En el Manta prehispánico se veneraba una esmeralda del tamaño de un huevo de avestruz. Era el corazón del culto a la diosa Umiña, y las crónicas coloniales cuentan que peregrinos de toda la costa llegaban a ofrendarle piedras verdes más pequeñas; la gran esmeralda desapareció tras la conquista y nunca se encontró. Ese detalle deslumbrante resume bien lo que fue Manta antes de ser puerto atunero: el centro de un pueblo del mar, rico y conectado, que comerciaba a lo largo del Pacífico. Mucho antes de que existiera la ciudad actual, la costa donde hoy se levanta Manta estuvo habitada por la cultura Manteña, que se desarrolló aproximadamente entre los siglos VIII y XVI d.C. Fueron, ante todo, un pueblo del mar: extraordinarios navegantes y comerciantes que dominaron esta franja del Pacífico ecuatoriano y mantuvieron una intensa red de intercambios. Según las crónicas y la investigación arqueológica, sus grandes balsas de vela —embarcaciones de troncos con velas de algodón— les permitían recorrer largas distancias por el océano, comerciando productos como la concha Spondylus, un molusco de gran valor ritual y económico en todo el mundo andino y mesoamericano.
El asentamiento costero principal de la zona se conocía como 'Jocay', nombre que en la lengua local suele asociarse a la idea de la 'puerta del pez' o 'casa del pez', lo que revela hasta qué punto la vida de este pueblo giraba en torno al mar y la pesca. Los manteños construyeron centros con estructuras de piedra, sillas ceremoniales en forma de U (las célebres 'sillas manteñas') y estelas, y desarrollaron una sociedad jerarquizada y próspera gracias al comercio marítimo.
La religiosidad manteña tenía un símbolo central: la diosa Umiña, asociada a una gran esmeralda sagrada que, según las crónicas coloniales, se veneraba en un templo de la región y atraía peregrinos. La leyenda de esa 'esmeralda de Umiña' y su desaparición tras la conquista forma parte del imaginario de la costa manabita.
Cuando los españoles llegaron a esta costa en las primeras décadas del siglo XVI, encontraron en la zona de Jocay un asentamiento manteño ya en decadencia, pero todavía habitado. El sitio, con su buena posición costera, fue reconocido tempranamente por los conquistadores. La tradición atribuye al capitán Francisco Pacheco la fundación, en el año 1535, de la villa de San Pablo de Manta, lo que la convierte en uno de los asentamientos hispanos más antiguos de la costa ecuatoriana.
El nombre 'Manta' fue el que terminó imponiéndose, desplazando al antiguo Jocay. Existen distintas explicaciones populares sobre su origen: algunas lo vinculan a la lengua local, otras a las 'mantas' de algodón que tejían los indígenas de la zona y que eran objeto de comercio. Sea cual fuere su raíz, el topónimo quedó fijado para siempre.
Durante el período colonial, Manta fue un puerto secundario dentro del sistema español, opacado por otros como Guayaquil. Su exposición al mar abierto la volvió, además, blanco de los piratas y corsarios que asolaban el Pacífico en los siglos XVI y XVII en busca de las riquezas que se movían por la costa. La vida del puerto transcurrió entre la pesca, el comercio de cabotaje y la defensa frente a esas amenazas, sin alcanzar todavía la importancia que tendría siglos más tarde.
Tras la independencia y la creación de la República del Ecuador en 1830, Manta siguió siendo durante buena parte del siglo XIX una modesta caleta de pescadores y un puerto de cabotaje, dentro de la provincia de Manabí. La vida giraba en torno a la pesca artesanal, el comercio costero y la producción agrícola del interior manabita (café, cacao, productos de la tierra), que en parte salía por su puerto.
La región de Manabí tuvo un peso particular en la historia ecuatoriana por ser cuna de figuras políticas relevantes y escenario de movimientos sociales y revoluciones. El puerto de Manta, por su parte, fue ganando importancia a medida que crecía el comercio y mejoraban las comunicaciones con el resto del país.
A lo largo del siglo, Manta fue consolidándose como un punto de salida de la producción regional y como centro pesquero. Pero su verdadero despegue, el que la transformaría en una de las ciudades más dinámicas de la costa, todavía estaba por llegar y vendría de la mano de un recurso que el mar frente a sus costas ofrecía en abundancia: el atún.
El gran salto de Manta llegó en el siglo XX con el desarrollo de la pesca industrial, y muy especialmente de la pesca del atún. Las aguas del Pacífico frente a Manabí son extraordinariamente ricas en atún y otras especies, y a lo largo del siglo se instalaron en la ciudad flotas atuneras, plantas conserveras y fábricas de aceite y harina de pescado. Manta se convirtió así en uno de los puertos pesqueros más importantes del Pacífico sudamericano y en la indiscutida 'capital del atún' del Ecuador.
La industria atunera transformó la ciudad: atrajo población, generó miles de empleos directos e indirectos, impulsó el comercio y convirtió a Manta en un polo exportador de primer orden, con productos que llegan a mercados de todo el mundo. El puerto comercial se modernizó y la ciudad creció en torno a esa actividad, combinando su perfil industrial con el de balneario.
A esta vocación pesquera se sumó, en las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI, el turismo: las playas urbanas como El Murciélago, el malecón, la gastronomía marinera y la cercanía con la Ruta del Spondylus convirtieron a Manta también en un destino de sol, playa y buena comida. La ciudad asumió una doble identidad: gran puerto trabajador de día y balneario animado de tarde y noche.
El 16 de abril de 2016, a las 18:58 hora local, un terremoto de magnitud 7,8 con epicentro frente a la costa de Manabí, entre las localidades de Pedernales y Cojimíes, sacudió violentamente a toda la provincia. Fue el sismo más destructivo que vivió el Ecuador en décadas. Manta resultó duramente golpeada: hubo derrumbes de edificios, viviendas y estructuras, y barrios como Tarqui —uno de los más afectados de la ciudad— quedaron devastados. El terremoto dejó cientos de víctimas en toda la provincia (en Manta, Portoviejo, Pedernales y otras localidades), miles de heridos y un enorme número de personas damnificadas.
El golpe fue también económico y emocional. La industria, el comercio, el turismo y la vida cotidiana de la ciudad se vieron trastocados, y la recuperación demandó años de trabajo, ayuda nacional e internacional y un esfuerzo sostenido de reconstrucción de viviendas, infraestructura y espacios públicos.
Desde entonces, Manta ha venido reconstruyéndose y reactivando su puerto, su industria y su turismo. La ciudad sigue siendo el gran motor pesquero de la costa central y un destino vivo, con su malecón, sus playas y su inigualable gastronomía marinera, aunque las huellas del terremoto y el proceso de recuperación forman parte de su historia reciente y de la memoria de sus habitantes.