El gigantesco Karnak que hoy asombra al visitante tuvo un comienzo humilde. Hacia el año 2000 a.C., durante el Imperio Medio, en este punto de la orilla este de Tebas existía ya un santuario dedicado a un dios local llamado Amón, cuyo nombre significa 'el oculto'. Al principio no era más que un pequeño templo, pues Amón era entonces una divinidad de importancia limitada, patrona de una ciudad, Tebas, que tampoco había alcanzado aún su gran esplendor. Los faraones del Imperio Medio, como Sesostris I, levantaron aquí las primeras estructuras de piedra, algunas de las cuales —como la delicada Capilla Blanca de Sesostris I— se han podido reconstruir en tiempos modernos con bloques dispersos.
La palabra 'Karnak' no es antigua: viene del árabe 'al-Karnak', que significa algo así como 'aldea fortificada' o 'lugar de construcciones', el nombre que los habitantes posteriores dieron al lugar por la acumulación de ruinas y muros. Los antiguos egipcios lo llamaban Ipet-sut, que suele traducirse como 'el más selecto de los lugares' o 'el lugar elegido', un nombre que refleja su condición de espacio sagrado por excelencia.
El destino de este modesto templo cambiaría radicalmente con el ascenso de Tebas y de su dios. A medida que los príncipes tebanos ganaban poder y llegaban a gobernar todo Egipto, su dios Amón subía con ellos, hasta convertirse en la divinidad más importante del país. Y con cada faraón que quería agradecer a Amón sus victorias y su favor, el templo de Karnak crecía. Lo que había empezado como un pequeño santuario provincial estaba destinado a convertirse en el mayor complejo religioso de la Antigüedad.
El gran salto de Karnak coincide con la época más gloriosa de Egipto: el Imperio Nuevo (siglos XVI-XI a.C.), cuando Tebas era la capital de un imperio que se extendía de Nubia a Siria. Los faraones de las dinastías XVIII a XX atribuían sus victorias militares y su prosperidad al dios Amón, que en esta época se fundió con el antiguo dios solar Ra para convertirse en Amón-Ra, el 'rey de los dioses', la divinidad suprema del panteón egipcio. Honrar a Amón-Ra en su gran templo de Karnak era, para cada faraón, tanto un acto de piedad como una demostración de poder.
El resultado fue una competición constructiva sin precedentes que se prolongó durante siglos. Cada gran faraón dejó su huella en Karnak. Hatshepsut, la reina que gobernó como faraón, erigió sus altísimos obeliscos de granito. Tutmosis III, el gran conquistador, levantó su 'sala de las fiestas' y registró en los muros las listas de las ciudades que había sometido. Amenhotep III añadió pilonos y el colosal escarabajo del Lago Sagrado. Seti I y su hijo Ramsés II construyeron la asombrosa Gran Sala Hipóstila, con sus 134 columnas colosales. Y así, faraón tras faraón, pilono tras pilono, obelisco tras obelisco, Karnak fue creciendo hasta alcanzar unas dimensiones que ningún otro templo del mundo antiguo igualó.
Karnak no era solo un edificio, sino el centro de una vasta institución económica y religiosa. Poseía inmensas extensiones de tierras, rebaños, talleres, flotas y decenas de miles de trabajadores y sacerdotes. Su vida ritual culminaba en las grandes fiestas, sobre todo la de Opet, en la que las imágenes de Amón, su esposa Mut y su hijo Jonsu (la 'tríada tebana') eran llevadas en procesión, en barcas sagradas, desde Karnak hasta el templo de Luxor a lo largo de la gran avenida de las esfinges, en una celebración que renovaba el poder divino del faraón.
La acumulación de siglos de donaciones convirtió al templo de Karnak y a su clero en un poder económico y político colosal, tan grande que llegó a rivalizar con el del propio faraón. Los sacerdotes de Amón administraban una parte enorme de las tierras, los tesoros y la mano de obra de Egipto, y su influencia crecía con cada nueva ofrenda real. Ese desequilibrio de poder tuvo consecuencias dramáticas.
En el siglo XIV a.C., el faraón Amenhotep IV protagonizó una de las revoluciones religiosas más radicales de la historia antigua. Convencido —por fe o por cálculo político frente al poder del clero tebano— de la supremacía de un único dios, el disco solar Atón, abolió el culto tradicional a Amón y a los demás dioses, cambió su propio nombre por el de Akenatón ('útil a Atón'), trasladó la capital lejos de Tebas a una ciudad nueva (Amarna) y ordenó cerrar los templos y borrar el nombre de Amón de los monumentos, incluido Karnak. Fue el primer gran experimento monoteísta conocido, y sacudió los cimientos de Egipto.
