La historia de la península de Santa Elena empieza mucho antes que la de cualquier balneario: empieza con uno de los asentamientos humanos más antiguos de todo Ecuador y del continente. En sus alrededores, cerca de la actual ciudad de Santa Elena, se desarrolló hace unos 10.000 años la llamada cultura Las Vegas, un pueblo de cazadores-recolectores y pescadores precerámicos que habitaba esta franja costera cuando el paisaje y el clima eran muy distintos de los actuales.
El hallazgo más célebre de esta cultura es el de los 'Amantes de Sumpa': los esqueletos de un hombre y una mujer enterrados juntos, en una posición que sugiere un abrazo, con unas 8.000 años de antigüedad. El descubrimiento, realizado por la arqueóloga Karen Stothert, se convirtió en uno de los símbolos del pasado precolombino ecuatoriano y dio nombre al Museo Los Amantes de Sumpa, en Santa Elena, donde se conserva el sitio funerario. Es una de las evidencias más antiguas de prácticas de entierro complejas en América del Sur.
Más tarde, la misma península y la franja costera vieron florecer otras culturas fundamentales para entender el Ecuador antiguo, como la Valdivia (una de las más antiguas con cerámica de América) y la Guangala. Así, mucho antes de las salinas, los veraneantes y los yates, estas tierras ya eran un cruce de pueblos del mar, lo que hace de la península de Santa Elena un territorio clave para la arqueología del país.
El nombre de Salinas no es un capricho: viene, literalmente, de la sal. La punta de la península de Santa Elena tiene una geografía y un clima —seco, soleado y batido por el mar— que favorecen la formación natural de salinas: zonas bajas donde el agua de mar queda atrapada y, al evaporarse por el sol, deja depósitos de sal que podían recolectarse. Esa actividad extractiva, sencilla pero valiosa, dio identidad y nombre al lugar desde tiempos antiguos.
Durante la época colonial y los primeros tiempos republicanos, la sal era un producto fundamental: servía para conservar alimentos, especialmente el pescado y la carne, en una época sin refrigeración. Las salinas de la península abastecían a la región y vinculaban a este rincón costero con el comercio del litoral. El topónimo quedó fijado y, con el tiempo, terminó nombrando a la ciudad balneario que crecería sobre esas costas.
La propia provincia que hoy alberga a Salinas —Santa Elena— debe su nombre a la festividad de Santa Elena, en cuyo día los navegantes españoles habrían avistado o nombrado la zona en el siglo XVI. Así, los nombres de la península mezclan la huella práctica de su economía (la sal) con la tradición religiosa hispana (la santa), capas que se fueron superponiendo sobre un territorio habitado desde hacía milenios.
La península de Santa Elena tiene un capítulo industrial poco conocido pero decisivo para la historia económica del país: aquí nació la industria petrolera ecuatoriana. A comienzos del siglo XX, compañías extranjeras —principalmente británicas— comenzaron la exploración y explotación de petróleo en la zona de Ancón, un campo que durante décadas fue el principal yacimiento del Ecuador, mucho antes de que el petróleo amazónico cambiara la economía nacional en los años setenta.
La presencia británica dejó una marca peculiar en el paisaje peninsular. El pueblo de Ancón conserva todavía hoy un aire de 'company town' inglesa: casas de madera, antiguas instalaciones, un campo de golf histórico y trazados urbanos pensados por las compañías para sus trabajadores e ingenieros. Esa herencia arquitectónica e industrial convierte a Ancón en un sitio singular, testimonio de una época en que la península era sinónimo de petróleo más que de turismo.
La explotación petrolera marcó la vida de la región durante buena parte del siglo XX, atrayendo trabajadores y dándole a la península un perfil distinto al de otras zonas costeras. Con el tiempo, el agotamiento relativo de los campos y el auge del petróleo oriental desplazaron el eje de la industria, pero el legado de Ancón sigue siendo un punto de interés histórico para quien visita Salinas y sus alrededores.
