En 2019, una guardaparques que caminaba entre la lava de Fernandina se topó con algo imposible: una tortuga gigante hembra, viva, de una especie que la ciencia daba por extinta desde hacía más de cien años. La bautizaron 'Fernanda'. Que una isla pueda esconder durante un siglo a un animal que se creía desaparecido dice mucho de Fernandina: es la más salvaje, la más joven y la más intacta de todas las Galápagos, un pedazo de planeta donde el ser humano casi no ha puesto el pie.
Fernandina es la isla más occidental de Galápagos y, geológicamente, la más joven y activa. Está situada justo sobre el punto caliente (hotspot) que da origen al archipiélago: una pluma de magma ascendente bajo la corteza oceánica que, a lo largo de millones de años, ha ido construyendo las islas a medida que la placa de Nazca se desplaza hacia el sureste. Como Fernandina se encuentra hoy sobre ese foco, es la isla en la que la actividad volcánica está más viva.
La isla es esencialmente un único gran volcán en escudo, La Cumbre, que entra en erupción con notable frecuencia —se cuenta entre los volcanes más activos del planeta—. Sus coladas de lava descienden por las laderas hasta el mar, renovando constantemente el terreno y manteniendo a la isla en un estado de juventud geológica perpetua, con extensos campos de lava negra casi desprovistos de vegetación.
Su nombre rinde homenaje al rey Fernando II de Aragón, Fernando el Católico, esposo de Isabel y copatrocinador del viaje de Colón. En inglés se la conoce también como Narborough Island. Es la tercera isla en tamaño del archipiélago.
Lo que hace de Fernandina un lugar verdaderamente excepcional, más allá de su vulcanismo, es su pureza ecológica. Es considerada una de las islas grandes más prístinas del mundo: nunca tuvo asentamientos humanos permanentes y, crucialmente, jamás sufrió la introducción de especies invasoras —cabras, cerdos, ratas, plantas exóticas— que devastaron tantas otras islas de Galápagos y del planeta. Por ello, su ecosistema permanece prácticamente intacto, tal como evolucionó de forma natural.
Esta condición la convierte en un laboratorio natural de valor incalculable y en el hogar de poblaciones de fauna en su estado más salvaje. Aquí prosperan las mayores colonias de iguanas marinas del archipiélago, el cormorán no volador (que sólo vive en Fernandina y la vecina Isabela), pingüinos de Galápagos, lobos marinos y serpientes endémicas, en un equilibrio que el ser humano apenas ha alterado.
Por su fragilidad y singularidad, Fernandina está sometida a una protección estrictísima dentro del Parque Nacional Galápagos. El acceso de visitantes se limita a un único sitio, Punta Espinoza, con normas rigurosas de bioseguridad para evitar la introducción accidental de semillas, insectos o microorganismos. Preservar la pureza de Fernandina es una de las prioridades de la conservación en el archipiélago, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Aunque Fernandina nunca tuvo habitantes, su volcán la hizo protagonista de episodios memorables de la exploración científica de Galápagos. En inglés la isla recibió el nombre de Narborough, en honor al almirante británico John Narborough. Durante el siglo XIX, balleneros y exploradores que cruzaban el canal de Bolívar dejaron testimonio de su actividad volcánica; en 1825, el capitán Benjamin Morrell presenció y narró una espectacular erupción que iluminó la noche y calentó las aguas a su alrededor, uno de los primeros relatos detallados de una erupción en el archipiélago.
A lo largo del siglo XX, naturalistas y expediciones científicas —entre ellas las de la Academia de Ciencias de California (1905-1906) y, más tarde, las de la Estación Científica Charles Darwin— estudiaron su fauna y su geología. En 1968, una de las erupciones de La Cumbre provocó un colapso espectacular del fondo de su caldera, que se hundió varios cientos de metros, un fenómeno geológico de gran interés que fue documentado por los vulcanólogos.
Las erupciones se han sucedido con regularidad hasta el presente —con eventos importantes en 2017, 2018, 2020 y 2024—, recordando que Fernandina sigue siendo una de las islas en formación más dinámicas del planeta. Cada erupción es seguida de cerca por el Instituto Geofísico del Ecuador y por los científicos del Parque, atentos a su impacto sobre la fauna, en especial las iguanas marinas y el cormorán no volador que dependen de sus costas.
La condición prístina de Fernandina hace de su conservación una prioridad absoluta y un caso modélico de gestión. En 1959, el Ecuador declaró Parque Nacional Galápagos al 97% de la superficie del archipiélago, y en 1978 la UNESCO incluyó las islas en la primera lista de Patrimonio de la Humanidad. Fernandina, como isla sin especies invasoras, recibió desde entonces el nivel de protección más alto: el acceso de visitantes se limita a un único sitio, Punta Espinoza, con grupos reducidos, senderos marcados y guías naturalistas obligatorios.
La amenaza más temida no es la erupción del volcán —parte natural de su dinámica— sino la introducción accidental de especies exóticas: una semilla pegada a una bota, un insecto en una mochila o una rata que llegue en una embarcación podrían alterar para siempre un ecosistema que evolucionó sin ellos. Por eso, antes de desembarcar, los visitantes y la tripulación deben cumplir estrictos protocolos de bioseguridad: limpieza de calzado y equipo, inspección de pertenencias y prohibición absoluta de llevar alimentos o materia orgánica a tierra.
En 2019, una expedición científica reavivó la fascinación por la isla al redescubrir en sus laderas un ejemplar de tortuga gigante de Fernandina (Chelonoidis phantasticus), una especie que se creía extinta desde hacía más de un siglo; el hallazgo confirmó que la isla aún guarda secretos. Fernandina sigue siendo, así, un laboratorio natural irreemplazable y la prueba viva de cómo era Galápagos antes de la llegada del ser humano: un patrimonio que el Ecuador y el mundo se esfuerzan por mantener intacto.
Que Fernandina rebose de vida es, en sí mismo, una paradoja. Su superficie es un desierto de basalto negro recién solidificado, con apenas manchones de vegetación pionera; casi toda la energía que sostiene a sus criaturas no viene de la tierra, sino del mar. Bajo el canal de Bolívar, entre Fernandina e Isabela, aflora la corriente submarina de Cromwell, un río de agua fría y cargada de nutrientes que asciende desde las profundidades y desata una explosión de plancton, peces e invertebrados. Toda la fauna de la isla se agolpa en la delgada franja donde la lava se encuentra con ese mar generoso.
De esa riqueza dependen las estrellas de Punta Espinoza. Las iguanas marinas —que aquí forman las mayores colonias del archipiélago— bucean para pastar algas en las aguas frías y luego se apilan de a cientos sobre la roca para recuperar el calor perdido. El cormorán no volador cambió sus alas por potentes patas y se volvió un cazador submarino de pulpos y anguilas; el pingüino de Galápagos, el único que vive en el ecuador, aprovecha esas mismas aguas para pescar. Y entre las grietas se desliza la serpiente de Galápagos, protagonista en 2016 de una de las secuencias de naturaleza más virales de la historia, cuando decenas de ellas persiguieron a una cría de iguana marina en un documental de la BBC filmado en estas costas.
Esta trama frágil, tejida sin la interferencia de ratas, cabras ni gatos, es lo que hace de Fernandina un tesoro irreemplazable. No hay segunda oportunidad: si una especie invasora llegara a establecerse, el equilibrio construido durante miles de años se rompería sin remedio. Por eso cada visitante que pisa Punta Espinoza carga con una responsabilidad enorme, la de dejar la isla exactamente como la encontró, para que siga siendo la ventana más limpia que tenemos al Galápagos original.