La historia escrita de las Galápagos —y de San Cristóbal, su isla más oriental— comenzó por casualidad. En 1535, el fraile dominico Tomás de Berlanga, obispo de Panamá, viajaba rumbo al Perú por encargo del rey Carlos I de España para mediar en los conflictos entre los conquistadores. En medio del viaje, su nave quedó atrapada en una calma sin viento y fue arrastrada por las corrientes marinas mar adentro, hasta dar con un archipiélago de islas áridas y deshabitadas que nadie esperaba encontrar.
Berlanga describió el hallazgo en una célebre carta al rey: un paisaje de lava y piedra que parecía maldito, con muy poca agua dulce, pero habitado por animales extraordinariamente mansos —enormes tortugas, iguanas y aves que no huían del hombre—. Esa falta de miedo, fruto de haber evolucionado sin depredadores humanos, era una rareza que entonces solo causaba asombro, pero que siglos después haría de las islas un tesoro científico irrepetible.
Durante mucho tiempo las islas quedaron registradas como un lugar inhóspito y sin valor para la Corona, apareciendo en las cartas náuticas como las 'Islas Encantadas', en parte por las fuertes corrientes y neblinas que dificultaban ubicarlas y daban la impresión de que aparecían y desaparecían. El nombre 'Galápagos' aludía a las tortugas gigantes. San Cristóbal, como el resto del archipiélago, permanecería prácticamente despoblada por siglos, hasta que la historia volviera a tocar sus costas.
Durante más de dos siglos, las Galápagos no tuvieron población estable, pero sí visitantes que dejaron una huella profunda en su fauna. Desde el siglo XVII, las islas se volvieron refugio de piratas y corsarios —muchos ingleses— que asaltaban a los galeones españoles cargados de riquezas por el Pacífico, aprovechando los fondeaderos protegidos y los escondites del archipiélago. Más tarde llegaron los balleneros y cazadores de focas, que convirtieron a las islas en una parada habitual.
El gran recurso que ofrecían las islas era trágico para su fauna: las tortugas gigantes. Estas podían sobrevivir muchos meses sin comer ni beber, lo que las convirtió en 'comida viva' ideal para los largos viajes por mar. Piratas, balleneros y foqueros las cargaron por cientos en las bodegas de sus barcos como reserva de carne fresca. Se estima que entre los siglos XVII y XIX se llevaron decenas de miles de tortugas de las distintas islas, llevando varias poblaciones al borde de la extinción, incluida la de San Cristóbal.
A ese saqueo se sumó otra amenaza duradera: la introducción de especies foráneas. Cabras, cerdos, perros, gatos, ratas y burros, llevados o escapados de los barcos, se asilvestraron y arrasaron con la vegetación nativa, depredaron huevos y crías y compitieron con los animales autóctonos. Esas especies invasoras siguen siendo, hasta hoy, una de las mayores amenazas para la fauna de Galápagos, y su control y erradicación son una tarea central del trabajo de conservación en islas como San Cristóbal.
El destino político y científico de San Cristóbal se definió en pocos años. El 12 de febrero de 1832, el gobierno del Ecuador recién independizado tomó posesión formal del archipiélago, que pasó a llamarse oficialmente 'Archipiélago del Ecuador'. La figura clave fue el general José de Villamil, que impulsó la anexión y fundó la primera colonia en la isla Floreana. Gracias a esta toma de posesión, cuando tres años después llegó el HMS Beagle, las Galápagos ya eran territorio ecuatoriano.
En septiembre de 1835, el barco de la Armada británica HMS Beagle llegó al archipiélago en su viaje de circunnavegación. La primera isla que tocó —y donde desembarcó el joven naturalista Charles Darwin, de 26 años— fue precisamente San Cristóbal, entonces llamada 'Chatham' por los ingleses. Darwin recorrió su terreno volcánico, observó la fauna mansa, recolectó especímenes y empezó a tomar las notas que, con el tiempo, alimentarían sus ideas. Por eso hoy un monumento a Darwin corona el Cerro Tijeretas, recordando aquel primer contacto.
Fue en estas islas donde Darwin reparó en que las especies variaban de una isla a otra —las tortugas según el caparazón, las aves según el pico— como si la naturaleza hubiera 'experimentado' por separado en cada una. No formuló su teoría allí, sino años después, pero las Galápagos quedaron asociadas para siempre a la evolución por selección natural que publicó en 1859 en 'El origen de las especies'. San Cristóbal carga con el orgullo de haber sido la puerta de entrada de Darwin a este laboratorio viviente.
