplendor de Tebas está indisolublemente unido al ascenso de un dios: Amón. Al principio, Amón era apenas una divinidad local tebana, pero con el auge de la ciudad y de sus faraones fue creciendo hasta fundirse con el antiguo dios solar Ra, convirtiéndose en Amón-Ra, el 'rey de los dioses', la gran divinidad suprema del panteón egipcio durante el Imperio Nuevo. Cada victoria militar, cada faraón, atribuía sus éxitos a Amón, y en agradecimiento le dedicaba templos, tierras, tesoros y esclavos.
El resultado de esa devoción acumulada durante siglos es el gigantesco complejo de Karnak, en la orilla este, el mayor recinto religioso jamás construido por el antiguo Egipto. No es obra de un solo faraón, sino de decenas de ellos a lo largo de más de dos mil años: cada rey añadía su pilono, su sala, su obelisco o su capilla, en una competición de piedad y poder que hizo crecer el templo hasta dimensiones inabarcables. Su Gran Sala Hipóstila, con 134 columnas colosales, es una de las maravillas de la arquitectura de todos los tiempos. Cerca, el templo de Luxor, unido a Karnak por una gran avenida de esfinges, era el escenario de la fiesta de Opet, la gran celebración anual que renovaba el poder divino del faraón.
Tanta riqueza tuvo una consecuencia política: el clero de Amón, que administraba enormes propiedades y tesoros, se volvió tan poderoso que llegó a rivalizar con el propio faraón. Ese poder desmedido de los sacerdotes fue una de las causas que empujó al faraón Akenatón, en el siglo XIV a.C., a una revolución religiosa radical: abolir el culto a Amón y a los demás dioses, imponer el culto único al disco solar Atón y trasladar la capital lejos de Tebas. Fue un experimento efímero: tras su muerte, su sucesor —el joven Tutankamón— restauró el culto a Amón y devolvió Tebas a su esplendor.
En la orilla oeste, la de los muertos, los faraones del Imperio Nuevo tomaron una decisión que cambió la historia de las tumbas reales. Las pirámides del Imperio Antiguo, visibles y monumentales, habían sido saqueadas una y otra vez pese a todas las precauciones. Por eso, los reyes de Tebas optaron por lo contrario: el secreto. Eligieron un valle desértico y apartado, oculto tras las montañas de la orilla oeste y dominado por una cumbre con forma piramidal natural (El-Qurn), para excavar allí sus tumbas en la roca, escondidas y sin señalar. Nació así el Valle de los Reyes.
Durante casi cinco siglos, del siglo XVI al XI a.C., más de sesenta faraones y grandes personajes fueron enterrados aquí, en tumbas que son largos corredores descendentes tallados en la piedra, con cámaras funerarias cuyas paredes se cubrieron de textos religiosos y escenas pintadas —el 'Libro de los Muertos', el 'Libro de las Puertas', viajes por el inframundo, cielos estrellados— destinados a guiar y proteger al rey en su viaje eterno hacia la resurrección. Los colores de muchas de estas pinturas, protegidos de la luz durante milenios, siguen siendo asombrosamente vivos.
El secreto, sin embargo, no funcionó del todo: casi todas las tumbas fueron saqueadas ya en la Antigüedad. La gran excepción, y el hallazgo más célebre de la arqueología, fue la tumba de Tutankamón, un faraón menor muerto muy joven, cuya sepultura pasó desapercibida durante más de tres mil años hasta que el británico Howard Carter la descubrió intacta en 1922, con su fabuloso tesoro de oro. Aquel descubrimiento desató la 'egiptomanía' en todo el mundo y convirtió a Tutankamón en el faraón más famoso de la historia, pese a haber sido, en vida, uno de los menos importantes.
Nada dura para siempre, tampoco el poder de Tebas. Hacia el final del Imperio Nuevo, en el siglo XI a.C., Egipto entró en una larga etapa de crisis, división y debilidad. El poder político se desplazó hacia el norte, a las ciudades del delta, y Tebas perdió su rango de capital, aunque conservó durante mucho tiempo su enorme prestigio religioso como ciudad santa de Amón. La riqueza y la influencia del clero tebano se mantuvieron, pero la ciudad ya no era el corazón del poder faraónico.
En el 663 a.C., Tebas sufrió un golpe brutal: fue saqueada por los asirios durante sus invasiones de Egipto, un episodio que marcó simbólicamente el fin de su grandeza. Más tarde, bajo los persas, los griegos ptolemaicos y los romanos, la ciudad siguió siendo un centro religioso y un lugar venerado, y algunos de sus templos se ampliaron o restauraron. Los turistas de la Antigüedad —griegos y romanos— ya visitaban Tebas como nosotros: acudían a maravillarse ante los Colosos de Memnón, y muchos dejaron grabados sus nombres en las piedras, en los primeros grafitis turísticos de la historia.
Con la llegada del cristianismo, los antiguos templos paganos fueron abandonados o reconvertidos: en algunos, como en Deir el-Bahari o en el propio templo de Luxor, se instalaron iglesias y comunidades de monjes coptos (de ahí nombres como 'Deir', que significa monasterio). Muchos relieves de dioses fueron dañados por celo religioso. La antigua Tebas, ya despoblada y en ruinas, quedó reducida a un puñado de aldeas que crecieron entre los monumentos y sobre ellos, aprovechando sus piedras y sus muros. El poder y el esplendor de la capital de los faraones se habían desvanecido, pero sus templos y tumbas, protegidos por el clima seco del desierto, aguardaban bajo la arena.
El redescubrimiento de Tebas por el mundo moderno comenzó con la expedición de Napoleón a Egipto (1798-1801), cuyos sabios dibujaron y describieron con asombro los templos y colosos que asomaban entre las aldeas. A lo largo del siglo XIX, con el nacimiento de la egiptología tras el desciframiento de los jeroglíficos por Champollion, Luxor se convirtió en un imán para arqueólogos, coleccionistas y aventureros de toda Europa, que excavaron —a veces con métodos que hoy horrorizan— sus templos y tumbas. Muchos tesoros salieron entonces del país rumbo a los museos de Londres, París, Turín o Berlín.
El siglo XX trajo los grandes descubrimientos científicos y el más célebre de todos: el hallazgo de la tumba intacta de Tutankamón por Howard Carter en 1922, financiado por Lord Carnarvon, que llenó las portadas del mundo entero y desató una fascinación por Egipto que no ha cesado. La leyenda de la 'maldición del faraón', alimentada por la prensa tras la muerte de Carnarvon, añadió un aura de misterio que aún perdura.
En 1979, la Unesco declaró la 'antigua Tebas y su necrópolis' Patrimonio Mundial de la Humanidad, reconociendo la excepcional concentración de monumentos de este lugar único. Hoy Luxor es una de las grandes capitales turísticas de Egipto, que vive en buena medida del legado de sus faraones. La ciudad ha ido recuperando y poniendo en valor sus tesoros —como la restauración de la gran avenida de las esfinges que une Karnak y Luxor, reinaugurada con una espectacular ceremonia en 2021— y sigue siendo el corazón del Egipto faraónico: el mayor museo al aire libre del mundo, donde caminar entre columnas milenarias mientras el sol se pone sobre la orilla de los muertos y los globos flotan al amanecer sobre los templos.