El Cairo, tal como lo conocemos hoy, es una ciudad árabe y medieval, sorprendentemente joven si se la compara con las pirámides que la vigilan desde el desierto. Pero el lugar donde se levanta lleva ocupado por el ser humano desde el amanecer de la civilización. A pocos kilómetros al sur estuvo Menfis, la capital del Egipto unificado desde tiempos del legendario faraón Narmer, hacia el 3100 a.C., el gran centro de poder del Imperio Antiguo. Y en la meseta de Guiza, en el borde occidental de la actual ciudad, los faraones de la IV dinastía —Keops, Kefrén y Micerinos— levantaron sus pirámides hacia el 2560 a.C., las tumbas monumentales que serían la única de las siete maravillas del mundo antiguo en sobrevivir hasta nuestros días.
Durante milenios, la zona fue una encrucijada estratégica: justo donde el valle del Nilo, estrecho y fértil, se abre en el gran abanico del delta, controlando el paso entre el Alto y el Bajo Egipto. Griegos y romanos dominaron Egipto tras la caída de la dinastía ptolemaica y la muerte de Cleopatra en el 30 a.C. En época romana, sobre la orilla este del Nilo se alzó la fortaleza de Babilonia de Egipto, un bastión militar cuyos torreones todavía se conservan en el actual barrio del Cairo copto. En torno a esa fortaleza floreció una importante comunidad cristiana: los coptos, herederos del cristianismo egipcio, que construyeron aquí algunas de las iglesias más antiguas del país.
Cuando los ejércitos árabes llegaron a Egipto en el siglo VII, encontraron una tierra rica, cristiana y de habla copta y griega, gobernada desde la lejana Alejandría. La historia de la ciudad que hoy llamamos El Cairo estaba a punto de comenzar, pero sobre unos cimientos que ya tenían miles de años.
La ciudad propiamente dicha nació con la conquista árabe de Egipto. En el año 641, el general Amr ibn al-As, enviado por el califa Omar, tomó la fortaleza de Babilonia y fundó junto a ella el campamento militar de Fustat, que pronto se convirtió en una próspera ciudad y en la capital del Egipto musulmán. Allí levantó la mezquita de Amr ibn al-As, la primera mezquita de África y de todo el continente, un hito en la historia del islam. Fustat creció durante tres siglos como un gran centro comercial y administrativo, mientras Egipto pasaba de unos gobernantes musulmanes a otros.
El nacimiento del Cairo con nombre propio llegó en el año 969, cuando la dinastía chií de los fatimíes, procedente del actual Túnez, conquistó Egipto. Su comandante, Yawhar al-Siqilli, fundó al norte de Fustat una nueva ciudad palaciega y amurallada, destinada a ser la capital del califato fatimí y a rivalizar con Bagdad. La llamaron Al-Qahira, 'la victoriosa' (de donde deriva, a través del italiano, nuestro 'Cairo'). En esa ciudad fatimí se levantó en el 970 la mezquita de Al-Azhar, que muy pronto se convirtió en una de las universidades más antiguas y prestigiosas del mundo islámico, un faro del saber que sigue funcionando hasta hoy.
Bajo los fatimíes, El Cairo se consolidó como una de las grandes metrópolis del Mediterráneo medieval: rica, cosmopolita, con un comercio floreciente que conectaba el océano Índico con Europa. La ciudad de los califas, con sus palacios y sus grandes puertas monumentales —Bab Zuweila, Bab al-Futuh, Bab al-Nasr, que aún se conservan—, echaba los cimientos del gran Cairo islámico que asombraría a los viajeros de los siglos siguientes.
En 1171, el legendario Saladino (Salah ad-Din) puso fin al califato fatimí y fundó la dinastía ayubí, devolviendo Egipto a la ortodoxia sunní. Saladino, el gran adversario de los cruzados que reconquistaría Jerusalén en 1187, dejó en El Cairo su huella más visible: la Ciudadela, la imponente fortaleza que mandó construir en una colina para defender la ciudad y unificar sus núcleos, y que sería sede del poder egipcio durante casi setecientos años. También rodeó de nuevas murallas la ciudad, integrando Fustat y Al-Qahira.
Pero la verdadera edad de oro llegó con los mamelucos, una casta de esclavos-soldados de origen turco y circasiano que tomaron el poder en 1250 y gobernaron Egipto hasta 1517. Bajo los sultanes mamelucos, que frenaron a los mongoles y expulsaron a los últimos cruzados, El Cairo se convirtió en la ciudad más grande, rica y espléndida del mundo islámico, y una de las mayores del planeta fuera de China. La riqueza del comercio de especias entre Oriente y Europa financió una explosión constructiva sin igual: mezquitas monumentales, madrasas (escuelas coránicas), mausoleos, hospitales, caravasares y sabiles (fuentes públicas) se levantaron por toda la ciudad. La calle Al-Muizz, hoy Patrimonio Mundial, concentra una de las mayores densidades de arquitectura islámica medieval del mundo, con obras maestras como el conjunto del sultán Qalawun o la mezquita del sultán Hassan.