San Cristóbal protagoniza uno de los capítulos más oscuros de la historia humana de Galápagos. A fines del siglo XIX, el empresario ecuatoriano Manuel J. Cobos estableció en las tierras altas de la isla una colonia agrícola e industrial alrededor de un ingenio azucarero, en el lugar hoy conocido como El Progreso. La empresa llegó a tener cientos de trabajadores y a producir azúcar y otros bienes que se exportaban al continente, en lo que fue durante un tiempo la población más importante del archipiélago.
Pero El Progreso funcionaba bajo un régimen casi feudal y profundamente abusivo. Cobos gobernaba la isla como un señor absoluto: muchos trabajadores habían sido llevados engañados o como condenados, se les pagaba con una moneda propia que solo servía en la tienda de la empresa (un sistema de servidumbre por deudas) y los castigos eran crueles, incluyendo el destierro de personas en islas desiertas. La acumulación de abusos terminó como suele terminar la tiranía: en 1904, los propios trabajadores se sublevaron y asesinaron a Cobos.
Más allá de su crudeza, esta historia muestra cómo el poblamiento de Galápagos estuvo marcado por experimentos de colonización difíciles y, a veces, violentos: colonias agrícolas, penales y proyectos que chocaban con el aislamiento y la dureza del medio. San Cristóbal, sin embargo, siguió poblada y creciendo, y su capital, Puerto Baquerizo Moreno, terminaría convirtiéndose en el centro administrativo de las islas. Aquellos vestigios de El Progreso forman parte del relato que hoy se cuenta en el Centro de Interpretación de la isla.
Con el correr del siglo XX, San Cristóbal consolidó un papel central en la vida política del archipiélago. Su principal asentamiento costero, Puerto Baquerizo Moreno —bautizado en honor a un presidente ecuatoriano—, fue creciendo como puerto y centro administrativo. Cuando, en 1973, las Galápagos fueron elevadas a la categoría de provincia del Ecuador, Puerto Baquerizo Moreno quedó designada como su capital, condición que mantiene hasta hoy.
Eso significa que, aunque Santa Cruz (con Puerto Ayora) sea la isla más poblada y el gran centro turístico del archipiélago, San Cristóbal es la sede del gobierno provincial y de buena parte de las instituciones públicas, además de contar con presencia naval y militar. Esta condición de capital le da a Puerto Baquerizo Moreno un aire algo más institucional y tranquilo, distinto del bullicio turístico de Puerto Ayora.
La isla también desarrolló su propia identidad turística, apoyada en su acceso aéreo directo desde el continente (con aeropuerto propio), su famosa convivencia con los lobos marinos en pleno pueblo, sus playas y, sobre todo, sus sitios de buceo de clase mundial como León Dormido (Kicker Rock). San Cristóbal alberga además una sede universitaria con foco en investigación de Galápagos, reforzando su vínculo con la ciencia. Hoy es una de las cuatro islas habitadas del archipiélago y combina su rol de capital con el desafío permanente de equilibrar población, turismo y conservación.
A mediados del siglo XX, el mundo despertó al valor único de las Galápagos y a las amenazas que las acechaban. El año clave fue 1959: coincidiendo con el centenario de 'El origen de las especies' de Darwin, Ecuador declaró Parque Nacional Galápagos a cerca del 97% de la superficie terrestre del archipiélago, dejando solo el 3% para las zonas pobladas como Puerto Baquerizo Moreno. Ese mismo año se creó la Fundación Charles Darwin, bajo el auspicio de la Unesco y la UICN, que en 1964 inauguraría su Estación Científica en Santa Cruz.
El reconocimiento internacional llegó en 1978, cuando las Galápagos se convirtieron en el primer sitio del mundo inscripto en la lista de Patrimonio Mundial Natural de la Unesco. Más tarde, el archipiélago fue declarado también Reserva de la Biosfera y se estableció la Reserva Marina de Galápagos, una de las mayores áreas marinas protegidas del planeta, que abraza sitios de buceo emblemáticos como León Dormido.
Hoy, San Cristóbal —como toda Galápagos— vive el desafío constante de equilibrar la vida de su población, el turismo y la conservación. Las herramientas para ello incluyen la tasa de entrada al Parque Nacional (actualizada en 2024) y la Tarjeta de Control de Tránsito, que regulan y financian la protección de las islas; los programas de erradicación de especies invasoras; la crianza y repatriación de tortugas gigantes en centros como la Galapaguera de Cerro Colorado; y la promoción de un turismo responsable, con guías naturalistas, cupos y reglas estrictas. Solo así, este 'laboratorio viviente de la evolución' que recibió a Darwin podrá seguir maravillando a las próximas generaciones.