Mucho antes de la llegada de los españoles, el norte de la actual provincia de Esmeraldas fue cuna de una de las culturas más asombrosas de la América prehispánica: la cultura Tumaco-La Tolita, que floreció a ambos lados de lo que hoy es la frontera entre Ecuador y Colombia, aproximadamente entre el siglo V a.C. y el siglo IV-V d.C. Su nombre proviene de la isla de La Tolita, en el norte de Esmeraldas, un importante centro ceremonial donde se hallaron numerosas 'tolas' (montículos artificiales) y un extraordinario legado arqueológico.
La Tolita es célebre, sobre todo, por su orfebrería. Sus artesanos alcanzaron un dominio técnico que asombra a los especialistas: trabajaron el oro con maestría y, de manera notable, lograron trabajar el platino, un metal de altísimo punto de fusión, aleándolo y manipulándolo mucho antes de que la metalurgia europea supiera hacerlo. Produjeron joyas, máscaras, narigueras y figuras de gran refinamiento. La famosa representación de un sol con rostro radiante, ícono de esta cultura, se convirtió en uno de los grandes símbolos del patrimonio precolombino del Ecuador.
Más allá de su orfebrería, La Tolita dejó una rica cerámica y figuras rituales que muestran una sociedad compleja, con creencias y un arte muy desarrollados. Este legado revela la profundidad histórica de Esmeraldas, mucho antes de los procesos que definirían su identidad afro.
El nombre de la provincia y la ciudad, 'Esmeraldas', está rodeado de tradiciones. La explicación más difundida lo vincula a las esmeraldas o piedras verdes que, según las crónicas, los españoles habrían encontrado o buscado en esta región durante las primeras exploraciones del siglo XVI. La fama de unas supuestas esmeraldas en poder de los pueblos locales habría dado nombre al territorio.
Otra interpretación, complementaria, asocia el nombre al intenso verdor de la región: Esmeraldas es la 'provincia verde' por excelencia, cubierta de exuberante selva húmeda tropical, y ese paisaje de un verde profundo evocaría también la piedra preciosa. Sea cual fuere el origen exacto, el topónimo quedó fijado y se convirtió en sinónimo de esta esquina noroccidental del Ecuador.
Las primeras décadas de contacto con los españoles fueron complejas: la costa de Esmeraldas, de difícil acceso, selva cerrada y manglares, resultó un territorio arduo de colonizar, lo que contribuyó a que mantuviera durante mucho tiempo un carácter aislado y autónomo, escenario perfecto para el proceso que definiría su identidad: la formación de comunidades afro libres.
El acontecimiento que definió para siempre la identidad de Esmeraldas ocurrió en el siglo XVI. Según el relato más difundido, hacia 1553 un barco que transportaba personas esclavizadas naufragó frente a estas costas. Quienes lograron sobrevivir y liberarse se internaron en el territorio y, junto con otros africanos y afrodescendientes que fueron llegando, formaron comunidades de cimarrones (esclavizados fugados) y 'zambos' (de mezcla africana e indígena) que vivieron en libertad, lejos del control colonial español.
De ese proceso nació en la costa norte una sociedad afroindígena libre y notablemente autónoma, a veces llamada la 'república de zambos' de Esmeraldas. Sus líderes, entre ellos la figura emblemática de Alonso de Illescas, supieron resistir, negociar y mantener su independencia frente a la Corona, en un territorio que la dificultad geográfica volvía casi inexpugnable. Esmeraldas se convirtió así en uno de los pocos lugares de América donde una población de origen africano vivió libre desde muy temprano.
Esa raíz de libertad y autonomía marcó la identidad esmeraldeña hasta hoy. De ese crisol afroindígena, fundido luego con lo español, surgieron la marimba, los arrullos, las décimas, la espiritualidad y la gastronomía que hacen de Esmeraldas la cuna indiscutida de la cultura afroecuatoriana.
El legado más vivo de la historia de Esmeraldas es su cultura afroecuatoriana, y su máxima expresión es la marimba. La marimba —un instrumento de percusión de láminas de madera de chonta— es a la vez instrumento y género musical, y constituye el corazón de las fiestas, celebraciones y rituales de las comunidades afroesmeraldeñas. La acompañan los cununos (tambores), los bombos y los guasás (sonajeros), y la enriquecen cantos como los arrullos (vinculados a lo sagrado, los nacimientos y los velorios de niños, los 'angelitos') y las décimas (poesía cantada de tradición oral).
Esta riqueza cultural fue reconocida internacionalmente: la Unesco declaró la música de marimba y los cantos y bailes tradicionales de la región del Pacífico Sur (compartida por Esmeraldas, en Ecuador, y el sur del Pacífico colombiano) como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Es un reconocimiento al papel de esta tradición como factor de identidad, cohesión y memoria de los pueblos afrodescendientes de la región.
La cultura afroesmeraldeña no se limita a la música: incluye la danza, vibrante y expresiva; la espiritualidad; la tradición oral; y, de manera deliciosa, la gastronomía, con el coco y el plátano como protagonistas. Todo ello hace de Esmeraldas un territorio de patrimonio vivo, donde la historia de la libertad y el mestizaje se celebra cada día en la música, la palabra y la mesa.
Con la independencia y la formación del Ecuador, Esmeraldas se consolidó como capital de su provincia y como uno de los principales puertos del norte del país. Durante el siglo XX, la ciudad vivió un importante desarrollo ligado a varios factores: su puerto comercial, el crecimiento del turismo de playa en la provincia y, de manera decisiva, la industria petrolera. La instalación de la refinería estatal de Esmeraldas y del terminal del oleoducto que trae el crudo desde la Amazonía convirtió a la ciudad en un nudo clave de la economía energética ecuatoriana.
La provincia también se afianzó como destino turístico, gracias al circuito de playas del norte (Atacames, Tonsupa, Súa, Same) que atrae a multitudes de ecuatorianos, sobre todo de la sierra, en busca de sol, mar y la célebre vida nocturna de la costa esmeraldeña.
Como el resto de la costa norte, Esmeraldas fue afectada por el terremoto del 16 de abril de 2016 (magnitud 7,8), con epicentro en la costa de Manabí, que sacudió a toda la franja litoral y motivó tareas de reconstrucción. Más allá de los desafíos, Esmeraldas mantiene su doble carácter de ciudad portuaria e industrial y de capital cultural de la herencia afroecuatoriana, fiel a esa identidad de libertad, música y sabor que la hace única en el Ecuador.