En 1541, cientos de españoles cruzaron la cordillera desde Quito buscando bosques enteros de canela y una ciudad de oro; lo que encontraron fue una selva que casi los devora y un río tan inmenso que, para sobrevivir, uno de ellos terminó descubriendo el Amazonas por accidente. Ese es el mito fundacional que persigue a Tena, la 'capital de la canela'. Pero las riberas de los ríos Tena, Pano y Napo tenían dueños desde mucho antes: pueblos amazónicos que habían hecho de la selva su hogar durante siglos.
Los principales eran los pueblos de lengua kichwa de la Amazonía —conocidos como kichwa del Napo o napo runa—, además de otros grupos de selva, como los waorani y diversos pueblos de la cuenca del Napo, cada uno con su lengua, su territorio y su manera de habitar el bosque.
Estos pueblos vivían de una economía de subsistencia perfectamente adaptada al medio amazónico: la caza con cerbatana (la pucuna) y lanzas, la pesca en los ríos, la recolección de frutos y la agricultura itinerante de la chacra, centrada en la yuca, de la que también se obtiene la chicha, bebida fermentada que ocupa un lugar central en la vida social y ritual. La organización era comunitaria, ligada a los ríos como vías de comunicación y a un profundo conocimiento de las plantas medicinales y de los ciclos de la selva, saberes custodiados por los yachak (sabios o curanderos).
Es importante señalar que el propio pueblo kichwa amazónico es fruto de procesos complejos: la lengua kichwa (quechua) se expandió por la Amazonía alta en parte por la influencia incaica y, sobre todo, por la acción de las misiones coloniales, que la usaron como 'lengua general' para evangelizar. De modo que la identidad napo runa actual combina raíces amazónicas profundas con la historia del contacto. Esa herencia viva es hoy uno de los grandes atractivos culturales de Tena, a través del turismo comunitario.
La región de Tena ocupa un lugar especial en una de las grandes aventuras de la conquista de América: la búsqueda del legendario 'País de la Canela'. A los conquistadores españoles les llegaban noticias de que, al oriente de Quito, en las selvas amazónicas, existían bosques enteros de árboles de canela —una especiería valiosísima en la Europa de la época— y, según algunos, también la mítica ciudad dorada de El Dorado.
En 1541, Gonzalo Pizarro, hermano del conquistador del Perú y entonces gobernador de Quito, organizó una gran expedición para hallar ese país de la canela. Con cientos de españoles, miles de indígenas, caballos y cerdos, se internó en la Amazonía cruzando la cordillera y descendiendo hacia las selvas del Napo. La realidad fue muy distinta a la leyenda: la canela existía, pero dispersa y de difícil aprovechamiento, y la expedición pronto se vio atrapada en una selva implacable, con hambre, enfermedades y sin rumbo.
Fue entonces cuando Francisco de Orellana, lugarteniente de Pizarro, partió río abajo con un bergantín y un puñado de hombres en busca de provisiones. La corriente los arrastró sin retorno: navegaron por el Napo y, en 1542, desembocaron en un río inmenso que recorrieron hasta el Atlántico. Así, casi por accidente y por necesidad de sobrevivir, Orellana protagonizó el primer descubrimiento europeo y la primera navegación de todo el río Amazonas, bautizado así por los relatos de combates con mujeres guerreras. La región del alto Napo, donde luego nacería Tena, quedó para siempre asociada a aquella epopeya, y a la ciudad se la conoce hasta hoy como 'la capital de la canela'.
Tras la conmoción de la expedición de la canela, la presencia española en el alto Napo se consolidó por dos vías entrelazadas: la militar-administrativa y la religiosa. Tena fue fundada como avanzada española hacia 1560, en un punto estratégico de la confluencia de ríos, como base para controlar el territorio y sus pueblos, y como punto de partida hacia la inmensidad amazónica. Durante mucho tiempo fue un enclave pequeño y aislado, en la frontera entre el mundo andino-colonial y la selva profunda.
El verdadero motor del contacto sostenido fueron las misiones. Primero llegaron los jesuitas, que desde el siglo XVII organizaron extensas misiones en la Amazonía (las célebres misiones de Maynas, sobre el sistema del Napo y el Marañón), reduciendo a los pueblos indígenas en poblados, evangelizándolos y difundiendo el kichwa como lengua general. Tras la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles en 1767, otras órdenes ocuparon su lugar; en el caso de la región de Tena y el Napo tuvieron un papel destacado, ya en época republicana, los misioneros dominicos y josefinos, que sostuvieron escuelas, capillas y la relación con las comunidades.
Esta etapa misional dejó una huella ambivalente y profunda. Por un lado, las misiones fueron instrumentos de dominación y de transformación cultural, que reorganizaron la vida indígena, impusieron el cristianismo y, junto con las epidemias, contribuyeron a la caída demográfica de muchos pueblos. Por otro, fijaron buena parte de la geografía humana actual del Oriente, consolidaron el kichwa como lengua común y dieron origen a varios de los poblados que hoy estructuran la provincia de Napo. Tena creció lentamente en ese contexto, como cabecera de un territorio enorme y poco poblado.
