La historia escrita de las Galápagos —y de Isabela, la mayor de todas las islas— comenzó por pura casualidad. En 1535, el fraile dominico Tomás de Berlanga, obispo de Panamá, navegaba rumbo al Perú por encargo del rey Carlos I de España para mediar entre los conquistadores. Una calma prolongada dejó su nave sin viento, y las corrientes marinas la arrastraron mar adentro hasta dar con un archipiélago de islas áridas y deshabitadas que nadie esperaba encontrar.
En su célebre carta al rey, Berlanga describió un paisaje volcánico que parecía haber sido sembrado de piedras, con escasísima agua dulce, pero habitado por animales asombrosamente mansos: enormes tortugas, iguanas y aves que se dejaban acercar sin miedo. Esa mansedumbre, fruto de haber evolucionado sin depredadores humanos, era entonces solo una curiosidad, pero siglos más tarde convertiría a las islas en un tesoro irrepetible para la ciencia.
Durante mucho tiempo, las islas quedaron registradas como un lugar inhóspito y sin valor, y aparecieron en las cartas náuticas como las 'Islas Encantadas', en parte por las fuertes corrientes y neblinas que dificultaban ubicarlas y daban la impresión de que aparecían y desaparecían. El nombre 'Galápagos' aludía a las tortugas gigantes. Isabela, joven y volcánicamente activa, seguiría prácticamente despoblada durante siglos, esperando su lugar en la historia.
Isabela tiene una historia que empieza mucho antes que la humana: una historia geológica que todavía se está escribiendo. Es la isla más grande del archipiélago —ella sola supera la mitad de toda la superficie terrestre de Galápagos— y también una de las más jóvenes. Su característica forma de caballito de mar es el resultado de la fusión de seis grandes volcanes en escudo alineados de norte a sur: Ecuador, Wolf, Darwin, Alcedo, Sierra Negra y Cerro Azul. El Wolf es, con sus 1.707 metros, el punto más alto de todo el archipiélago de Galápagos.
Los volcanes de Isabela están entre los más activos del archipiélago. Sierra Negra posee una de las calderas más grandes del mundo y ha tenido erupciones en tiempos recientes (la última importante en 2018); Cerro Azul y Wolf también han entrado en erupción en las últimas décadas. Esta actividad constante hace de Isabela un lugar privilegiado para ver, casi en vivo, cómo nacen y crecen las islas oceánicas a partir del vulcanismo.
La geología explica también la biología única de la isla. Cada volcán, aislado de los demás por extensos campos de lava difíciles de cruzar, desarrolló su propia subpoblación de tortugas gigantes, adaptada a su entorno: por eso en Isabela conviven varias formas de tortuga, una de las razones por las que el archipiélago es un laboratorio tan extraordinario de la evolución. Las Galápagos se asientan sobre un 'punto caliente' del manto terrestre, sobre el que la placa de Nazca se desplaza lentamente, generando islas cada vez más jóvenes hacia el oeste, donde está Isabela.
Como el resto del archipiélago, Isabela fue durante siglos refugio y despensa de piratas, corsarios, balleneros y cazadores de focas. Desde el siglo XVII, estos visitantes usaron las islas como escondite y punto de aprovisionamiento, y encontraron en las tortugas gigantes un recurso trágico: capaces de sobrevivir muchos meses sin comer ni beber, las cargaban por cientos en las bodegas como 'comida viva' para los largos viajes por mar. Se calcula que entre los siglos XVII y XIX se llevaron decenas de miles de tortugas del archipiélago, diezmando poblaciones enteras, incluidas las de los distintos volcanes de Isabela.
Pero el daño más persistente vino de las especies que dejaron atrás. En Isabela, las cabras introducidas se convirtieron en una verdadera plaga: sin depredadores naturales, se multiplicaron por decenas de miles y arrasaron con la vegetación de la que dependían las tortugas y otras especies nativas, alterando gravemente los ecosistemas de la isla. Cerdos, perros, gatos, ratas y burros asilvestrados completaron el cuadro, depredando huevos, crías y compitiendo con la fauna autóctona.
El combate contra estas especies invasoras es uno de los grandes capítulos de la conservación moderna en Galápagos. En Isabela, en particular, se llevaron adelante ambiciosos proyectos de erradicación de cabras a gran escala —de los mayores del mundo en su tipo— que, tras años de esfuerzo, lograron eliminar a cientos de miles de animales y permitieron la recuperación de la vegetación y de las poblaciones de tortugas. Es un recordatorio de hasta qué punto la llegada del ser humano transformó estas islas y del enorme trabajo que cuesta repararlo.
