La ciudad nació de la voluntad de un solo hombre y de un momento histórico irrepetible. En el 332 a.C., Alejandro Magno, el joven rey de Macedonia que estaba conquistando el Imperio persa, entró en Egipto, donde fue recibido no como un invasor, sino como un libertador que ponía fin al odiado dominio persa. Los egipcios lo coronaron faraón, y los sacerdotes del oráculo de Amón, en el remoto oasis de Siwa, lo proclamaron hijo del dios. Antes de seguir hacia Oriente, Alejandro quiso dejar en Egipto una huella imperecedera: en el 331 a.C. eligió un enclave estratégico en la costa mediterránea, junto a un antiguo pueblo de pescadores llamado Rakotis, y ordenó fundar allí una gran ciudad que llevaría su nombre, Alejandría.
La leyenda cuenta que el propio Alejandro trazó el plano de la ciudad marcando las calles con harina, y que unas aves se comieron las marcas, lo que sus adivinos interpretaron como un presagio de que Alejandría alimentaría a gente de todo el mundo. El diseño, encomendado al arquitecto Dinócrates, siguió el modelo griego de damero, con amplias avenidas que se cruzaban en ángulo recto, un puerto magnífico protegido por la isla de Faros y un ambicioso plan urbano.
Alejandro no llegó a ver su ciudad terminada: murió en Babilonia en el 323 a.C., con apenas treinta y dos años, sin haber regresado. Pero su cuerpo, según la tradición, fue llevado finalmente a Alejandría y enterrado en un mausoleo que se convirtió en uno de los grandes misterios de la Antigüedad, pues su tumba nunca se ha encontrado. La ciudad que fundó estaba destinada a superar en fama y esplendor a casi cualquier otra del mundo antiguo.
Tras la muerte de Alejandro, su vasto imperio se repartió entre sus generales. Egipto tocó a Ptolomeo, un macedonio astuto y capaz que se proclamó faraón y fundó la dinastía ptolemaica, que gobernaría el país desde Alejandría durante casi tres siglos, del 305 al 30 a.C. Bajo los Ptolomeos, Alejandría se convirtió en la ciudad más grande, rica y culta del mundo mediterráneo, un crisol donde se mezclaban griegos, egipcios, judíos y gentes de todo el orbe conocido, y probablemente la primera gran ciudad de un millón de habitantes de la historia.
El mayor legado de los Ptolomeos fue intelectual. Crearon el Museion (el 'templo de las musas', origen de nuestra palabra 'museo'), una institución de investigación que reunía a los mayores sabios de la época, y junto a él la Gran Biblioteca de Alejandría, que aspiró a un sueño colosal: reunir todos los libros del mundo. Se dice que llegó a contener cientos de miles de rollos de papiro, y que se copiaba todo texto que llegara al puerto. Allí trabajaron algunos de los mayores genios de la Antigüedad: Euclides sentó las bases de la geometría, Eratóstenes midió con asombrosa precisión la circunferencia de la Tierra, Arquímedes, Herófilo o Aristarco de Samos —que ya propuso que la Tierra giraba en torno al Sol— dejaron su huella. Alejandría fue, durante siglos, la capital intelectual de la humanidad.
Frente al puerto, en la isla de Faros unida a tierra por un dique, se levantó otra maravilla: el Faro de Alejandría, una torre de más de cien metros de altura, coronada por un fuego cuya luz, reflejada por espejos, guiaba a los navegantes. Fue una de las siete maravillas del mundo antiguo y dio nombre, en muchas lenguas, a todos los faros posteriores.
La historia de la Alejandría ptolemaica culmina con una de las figuras más célebres de todos los tiempos: Cleopatra VII, la última reina de Egipto. Inteligente, culta y políticamente astuta —hablaba varias lenguas, incluido el egipcio, cosa rara entre los Ptolomeos griegos—, Cleopatra subió al trono en un momento en que Roma se había convertido en la potencia dominante del Mediterráneo y Egipto luchaba por conservar su independencia. Su estrategia fue vincularse a los hombres más poderosos de Roma.
Primero fue Julio César, con quien tuvo un hijo, Cesarión, y a quien acompañó a Roma. Tras el asesinato de César, Cleopatra se alió —y se enamoró— de Marco Antonio, uno de los tres hombres que se repartían el poder romano. Juntos formaron una alianza política y personal que desafió a Octavio, el futuro emperador Augusto. El enfrentamiento se decidió en la batalla naval de Accio, en el 31 a.C., donde la flota de Antonio y Cleopatra fue derrotada. Al año siguiente, con las tropas de Octavio a las puertas de Alejandría y todo perdido, primero Marco Antonio y luego Cleopatra se quitaron la vida; la reina, según la tradición, dejándose morder por un áspid.
