En octubre de 1835, mientras el HMS Beagle proseguía sus relevamientos por otras islas, un naturalista inglés de 26 años se quedó acampando varios días sobre la costa negra de una isla deshabitada de Galápagos, rodeado de tortugas gigantes, iguanas y campos de lava. Ese naturalista era Charles Darwin, y la isla, Santiago: fue una de las que más lo marcó durante su paso por el archipiélago, y hoy sigue siendo uno de los mejores lugares del mundo para ver, en carne viva, cómo nace y se puebla una isla volcánica.
Santiago es conocida también por otros dos nombres: San Salvador, su denominación española más antigua (vinculada a la primera isla 'descubierta' por Colón en el Caribe), y James, su nombre inglés, en honor al rey Jacobo II de Inglaterra. Esta multiplicidad de nombres refleja las distintas tradiciones —española e inglesa— que bautizaron las islas del archipiélago a lo largo de los siglos.
Durante su estadía de varios días, Darwin aprovechó para estudiar la geología volcánica de la isla, su fauna y su flora; las observaciones que recogió aquí y en otras islas alimentaron las reflexiones que más tarde cristalizarían en su teoría de la evolución por selección natural.
Su paisaje de lava negra, sus pozas de marea y su fauna costera la convirtieron desde entonces en un punto de referencia tanto para los científicos como, mucho después, para los visitantes del Parque Nacional.
Santiago, como todo el archipiélago, nació del fuego. Las islas Galápagos se formaron por la actividad de un 'punto caliente' (hotspot) del manto terrestre, sobre el que la placa de Nazca se desplaza lentamente hacia el sureste: a medida que la placa se mueve, van surgiendo nuevas islas volcánicas y las más antiguas se alejan y se erosionan. Santiago es una de las islas centrales, con varios centros eruptivos y un relieve modelado por sucesivas coladas de lava.
Lo que hace única a Santiago en términos geológicos es lo reciente de parte de su vulcanismo. El campo de lava de Sullivan Bay, en su costa este, se formó por erupciones de fines del siglo XIX (alrededor de 1897), lo que lo convierte en uno de los paisajes de lava 'fresca' más impactantes de las islas. La lava pahoehoe (cordada), negra y brillante, con sus formas onduladas, sus tubos colapsados y sus pequeños conos de salpicadura, es un libro abierto de vulcanología sobre el que apenas empieza a instalarse la vida.
Esa juventud geológica permite observar en directo el proceso de colonización biológica: las primeras plantas pioneras, como la Mollugo y los cactus de lava, se aferran a las grietas donde se acumula algo de humedad y materia orgánica, iniciando la lenta transformación de la roca desnuda en suelo y, con los siglos, en bosque. Santiago muestra, en pocos kilómetros, cómo nacen y se pueblan las islas.
Mucho antes de que llegaran los científicos y los turistas, Santiago fue escenario de la historia más aventurera y depredadora de Galápagos. Entre los siglos XVII y XVIII, bucaneros y piratas ingleses que asolaban las costas del Pacífico español usaron el archipiélago como escondite y base de reabastecimiento. La caleta que hoy se conoce como Buccaneer Cove (Caleta Bucanero), en la costa noroeste de la isla, era uno de sus fondeaderos favoritos: allí reparaban sus naves, conseguían agua dulce y leña, y cargaban tortugas gigantes vivas como provisión, ya que estos animales podían sobrevivir meses a bordo sin comer ni beber.
A partir de fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX, los balleneros —sobre todo británicos y estadounidenses— tomaron el relevo. Galápagos se convirtió en una escala clave de la caza de ballenas en el Pacífico, y las tortugas de islas como Santiago fueron explotadas de manera masiva como carne fresca: se calcula que cientos de miles de tortugas de todo el archipiélago fueron embarcadas, lo que diezmó gravemente sus poblaciones.
Esa larga era de explotación dejó cicatrices ecológicas profundas —poblaciones de tortugas arrasadas, especies invasoras introducidas— pero también un patrimonio histórico singular, evocado en topónimos como Buccaneer Cove. Comprender ese pasado ayuda a valorar el enorme esfuerzo de conservación y restauración que vino después.
Como muchas islas de Galápagos, Santiago sufrió siglos de explotación e impactos humanos. Balleneros y bucaneros la usaron como fondeadero y fuente de carne de tortuga, diezmando sus poblaciones. Más grave aún fue la introducción de especies invasoras: cabras, cerdos y burros asilvestrados, que durante el siglo XIX y XX se multiplicaron sin control. Las cabras devastaron la vegetación, y los cerdos depredaron huevos y crías de tortugas, iguanas y aves, llevando a varias poblaciones nativas al borde del colapso. A mediados del siglo XX hubo además un fugaz intento de explotación de sal en James Bay, que dio nombre a Puerto Egas.
A partir de fines del siglo XX, el Parque Nacional Galápagos y sus socios emprendieron en Santiago uno de los programas de erradicación de especies invasoras más ambiciosos del mundo. Tras años de esfuerzo, lograron eliminar por completo los cerdos y luego las cabras de la isla, en una operación que se convirtió en referencia internacional de restauración ecológica en grandes islas.
Los resultados fueron notables: la vegetación se recuperó, y con ella las poblaciones de tortugas gigantes, iguanas y aves comenzaron a recobrarse. Santiago es hoy un símbolo de cómo, con voluntad y recursos, es posible revertir parte del daño causado y devolver a una isla su equilibrio natural, un mensaje de esperanza para la conservación en todo el archipiélago.