Mucho antes de que existiera ciudad española alguna, las altas tierras del valle donde hoy se levanta Quito estaban habitadas por pueblos andinos. El más antiguo y emblemático fue el de los quitus, cuyo nombre quedó para siempre ligado al lugar. Vivían en este nudo de montañas templadas, casi sobre la línea del ecuador, aprovechando la fertilidad de los valles, el agua de los deshielos y una ubicación estratégica en el cruce de caminos entre la costa, la sierra y la selva. Por ese carácter de encrucijada comercial, Quito fue desde tiempos remotos un punto de encuentro de pueblos.
Con el tiempo, hacia el primer milenio de nuestra era, llegaron a la región los caras o caranquis, un pueblo que, según la tradición, se habría fusionado con los quitus dando origen a una confederación conocida en algunas crónicas como el 'Reino de Quito' o 'reino de los Shyris'. Esta idea de un reino preincaico poderoso y organizado fue muy difundida por cronistas e historiadores de los siglos XVIII y XIX, en especial por el padre Juan de Velasco, y se volvió parte del relato fundacional de la identidad ecuatoriana.
La historiografía moderna, sin embargo, mira con cautela ese 'Reino de Quito' tal como lo describió Velasco: faltan evidencias arqueológicas claras de un Estado tan estructurado, y muchos detalles parecen más leyenda que historia comprobada. Lo que sí está fuera de duda es que existieron sociedades andinas complejas, con jefaturas, comercio y centros poblados, que dieron a Quito su primer rostro humano y su nombre.
Hacia finales del siglo XV, el Imperio inca o Tahuantinsuyo, en plena expansión hacia el norte desde el Cusco, llegó a las tierras de Quito. La incorporación no fue pacífica: los pueblos del norte —en especial los caranquis— resistieron con dureza la conquista, que se prolongó durante los reinados de los incas Túpac Yupanqui y, sobre todo, Huayna Cápac. Las crónicas recuerdan batallas sangrientas, como la del lago Yahuarcocha ('lago de sangre'), antes de que la región quedara firmemente bajo dominio inca.
Una vez integrada, Quito adquirió una enorme importancia dentro del imperio. El gran inca Huayna Cápac hizo de la región un segundo centro de poder, casi una capital del norte, y pasó allí buena parte de sus últimos años. Allí, según muchas versiones, vivió y se crio su hijo Atahualpa. A la muerte de Huayna Cápac —probablemente a causa de una epidemia traída por los europeos, que se adelantó a su llegada física—, el imperio quedó dividido entre dos de sus hijos: Huáscar, con base en el Cusco, y Atahualpa, ligado a Quito y al ejército del norte.
Estalló entonces una guerra civil que desangró al Tahuantinsuyo justo en vísperas de la llegada de los españoles. Atahualpa terminó imponiéndose a Huáscar, pero el imperio quedó debilitado y dividido, una circunstancia que los conquistadores liderados por Francisco Pizarro supieron aprovechar. La captura y ejecución de Atahualpa en Cajamarca, en 1533, marcó el principio del fin del poder inca, mientras los españoles ponían la mira en Quito, el rico bastión del norte.
Tras la caída de Atahualpa, los españoles avanzaron hacia el norte para tomar Quito, el corazón del poder inca en estas tierras. Pero la resistencia no había terminado. El general inca Rumiñahui, uno de los grandes capitanes de Atahualpa, organizó la defensa del norte y se enfrentó a los conquistadores. Según la tradición más difundida, al ver que no podría impedir la caída de la ciudad, Rumiñahui prefirió incendiar y arrasar Quito antes que entregarla intacta a los invasores, ocultando además sus tesoros. Por esa resistencia heroica, es recordado hoy como un símbolo de la dignidad indígena frente a la conquista.
Los españoles llegaron así a una Quito en ruinas. El 6 de diciembre de 1534, el capitán Sebastián de Benalcázar (Sebastián de Belalcázar), lugarteniente de Pizarro, fundó sobre esas cenizas la villa de San Francisco de Quito, en nombre de la Corona española. Poco antes, otra fundación previa había sido realizada por Diego de Almagro para asegurar el territorio frente a otros conquistadores. La nueva ciudad se trazó al modo español, con su plaza central, su cabildo y el reparto de solares entre los primeros vecinos.
La fundación española marcó el inicio de una etapa completamente nueva. Sobre el sustrato indígena se levantó una ciudad colonial que, en pocas décadas, se llenaría de iglesias, conventos y casas señoriales. El 6 de diciembre quedó como fecha fundacional, todavía hoy celebrada con las multitudinarias Fiestas de Quito. Y aunque la ciudad nació de la conquista, su alma siguió siendo profundamente mestiza, fruto del encuentro —muchas veces violento, a veces creativo— entre el mundo andino y el europeo.
Pocas décadas después de su fundación, Quito ganó un papel institucional de primer orden. En 1563, el rey Felipe II creó la Real Audiencia de Quito, un alto tribunal con amplias atribuciones de gobierno y justicia que abarcaba un vasto territorio. La Audiencia dependió primero del Virreinato del Perú y más tarde del Virreinato de Nueva Granada, pero le dio a Quito una identidad y una jurisdicción propias que, andando el tiempo, serían la base territorial del futuro Ecuador. Quito se consolidó así como una de las grandes ciudades de la América española.
Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, la ciudad floreció sobre todo como centro religioso y artístico. Las órdenes religiosas —franciscanos, dominicos, agustinos, jesuitas, mercedarios— levantaron iglesias, conventos y monasterios cada vez más suntuosos, en una verdadera competencia de belleza y devoción. De ese fervor nació uno de los fenómenos culturales más notables de la colonia: la Escuela Quiteña, una corriente de arte religioso (pintura, escultura, tallado y dorado) que se desarrolló entre los siglos XVII y XVIII y alcanzó fama en toda Hispanoamérica.