El experimento no sobrevivió a su autor. Tras la muerte de Akenatón, su joven sucesor —conocido primero como Tutanjatón y luego, ya restaurado el culto tradicional, como Tutankamón ('imagen viva de Amón')— devolvió a Amón su primacía, reabrió los templos y trasladó de nuevo la corte a Tebas. Karnak recuperó su esplendor, y los faraones posteriores, sobre todo Horemheb, Seti I y Ramsés II, se esmeraron en borrar el recuerdo del 'faraón hereje' y en reconstruir y ampliar el templo con renovado fervor, como para expiar la ofensa hecha al dios. El poder del clero de Amón siguió creciendo con el tiempo, hasta que, al final del Imperio Nuevo, los sumos sacerdotes de Karnak llegaron a gobernar de hecho el sur de Egipto, en un pulso permanente con la monarquía.
Incluso después de que Tebas perdiera su papel de capital política, al final del Imperio Nuevo, Karnak siguió siendo durante siglos el gran centro religioso de Egipto, y los sucesivos gobernantes continuaron ampliándolo y restaurándolo. Los faraones de las dinastías tardías, los reyes kushitas (nubios) de la dinastía XXV, y luego los persas, añadieron sus propias construcciones. La avenida de esfinges que une Karnak con Luxor, por ejemplo, fue completada en su forma monumental por el faraón Nectanebo I, en el siglo IV a.C.
Con la llegada de los griegos, tras la conquista de Alejandro Magno, y de los Ptolomeos, el templo siguió recibiendo atención: se reconstruyó el santuario central en época de Alejandro y de Filipo Arrideo, y los Ptolomeos levantaron pilonos y puertas monumentales. Ya bajo Roma, Karnak conservaba su prestigio, y hasta se instaló en el recinto un campamento militar romano. Los emperadores romanos permitieron durante un tiempo el culto, pero el paganismo estaba en retroceso.
El declive definitivo llegó con el triunfo del cristianismo. En los siglos IV y V, los antiguos cultos fueron prohibidos, los templos paganos cerrados, y muchos de sus relieves —sobre todo las imágenes de los dioses— dañados o picados por celo religioso. Algunas partes de Karnak se reutilizaron como iglesias coptas. Con el tiempo, el gran templo quedó abandonado, y durante más de mil años se fue arruinando: los terremotos derribaron columnas y pilonos, la arena del desierto cubrió sus salas, y los habitantes de las aldeas cercanas se instalaron entre las ruinas y aprovecharon sus piedras. El mayor templo del mundo antiguo dormía, medio enterrado, esperando ser redescubierto.
El redescubrimiento de Karnak por el mundo moderno comenzó, como el de casi todo el Egipto antiguo, con la expedición de Napoleón (1798-1801), cuyos sabios dibujaron con asombro las columnas y los pilonos que emergían de la arena. A lo largo del siglo XIX y XX, con el nacimiento de la egiptología, arqueólogos de varios países emprendieron la titánica tarea de excavar, despejar, estudiar y restaurar el inmenso recinto: levantar columnas caídas, reconstruir pilonos, drenar el Lago Sagrado y recomponer, a partir de miles de bloques dispersos, monumentos desmontados en la Antigüedad, como la Capilla Roja de Hatshepsut o la Capilla Blanca de Sesostris I. Es una labor que continúa hasta hoy, pues Karnak es tan vasto que nunca se termina de estudiar.
En 1979, la Unesco inscribió Karnak, junto con el resto de la 'antigua Tebas y su necrópolis', en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad, reconociendo su valor universal excepcional. Uno de los grandes proyectos recientes ha sido la restauración completa de la avenida de las esfinges que une Karnak con el templo de Luxor a lo largo de casi tres kilómetros: tras décadas de excavaciones para recuperarla de entre las construcciones modernas, fue reinaugurada en noviembre de 2021 con una espectacular ceremonia nocturna que evocó la antigua procesión de Opet.
Hoy Karnak es uno de los monumentos más visitados de Egipto y uno de los más impresionantes del mundo. Recorrer sus columnas colosales, sus pilonos y sus obeliscos, ya sea bajo el sol del desierto o iluminado en el espectáculo nocturno, es asomarse a la escala del poder y la fe de una de las grandes civilizaciones de la historia. Más que un templo, Karnak es el testimonio en piedra de dos mil años de devoción a un dios que llegó a ser rey de los dioses, y del afán de decenas de faraones por dejar, en el lugar más sagrado de Egipto, una huella para la eternidad.