El destino político de Isabela —y de todo el archipiélago— quedó sellado el 12 de febrero de 1832, cuando el gobierno del Ecuador recién independizado tomó posesión formal de las Galápagos, que pasaron a llamarse oficialmente 'Archipiélago del Ecuador'. La figura clave fue el general José de Villamil, militar y empresario que impulsó la anexión y la primera colonización (en la isla Floreana). Su nombre quedó ligado para siempre a Isabela: su único pueblo, Puerto Villamil, lo lleva en su honor.
Tres años después, en septiembre de 1835, el buque HMS Beagle de la Armada británica recorrió el archipiélago en su viaje de circunnavegación, con el joven naturalista Charles Darwin a bordo. Darwin visitó varias islas y observó la fauna mansa y la variación de las especies de una isla a otra —las tortugas según el caparazón, las aves según el pico—, observaciones que, años más tarde, alimentarían su revolucionaria teoría de la evolución por selección natural, publicada en 1859 en 'El origen de las especies'.
La diversidad de tortugas de Isabela, con una forma distinta asociada a cada volcán, es precisamente el tipo de fenómeno que hizo de Galápagos el 'laboratorio viviente de la evolución'. Gracias a la anexión de 1832, cuando llegó el Beagle las islas ya eran territorio ecuatoriano, y sería el propio Ecuador quien, más de un siglo después, asumiría la enorme responsabilidad de protegerlas como Parque Nacional y patrimonio de la humanidad.
Isabela guarda uno de los episodios más sombríos de la historia humana de Galápagos. Durante buena parte del siglo XX, en distintos momentos, las islas albergaron colonias penales, aprovechando su aislamiento extremo como prisión natural. En Isabela funcionó una de ellas, y de aquella época proviene el monumento más cargado de dolor del archipiélago: el Muro de las Lágrimas.
Entre 1945 y 1959, los reclusos de la colonia penal de Isabela fueron obligados a construir, con sus propias manos y bajo un sol abrasador, un enorme muro de pesadísimas piedras de lava, de unos 100 metros de largo y varios metros de alto. El trabajo era brutal y esencialmente inútil —una forma de castigo más que una obra con propósito—, y se cobró la vida de muchos prisioneros por agotamiento, maltrato y condiciones inhumanas. De ese sufrimiento nació su nombre y la frase que lo acompaña: 'los débiles lloran y los fuertes mueren'.
La colonia penal terminó cerrándose hacia fines de los años cincuenta, en parte por los abusos y por incidentes violentos. Hoy el Muro de las Lágrimas sigue en pie, silencioso entre la vegetación, como un memorial que recuerda que el poblamiento de Galápagos no fue solo aventura y ciencia, sino también explotación y dureza. Visitarlo —tras un lindo recorrido en bici por playas y manglares desde Puerto Villamil— es una experiencia que invita a la reflexión sobre el costado más humano y trágico de la historia de las islas.
A mediados del siglo XX, el mundo tomó conciencia del valor irrepetible de las Galápagos y de las amenazas que las acechaban. El año decisivo fue 1959: coincidiendo con el centenario de 'El origen de las especies' de Darwin, Ecuador declaró Parque Nacional Galápagos a cerca del 97% de la superficie terrestre del archipiélago, dejando solo el 3% para las zonas pobladas como Puerto Villamil. Ese mismo año se creó la Fundación Charles Darwin, bajo el auspicio de la Unesco y la UICN, que en 1964 inauguraría su Estación Científica en Santa Cruz.
El reconocimiento internacional llegó en 1978, cuando las Galápagos se convirtieron en el primer sitio del mundo inscripto en la lista de Patrimonio Mundial Natural de la Unesco. Más tarde, el archipiélago sería declarado también Reserva de la Biosfera, y se establecería la Reserva Marina de Galápagos, una de las mayores áreas marinas protegidas del planeta, que abraza las ricas aguas del oeste de Isabela.
Hoy, Isabela vive el desafío permanente de equilibrar la vida de su pequeña población, el turismo y la conservación de un entorno excepcional y todavía volcánicamente activo. Las herramientas incluyen la tasa de entrada al Parque Nacional (actualizada en 2024) y la Tarjeta de Control de Tránsito, que regulan y financian la protección; los grandes proyectos de erradicación de especies invasoras como las cabras, que devolvieron salud a sus ecosistemas; la crianza y repatriación de tortugas gigantes en centros como el Arnaldo Tupiza; y la promoción de un turismo responsable, con guías naturalistas, cupos y reglas estrictas. Solo así, esta isla de fuego que tanto enamora a los viajeros podrá seguir siendo un santuario vivo de la evolución para las próximas generaciones.