Con la muerte de Cleopatra en el 30 a.C. terminaron tres siglos de dominio ptolemaico y, con ellos, casi tres milenios de Egipto independiente. El país se convirtió en una provincia romana, un granero personal del emperador. Alejandría siguió siendo una gran metrópolis bajo Roma —la segunda ciudad del Imperio—, pero había dejado de ser una capital soberana. El mito de Cleopatra, en cambio, no ha hecho más que crecer desde entonces.
Bajo Roma, Alejandría siguió siendo un centro intelectual y comercial de primer orden, pero también un lugar de tensiones. La ciudad se convirtió en una de las cunas del cristianismo: aquí floreció una importante comunidad cristiana, se fundó una de las primeras y más influyentes escuelas teológicas del mundo, y surgió el patriarcado copto, que aún hoy encabeza a los cristianos de Egipto. Esa efervescencia tuvo su lado oscuro: los conflictos entre paganos, judíos y cristianos fueron a veces violentos. A finales del siglo IV, el gran templo pagano del Serapeo, que albergaba parte de la Biblioteca, fue destruido por una multitud cristiana, y en el 415 la filósofa y matemática Hipatia, símbolo del saber alejandrino, fue asesinada brutalmente por un grupo de fanáticos, un episodio que suele tomarse como emblema del fin de la Alejandría clásica.
La legendaria Biblioteca desapareció en un proceso largo y discutido —incendios, guerras, recortes de financiación y el simple abandono a lo largo de siglos—, más que en una única catástrofe espectacular como cuenta la leyenda. Con ella se perdió una parte incalculable del saber de la Antigüedad.
El golpe definitivo llegó en el 641, cuando los ejércitos árabes conquistaron Egipto. Los nuevos gobernantes no eligieron Alejandría como capital, sino que fundaron Fustat, tierra adentro, junto a la futura El Cairo. Privada de su rango, alejada de las nuevas rutas del poder, Alejandría entró en un largo declive. El Faro, dañado por sucesivos terremotos, se derrumbó por completo hacia el siglo XIV, y con sus piedras el sultán Qaitbay levantó la fortaleza que aún hoy vigila el puerto. Buena parte de la ciudad antigua se hundió bajo el mar. Durante siglos, Alejandría fue apenas un modesto puerto pesquero, una sombra de lo que había sido.
Alejandría durmió durante siglos hasta que, en el siglo XIX, resucitó de la mano de Mohamed Alí, el fundador del Egipto moderno, que la eligió como gran puerto del país y motor de su apertura al mundo. La ciudad volvió a crecer con fuerza, impulsada por el comercio del algodón, y se convirtió de nuevo en una urbe cosmopolita y multicultural: a lo largo de finales del siglo XIX y comienzos del XX, Alejandría se llenó de griegos, italianos, franceses, judíos, sirios y comerciantes de todo el Mediterráneo, que convivían con los egipcios en una ciudad de cafés, teatros, clubes y edificios de estilo europeo. Fue una segunda edad de oro, más burguesa que imperial, pero deslumbrante a su manera.
Esa Alejandría cosmopolita quedó inmortalizada en la literatura. El poeta griego Constantino Cavafis, que vivió aquí casi toda su vida, la convirtió en el escenario melancólico de sus versos; el británico Lawrence Durrell la retrató en su célebre 'Cuarteto de Alejandría'; y otros escritores capturaron esa mezcla única de decadencia, nostalgia y sensualidad mediterránea que todavía impregna la ciudad.
El mundo cosmopolita se desvaneció a mediados del siglo XX, con el auge del nacionalismo árabe y la revolución de 1952: las comunidades extranjeras fueron marchándose, y Alejandría se volvió una ciudad más plenamente egipcia. Pero no perdió su alma marina ni su melancolía. En 2002 recuperó, de forma simbólica y espectacular, su gran seña de identidad histórica, con la inauguración de la Bibliotheca Alexandrina, la moderna biblioteca que resucita el mito de la antigua. Hoy Alejandría es una gran metrópolis de varios millones de habitantes, un poco caótica y algo desgastada, pero con un encanto irrepetible: la única ciudad de Egipto que mira al Mediterráneo y que guarda, bajo sus calles y bajo sus aguas, el recuerdo de haber sido una de las capitales del mundo.