En 1599, cuenta la tradición histórica, los shuar entraron en la ciudad española de Logroño de los Caballeros, apresaron al gobernador Ramírez de Arellano y le dieron muerte vertiéndole oro fundido por la garganta, mientras le reprochaban su codicia por el metal que los había esclavizado en las minas. Ese mismo levantamiento arrasó también Sevilla del Oro, y sus escasos sobrevivientes huyeron a la orilla derecha del río Upano, donde consolidaron un pequeño poblado que hoy conocemos como Macas. Pocas ciudades del Ecuador tienen un origen tan brutal y tan cinematográfico.
La región del sur oriente ecuatoriano, donde se asienta Macas, es el corazón del territorio del pueblo shuar, una de las nacionalidades indígenas más conocidas y emblemáticas de la Amazonía. Los shuar habitan desde tiempos inmemoriales estas selvas y estribaciones andinas, y desarrollaron una cultura de fuerte identidad, profundamente ligada a la selva, a sus ríos y a una rica cosmovisión espiritual poblada de seres y fuerzas de la naturaleza.
Los shuar son célebres por su carácter guerrero y por su tenaz defensa de su autonomía. A lo largo de la historia opusieron una notable resistencia a los intentos de dominación, tanto incas como, sobre todo, españoles. La gran rebelión de 1599 contra las ciudades mineras de Logroño y Sevilla del Oro no fue un hecho aislado, sino la culminación de sucesivos levantamientos contra el régimen de trabajo forzado en las minas de oro. Esa resistencia les aseguró más de dos siglos de autonomía y mantuvo la región en gran medida fuera del control colonial.
La cultura shuar también fue conocida en el exterior —a veces de manera sensacionalista— por antiguas prácticas rituales asociadas a la guerra, como la reducción de cabezas (tsantsa). Más allá de esos estereotipos, lo esencial es que los shuar lograron preservar su identidad, su lengua y su territorio frente a enormes presiones, y hoy constituyen un pueblo vivo y orgulloso, pieza central de la identidad de Morona Santiago y de la región de Macas.
Macas tiene uno de los orígenes más antiguos —y legendarios— de las poblaciones del Oriente ecuatoriano. La zona estuvo vinculada a los intentos españoles de explotar el oro de la región amazónica del sur, en torno a asentamientos como Sevilla del Oro y Logroño de los Caballeros, avanzadas mineras que buscaban riqueza en territorio shuar. Aquellos enclaves vivieron un auge fugaz y un dramático final: la rebelión shuar de 1599 los arrasó, y los sobrevivientes de Sevilla del Oro se replegaron a la orilla derecha del Upano para consolidar Macas. Ese episodio rodeó a la región de un aura de tierra remota, rica y peligrosa.
Macas perduró, sin embargo, como un pequeño y aislado asentamiento de raíz hispana en medio de la selva, sostenido durante siglos casi en soledad. Su historia quedó marcada por una intensa devoción religiosa, simbolizada por la imagen de la Virgen Purísima de Macas, en torno a la cual se tejieron leyendas y tradiciones que dieron cohesión e identidad a la comunidad a lo largo del tiempo. La fe y el aislamiento forjaron el carácter particular de este viejo poblado oriental.
Durante la época colonial y republicana, la región fue también escenario de la labor misional, especialmente de los misioneros que buscaban evangelizar a los shuar y otros pueblos. Esa actividad misional, junto con la pequeña población hispana-mestiza de Macas, fue una de las pocas presencias permanentes no indígenas en una región que, en gran medida, siguió siendo dominio de la selva y sus pueblos hasta tiempos relativamente recientes.
Un capítulo decisivo en la historia de Macas y de toda la región shuar fue la llegada de los misioneros salesianos a finales del siglo XIX y principios del XX. A partir de 1893, la Iglesia católica encomendó a la Congregación Salesiana la evangelización del Vicariato Apostólico de Méndez y Gualaquiza, que abarcaba el sur oriente ecuatoriano. Los salesianos establecieron misiones, escuelas, talleres e internados en la región, en un proceso que transformó profundamente la vida de los pueblos amazónicos.
La labor misional tuvo un carácter ambivalente que la historia reconoce hoy con matices: por un lado, contribuyó a frenar abusos de colonos y caucheros y a documentar y preservar parte de la lengua y la cultura shuar; por otro, impulsó la sedentarización, la escolarización en castellano y la conversión religiosa, alterando formas de vida ancestrales. Misioneros como los que recorrieron y describieron la región dejaron además valiosos registros etnográficos y geográficos de un territorio entonces casi desconocido.
De aquel impulso misional surgió, andando el tiempo, una de las organizaciones indígenas más importantes del continente: la Federación Interprovincial de Centros Shuar, fundada en 1964 con apoyo salesiano, pionera en la defensa de los derechos y el territorio de su pueblo. Macas, sede de buena parte de esta actividad, quedó marcada para siempre por la huella salesiana, visible en sus iglesias, colegios y en el propio tejido social de la ciudad.
La integración de Macas y de la región del sur oriente al resto del Ecuador se aceleró en el siglo XX, con la intensificación de la labor misional, la apertura de carreteras y la colonización de la Amazonía. Esas vías sacaron a Macas de su aislamiento secular, conectándola con la sierra (Cuenca, Riobamba) y con otras ciudades amazónicas, y permitieron su crecimiento como centro poblado. En 1953 se creó la provincia de Morona Santiago, y Macas fue designada su capital, afianzando su papel como principal centro urbano, comercial y de servicios del sur amazónico.
La región se hizo célebre también por episodios singulares, como las expediciones a la enigmática Cueva de los Tayos, en territorio shuar, que en la década de 1970 atrajeron a investigadores, militares y aventureros de varios países en busca de supuestos tesoros y misterios, y que contribuyeron a la fama internacional —a menudo mitificada— de esta porción remota de la Amazonía ecuatoriana.
Hoy, Macas mira hacia el turismo de naturaleza y cultura como una de sus vocaciones. Su condición de puerta de entrada al Parque Nacional Sangay —declarado Patrimonio Natural de la Humanidad en 1983, con el imponente volcán activo en el horizonte—, sus cascadas, el río Upano apto para la aventura y la viva cultura shuar la posicionan como un destino del Ecuador profundo, donde se cruzan la historia colonial, la resistencia indígena, la herencia misional y la exuberancia de la selva amazónica del sur.