Si hay una figura que la memoria de Tena y de toda la Amazonía napo guarda con orgullo, esa es la del cacique Jumandy (también escrito Jumandi o Jumande), líder kichwa que en 1578 encabezó una de las mayores rebeliones indígenas contra el dominio español en la Amazonía ecuatoriana. Su nombre quedó grabado en la región: las célebres Cavernas de Jumandy, cerca de Archidona, lo recuerdan, y es venerado como símbolo de la resistencia de los pueblos del Oriente.
El levantamiento estalló como respuesta a los abusos del sistema colonial: las encomiendas, los trabajos forzados, los tributos excesivos y el maltrato a las comunidades indígenas por parte de encomenderos y autoridades en los poblados españoles del alto Napo, como Ávila, Archidona y la propia región de Tena. Jumandy logró articular una alianza de varios pueblos y comunidades que, en una acción coordinada, atacaron y destruyeron asentamientos españoles, matando a colonos y autoridades en lo que fue un golpe muy serio al control colonial de la zona.
La reacción española fue dura. Se organizó una campaña militar de castigo que persiguió, combatió y finalmente sofocó la rebelión. Jumandy fue capturado, trasladado a Quito y ejecutado, junto con otros líderes, en un escarmiento público destinado a quebrar la resistencia. Aunque el levantamiento fracasó en lo inmediato, dejó una marca imborrable: mostró la capacidad de organización de los pueblos amazónicos y se convirtió, con el tiempo, en un emblema de la lucha indígena. Hoy Jumandy es un héroe regional, y su figura aparece en monumentos, nombres de lugares y en la identidad misma de la provincia de Napo.
Tras siglos de relativa marginalidad colonial, la Amazonía del Napo —como toda la cuenca amazónica— fue sacudida a fines del siglo XIX y comienzos del XX por un fenómeno económico global: el auge o 'boom' del caucho. La creciente demanda industrial de caucho en Europa y Estados Unidos (para neumáticos, maquinaria y mil usos) disparó la fiebre por el látex de los árboles de caucho silvestre, que abundaban en la selva.
El impacto sobre los pueblos amazónicos fue devastador. La extracción del caucho se basó en buena medida en la explotación brutal de la mano de obra indígena: sistemas de endeudamiento forzoso (el 'enganche'), trabajos extenuantes, desplazamientos, violencia y abusos por parte de caucheros y patrones. En las zonas más extremas de la cuenca amazónica, el caucho dejó episodios atroces; en la región del Napo, aunque con características propias, también trastornó la vida de las comunidades kichwa, que quedaron atrapadas en redes de explotación y comercio.
El auge fue, sin embargo, efímero: cuando el caucho cultivado en plantaciones del sudeste asiático (a partir de semillas sacadas de la Amazonía) inundó el mercado mundial a comienzos del siglo XX, los precios se desplomaron y la fiebre amazónica se apagó casi tan rápido como había llegado. Para Tena y el alto Napo, el ciclo del caucho dejó una región tocada por la explotación pero también más conectada con el comercio exterior, y abrió la puerta a la etapa siguiente: la colonización y la integración del Oriente al Estado ecuatoriano.
Durante buena parte del siglo XX, el Estado ecuatoriano impulsó la integración y colonización de la Amazonía, una región hasta entonces vista como lejana y 'vacía'. Tras la guerra y el conflicto limítrofe con el Perú (1941) y la firma del Protocolo de Río de Janeiro (1942), que recortó las pretensiones territoriales ecuatorianas en la Amazonía, ocupar y poblar efectivamente el Oriente se volvió un objetivo nacional. Se construyeron caminos, se promovió la migración de colonos andinos hacia las tierras de selva y se reorganizó administrativamente el territorio.
En ese marco, Tena fue afianzando su papel de centro regional. La provincia de Napo se conformó y reorganizó a lo largo del siglo XX (con sucesivas divisiones que, décadas más tarde, darían lugar también a otras provincias amazónicas), y Tena quedó consolidada como su capital, cabecera administrativa y de servicios del alto Napo. La carretera que la conecta con Quito y con la sierra fue clave para sacarla del aislamiento.
El gran punto de inflexión llegó con el petróleo. El descubrimiento y la explotación de grandes yacimientos en la Amazonía nororiental ecuatoriana, sobre todo desde fines de la década de 1960 y en los años setenta, transformaron por completo el Oriente: llegaron carreteras, campamentos, trabajadores y una nueva ola de colonización, con enormes consecuencias económicas, sociales y ambientales. Aunque los grandes campos petroleros están más al norte y al este (hacia Lago Agrio y Coca), el boom petrolero modeló la Amazonía moderna de la que Tena forma parte. Hoy la ciudad combina su rol de capital provincial con una vocación creciente de turismo de naturaleza, aventura y cultura, que la posiciona como una de las puertas más amables de la Amazonía ecuatoriana.