La transformación de Salinas en balneario es, sobre todo, una historia del siglo XX. A medida que Guayaquil crecía como gran puerto y centro económico del Ecuador, sus familias acomodadas buscaron un lugar cercano donde escapar del calor y disfrutar del mar. La punta de la península, con sus playas de aguas relativamente calmas y su clima soleado, se convirtió en el destino elegido por la elite guayaquileña, que empezó a construir allí casas de veraneo, clubes y hoteles.
La creación del Salinas Yacht Club y el desarrollo de una marina deportiva consolidaron a la ciudad como un lugar de prestigio, asociado a los yates, la pesca deportiva y la vida social del verano. Durante buena parte del siglo XX, veranear en Salinas fue casi un símbolo de estatus para las familias del litoral, y la ciudad se llenó de torres de departamentos frente al mar que todavía hoy definen su perfil urbano.
Con el paso de las décadas, y especialmente con la mejora de las carreteras que la conectan con Guayaquil, Salinas se fue democratizando: dejó de ser solo el refugio de unos pocos para convertirse en el principal balneario popular del Ecuador, recibiendo a visitantes de toda condición y de todas las regiones del país, sobre todo en feriados y temporada de verano. Esa mezcla de tradición elegante y turismo masivo es parte de su carácter actual.
La ubicación de Salinas, en el punto más occidental de la costa continental ecuatoriana, le dio también un valor estratégico-militar que marcó su historia en el siglo XX. La punta de la península es un mirador natural sobre el Pacífico, ideal para vigilar la navegación y el espacio aéreo, y por eso allí se estableció una base de la Fuerza Aérea Ecuatoriana que sigue activa hasta hoy.
Durante la Segunda Guerra Mundial, este valor estratégico se hizo evidente a escala internacional. Estados Unidos, preocupado por la defensa del Canal de Panamá y del Pacífico americano frente a una posible amenaza, estableció instalaciones y presencia militar en territorio ecuatoriano, y la península de Santa Elena fue uno de los puntos vinculados a esa cooperación defensiva. Las bases de la región sirvieron para la vigilancia del océano en una época en que el control del Pacífico era crucial.
Esa herencia militar explica por qué, todavía hoy, el acceso a lugares como La Chocolatera pasa por una base de las Fuerzas Armadas y requiere presentar documento de identidad. La convivencia entre la actividad turística del balneario y la presencia militar en la punta de la península es una de las particularidades de Salinas: un lugar donde el ocio veraniego y la vigilancia del océano comparten el mismo cabo.
Durante la mayor parte de su historia republicana, Salinas y toda la península formaron parte de la provincia del Guayas, dependiendo administrativamente de Guayaquil. Eso cambió en 2007, cuando se creó la provincia de Santa Elena, segregada del Guayas. La nueva provincia agrupó a los cantones de Santa Elena, La Libertad y Salinas, dándole a la península una identidad administrativa propia y reconociendo su peso demográfico, económico y turístico.
Hoy Salinas es la cabecera del cantón homónimo y forma, junto con La Libertad y Santa Elena, una conurbación que concentra la mayor parte de la población y los servicios de la provincia. La economía de la zona combina el turismo —su motor principal, sobre todo en temporada de verano y feriados—, la pesca (con puertos como Anconcito y Santa Rosa), la industria pesquera y atunera, y una larga tradición de actividades náuticas y deportivas.
La Salinas actual es un destino que mira al futuro sin olvidar sus raíces: el balneario de las torres frente al mar y la marina convive con los pueblos pesqueros, los sitios arqueológicos milenarios, las reservas de fauna marina y el espectáculo natural de las ballenas. Esa diversidad —playa, historia profunda, naturaleza y vida costera— es lo que la mantiene como uno de los grandes destinos turísticos del Ecuador, el primero que muchos asocian con la palabra 'playa'.