La noche del 16 de agosto de 2006, el cielo sobre Baños de Agua Santa se tiñó de un naranja que nadie olvidaría. A las siete de la tarde, el Tungurahua entró en su erupción más violenta desde que había despertado en 1999: durante horas escupió columnas de ceniza de kilómetros de altura y, por sus laderas occidentales, empezaron a descender unos veinte flujos piroclásticos —avalanchas de gas y roca incandescente a más de 40 km/h y cientos de grados— que arrasaron a su paso. Los caseríos de Palitagua, Chilibu, Choglontúz, Cusúa y Bilbao quedaron devastados: pastos, sembrados, animales y casas desaparecieron bajo el material ardiente. Siete personas murieron, la mayoría en Palitagua, en una zona que había sido considerada segura. Fue el episodio más trágico de un ciclo eruptivo que se prolongaría hasta 2016.
Y sin embargo, la historia del Tungurahua no es solo la de un desastre. Es la de un pueblo que, temporada tras temporada, evacuación tras evacuación, decidió volver a vivir a los pies de un gigante de fuego. Es la de una montaña que los pueblos andinos veneraron como una divinidad, que dio a Baños sus aguas termales curativas y que, incluso en sus años más furiosos, atraía a viajeros que subían de noche a los miradores para ver arder la cumbre. Esta es la historia de cómo se convive con un volcán activo: entre el miedo y la fascinación, entre la ceniza y el turismo, entre la ciencia y la fe.
Para los pueblos andinos del centro del actual Ecuador, el Tungurahua fue siempre mucho más que una montaña: una entidad viva, poderosa y sagrada. En la cosmovisión andina, los grandes volcanes son seres con voluntad y carácter, a menudo representados como figuras masculinas o femeninas que entablan relaciones entre sí. El Tungurahua suele ser presentado como una figura femenina, 'Mama Tungurahua', vinculada en las leyendas con otros volcanes vecinos de la región.
Su propio nombre revela cómo lo percibían: derivado del kichwa, suele interpretarse como 'garganta de fuego' (de 'tunguri', garganta, y 'rahua', fuego o brasa), una descripción precisa de un volcán que, a lo largo de la historia, ha escupido fuego, ceniza y rocas incandescentes. Esa naturaleza ardiente alimentó relatos, temores y rituales entre las comunidades que vivían a su alrededor.
La relación de los pueblos con el Tungurahua estuvo marcada, así, por una mezcla de veneración y temor. El volcán era fuente de fertilidad —sus cenizas enriquecen los suelos, sus aguas termales curan— pero también de destrucción. Esa dualidad, propia de muchos volcanes andinos, está en el corazón de la identidad de la región y explica por qué, aún hoy, el 'Gigante Negro' ocupa un lugar tan central en el imaginario local.
El Tungurahua es un estratovolcán de comportamiento explosivo, con una historia eruptiva documentada que se remonta a siglos atrás. Durante la época colonial y republicana, protagonizó varios episodios eruptivos importantes que afectaron de manera recurrente a las poblaciones de su entorno, en especial a la zona de Baños, situada justo a sus pies. Erupciones de los siglos XVIII, XIX y XX dejaron registros de caída de ceniza, flujos y daños, y forjaron en la memoria local la conciencia de vivir junto a un volcán peligroso.
Tras un largo periodo de relativa calma a lo largo de buena parte del siglo XX, el Tungurahua despertó de forma dramática a fines de 1999. La reactivación obligó a las autoridades a evacuar la ciudad de Baños y otras poblaciones ante el riesgo de una gran erupción. Aquella evacuación, y el posterior y polémico retorno de los habitantes que se negaban a abandonar definitivamente sus hogares y sus medios de vida, marcaron profundamente la historia reciente de la región.
Desde entonces y durante varios años, el volcán mantuvo una actividad intensa e intermitente, con explosiones, columnas de ceniza que afectaban a la agricultura y la salud, flujos piroclásticos peligrosos en algunas fases y, de noche, espectaculares emisiones incandescentes que atraían tanto la inquietud como la curiosidad. El Tungurahua se convirtió así en uno de los volcanes más vigilados del Ecuador y en un caso de estudio sobre la convivencia entre las comunidades y el riesgo volcánico.
La reactivación del Tungurahua puso a prueba la capacidad de las comunidades y del Estado para convivir con un volcán activo. Se estableció un sistema de monitoreo permanente a cargo del Instituto Geofísico, con instrumentos que vigilan la actividad sísmica y las emisiones, y se desarrollaron planes de evacuación, sistemas de alerta y la organización de los propios pobladores —los célebres 'vigías' comunitarios— para responder ante el peligro. Esta experiencia es citada como un ejemplo de gestión del riesgo volcánico con participación comunitaria.
Paradójicamente, la actividad del volcán también potenció el turismo. Baños de Agua Santa, a sus pies, consolidó su fama como destino turístico, y la propia montaña humeante se convirtió en un atractivo: miradores como la Casa del Árbol nacieron, en parte, como puestos de observación del volcán, y luego se transformaron en íconos turísticos. Ver de noche las luces incandescentes del Tungurahua llegó a ser, en ciertas fases, un espectáculo que atraía visitantes.
Esa tensión entre el riesgo y el atractivo define hoy la relación con el Tungurahua. La montaña sigue siendo un volcán activo, integrado al Parque Nacional Sangay, cuya actividad debe consultarse antes de cualquier ascenso o visita cercana. Pero también es el telón de fondo majestuoso de una de las regiones turísticas más vivas del Ecuador, donde las aguas termales que calienta y los paisajes que domina recuerdan, a cada momento, que se vive a la sombra de un gigante de fuego.
La reactivación de fines de 1999 abrió uno de los ciclos eruptivos más largos y observados de la historia reciente del Ecuador. Durante más de quince años, el Tungurahua alternó fases de relativa calma con episodios de fuerte actividad. El más violento llegó en julio y agosto de 2006: la erupción del 16–17 de agosto, con un índice de explosividad volcánica (VEI) de 3, generó unos veinte flujos piroclásticos que descendieron a gran velocidad por las quebradas de las faldas occidentales, destruyeron los caseríos de Palitagua, Cusúa, Bilbao, Chilibu y Choglontúz y dejaron siete muertos, en el momento más grave de todo el periodo. Unas 3.200 personas fueron evacuadas. Hubo nuevos pulsos eruptivos importantes en 2008, 2010, 2011, 2013 y 2014, cada uno acompañado de caída de ceniza, cierres de carreteras y evacuaciones preventivas.
El último gran episodio eruptivo significativo se registró hacia 2016, tras el cual el volcán fue entrando en una fase de descenso de su actividad. Desde entonces, el Instituto Geofísico ha reportado al Tungurahua en niveles bajos —a mediados de 2026 se mantiene en alerta blanca, con actividad interna y superficial muy baja y sin previsión de reactivación a corto o mediano plazo—, sin las explosiones y coladas que caracterizaron las dos décadas anteriores, aunque conserva su condición de volcán activo bajo vigilancia permanente.
Esa calma relativa permitió que Baños y su entorno consolidaran de nuevo su vida turística sin la amenaza constante de la ceniza, pero la memoria de los años de actividad sigue presente. Los habitantes y las autoridades conviven con la certeza de que el 'Gigante Negro' puede volver a despertar, por lo que el monitoreo y los planes de contingencia se mantienen activos como parte de la vida cotidiana de la región.