Lo extraordinario de la Escuela Quiteña fue su carácter mestizo. Maestros indígenas y mestizos aprendieron las técnicas europeas, pero las fusionaron con su propia sensibilidad, sus colores, su naturalismo y detalles del mundo andino, creando un estilo único. Artistas como Bernardo de Legarda (autor de la célebre 'Virgen alada' de Quito) o Manuel Chili 'Caspicara' produjeron obras maestras que aún hoy llenan las iglesias del Centro Histórico. Ese patrimonio artístico y arquitectónico, conservado casi intacto, es la razón de fondo por la que Quito fue uno de los dos primeros sitios del mundo declarados Patrimonio Mundial de la Unesco en 1978.
Quito tiene un lugar de honor en la historia de la emancipación americana. El 10 de agosto de 1809, un grupo de criollos y notables de la ciudad protagonizó un movimiento que se considera uno de los primeros gritos autonomistas de toda Hispanoamérica. Aprovechando la crisis abierta en España por la invasión de Napoleón y el cautiverio del rey Fernando VII, los conjurados depusieron a las autoridades coloniales y formaron una Junta Soberana de Gobierno que, en nombre del rey cautivo, asumía el poder en la Audiencia de Quito. Por eso a Quito se la conoce como la 'Luz de América'.
El movimiento, sin embargo, fue efímero. La Junta no logró sostenerse ni extender su autoridad, las potencias coloniales vecinas reaccionaron, y al cabo de pocos meses el orden realista fue restablecido. Lo más trágico vino después: el 2 de agosto de 1810, muchos de los próceres del movimiento, que estaban presos, fueron asesinados en una matanza en las cárceles de Quito durante un intento de rescate popular. La represión fue brutal y dejó una herida profunda.
A pesar de su fracaso inmediato, el 10 de agosto de 1809 quedó grabado como el 'Primer Grito de Independencia' y como una fecha fundacional del sentimiento patrio ecuatoriano; hoy es la fiesta nacional del Ecuador. Aquellos primeros mártires —recordados como los próceres— encendieron una chispa que, una década más tarde, se transformaría en la lucha definitiva por la libertad. La Plaza Grande de Quito conserva en su centro el monumento que honra a los héroes de aquel agosto.
La independencia definitiva de Quito y de la Audiencia llegó más de una década después del primer grito, en el marco de las grandes campañas de Simón Bolívar y sus generales por liberar el norte de Sudamérica. Tras años de lucha, la liberación se decidió en una batalla librada en las propias faldas del volcán Pichincha, que vigila la ciudad desde el oeste. El protagonista fue el joven y brillante mariscal Antonio José de Sucre, lugarteniente de confianza de Bolívar.
El 24 de mayo de 1822, las tropas patriotas comandadas por Sucre —un ejército multinacional con soldados de varias regiones de América y voluntarios extranjeros— enfrentaron y derrotaron a las fuerzas realistas en las laderas del Pichincha, a gran altura, en las cercanías de Quito. La victoria de Pichincha selló la independencia de la Audiencia de Quito del dominio español y abrió las puertas de la ciudad a los ejércitos libertadores. La fecha es hoy una de las efemérides más importantes del Ecuador.
Tras la batalla, el territorio de la antigua Audiencia se incorporó a la Gran Colombia, el ambicioso proyecto de Estado impulsado por Bolívar que unía a las actuales Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador. Pero ese gran país no duró mucho: las tensiones internas lo fueron disolviendo, y en 1830 los territorios de la antigua Audiencia se separaron para constituir una nación independiente, la República del Ecuador, que tomó su nombre de la línea ecuatorial que la atraviesa. Quito, la vieja ciudad de los quitus, de los incas y de los conventos coloniales, fue proclamada su capital, función que conserva hasta hoy.
Desde el nacimiento de la República del Ecuador en 1830, Quito ha sido su capital política y administrativa, sede de los poderes del Estado. A lo largo del siglo XIX y XX, la ciudad creció lentamente al principio y de forma acelerada después, desbordando el viejo casco colonial hacia el norte y el sur del valle, y trepando por las laderas. Surgió así la Quito contemporánea: una metrópoli larga y angosta, con su Centro Histórico colonial al medio, los barrios modernos del norte (negocios, finanzas, La Mariscal, La Carolina) y la expansión popular hacia el sur y los valles vecinos de Cumbayá, Tumbaco y Los Chillos.
El gran reconocimiento internacional llegó en 1978. Ese año, en una de las primeras reuniones del recién creado programa de Patrimonio Mundial, la Unesco inscribió a la ciudad de Quito en su lista, junto con el centro histórico de Cracovia (Polonia): fueron, así, dos de los primeros sitios culturales del planeta declarados Patrimonio de la Humanidad. El motivo fue claro: Quito posee el centro histórico mejor conservado y uno de los más extensos de toda América Latina, un conjunto colonial casi intacto que es testimonio excepcional del arte y la arquitectura barrocos del Nuevo Mundo.
Ese título trajo prestigio, pero también la responsabilidad de proteger un patrimonio frágil frente al crecimiento urbano, el deterioro y los desafíos de una ciudad viva. En las últimas décadas, Quito ha invertido mucho en restaurar iglesias, recuperar calles emblemáticas como La Ronda, ordenar el casco antiguo y combinar conservación con turismo. Hoy, la capital ecuatoriana se ofrece al viajero como una síntesis fascinante de todos sus tiempos: el sustrato andino de los quitus, el poder inca, la suntuosidad colonial de la Escuela Quiteña, la chispa libertaria del 10 de agosto y la energía de una capital andina moderna, todo a 2.850 metros de altura y casi sobre la mitad del mundo.