Fue en esta época cuando el bazar de Jan el-Jalili empezó a funcionar, en el siglo XIV, como el gran mercado de la ciudad. El Cairo mameluco deslumbró a viajeros como Ibn Battuta, que lo describió como una metrópolis inabarcable. Esa herencia medieval, con sus mil minaretes, sigue siendo hoy el alma del casco antiguo.
En 1517, el sultán otomano Selim I conquistó Egipto y El Cairo se convirtió en una provincia del vasto Imperio otomano, gobernada por un pachá enviado desde Estambul, aunque los mamelucos conservaron buena parte del poder real. Durante casi tres siglos, la ciudad perdió el rango de capital imperial que había tenido, pero siguió siendo una de las grandes urbes del mundo musulmán, un centro religioso y comercial de primer orden, con Al-Azhar como faro del saber islámico.
Un episodio breve pero decisivo sacudió la ciudad a finales del siglo XVIII: en 1798, Napoleón Bonaparte invadió Egipto y tomó El Cairo tras la batalla de las Pirámides. La ocupación francesa duró apenas tres años, pero trajo consigo a una legión de sabios y científicos cuya monumental 'Description de l'Égypte' y, sobre todo, el hallazgo de la piedra de Rosetta —que permitiría a Champollion descifrar los jeroglíficos en 1822— abrieron la egiptología moderna y despertaron en Europa una fascinación por el Egipto antiguo que no ha cesado.
Tras la marcha de los franceses, un oficial de origen albanés al servicio otomano, Mohamed Alí, tomó el poder en 1805 y se convirtió en el fundador del Egipto moderno. En 1811 eliminó de un golpe al poder mameluco (la célebre matanza de la Ciudadela) y emprendió una ambiciosa modernización del país: ejército, industria, agricultura y educación al estilo europeo. En la Ciudadela mandó construir su gran mezquita de alabastro, que aún domina la silueta de El Cairo. Sus sucesores, los jedives, siguieron modernizando la capital: bajo Ismail, a finales del siglo XIX, se abrieron bulevares, plazas y edificios de estilo parisino en el nuevo centro (Downtown), y en 1869 se inauguró el canal de Suez. Pero las deudas contraídas con esas obras llevaron a la bancarrota y, en 1882, a la ocupación británica de Egipto.
El siglo XX convirtió a El Cairo en el corazón político y cultural del mundo árabe. Tras décadas de ocupación británica y de una monarquía cada vez más desprestigiada, el 23 de julio de 1952 un grupo de oficiales del ejército, los 'Oficiales Libres', dio un golpe que derrocó al rey Faruk y proclamó la república. De ese movimiento emergió la figura de Gamal Abdel Nasser, presidente desde 1954, que se convirtió en el gran líder del nacionalismo árabe y del panarabismo. Desde El Cairo, Nasser nacionalizó el canal de Suez en 1956 —provocando una crisis internacional—, impulsó la construcción de la gran presa de Asuán y proyectó a Egipto como potencia del Tercer Mundo. La ciudad creció de forma explosiva, atrayendo a millones de personas del campo.
Bajo sus sucesores, Anwar el-Sadat —que firmó la paz con Israel en 1979 y fue asesinado en 1981— y Hosni Mubarak, que gobernó con mano dura durante casi treinta años, El Cairo se transformó en una megaciudad de dimensiones colosales, con un crecimiento a menudo caótico, enormes barrios informales y problemas crónicos de tráfico, contaminación y vivienda, pero también con una vida cultural y una energía inagotables.
El gran acontecimiento del nuevo siglo llegó en enero y febrero de 2011: en la plaza Tahrir, en pleno centro, cientos de miles de personas se manifestaron durante dieciocho días en el marco de la Primavera Árabe, en unas protestas que forzaron la renuncia de Mubarak tras casi tres décadas en el poder. La plaza Tahrir se convirtió en símbolo mundial de aquella ola de revueltas. Los años siguientes fueron turbulentos, con la breve presidencia de Mohamed Morsi y la llegada al poder de Abdelfatah al-Sisi. Hoy Egipto impulsa una nueva capital administrativa en el desierto al este de El Cairo, mientras la vieja Madre del Mundo —con su Gran Museo Egipcio inaugurado en 2025 a los pies de las pirámides— sigue siendo una de las ciudades más fascinantes y con más historia acumulada del planeta.