El espectacular paisaje del Parque Nacional El Cajas —con sus cientos de lagunas, sus valles colgados y sus riscos— es, ante todo, obra de los glaciares. Durante las glaciaciones del Pleistoceno, esta región de la cordillera andina del sur del Ecuador estuvo cubierta por hielo. El avance y retroceso de los glaciares fue tallando la roca, excavando depresiones y arrastrando materiales, en un lento trabajo de erosión que modeló el relieve que hoy admiramos.
Cuando los hielos se retiraron, dejaron tras de sí un mosaico de cuencas y hondonadas que se llenaron de agua, dando origen a las innumerables lagunas que caracterizan al parque: se cuentan por cientos, de todos los tamaños, conectadas por arroyos y rodeadas de pajonales. Este tipo de paisaje, de origen glaciar, explica también el nombre 'Cajas', que algunos relacionan con las 'cajas' o cuencas encajonadas del terreno, y otros con una palabra kichwa referida al frío.
Esa herencia glaciar hace de El Cajas un lugar de gran valor científico y paisajístico. El terreno irregular, las lagunas escalonadas y la altitud crean un ambiente de páramo único, donde el agua es la gran protagonista. No es casualidad que aquí nazcan los ríos que abastecen a la ciudad de Cuenca: el parque es, literalmente, la fábrica de agua de la región.
A pesar de su altura y su clima riguroso, El Cajas no fue un territorio ajeno a la presencia humana. Por estos páramos pasaba un ramal del gran sistema vial andino, el Qhapaq Ñan o Camino del Inca, que conectaba la región de la sierra sur —en torno a la importante ciudad inca de Tomebamba, en el actual emplazamiento de Cuenca— con las tierras bajas y la costa del Pacífico. Atravesar El Cajas era una de las rutas para descender desde los Andes hacia el occidente.
De aquella red caminera prehispánica se conservan vestigios dentro del parque: tramos empedrados, restos de estructuras y la memoria de un paso que fue usado durante siglos, primero por los pueblos cañaris e incas y luego en época colonial y republicana. Estos restos arqueológicos añaden una dimensión histórica y cultural al valor natural del parque, testimonio de que incluso los páramos más inhóspitos formaron parte de las grandes rutas que articularon el mundo andino.
La zona también fue, en tiempos posteriores, escenario de actividades como el pastoreo y, en algunos sectores más bajos, de antiguas haciendas, cuyas huellas aún se aprecian en lugares como Llaviucu. Todo ello dibuja una larga relación entre el ser humano y este territorio de altura, mucho antes de que se convirtiera en área protegida.
La importancia ecológica e hídrica de El Cajas llevó, en la segunda mitad del siglo XX, a su protección legal. El 4 de julio de 1977 la zona fue declarada primero como Área Nacional de Recreación y, casi dos décadas después, el 11 de mayo de 1996, fue elevada a la categoría de Parque Nacional, con unas 29.000 hectáreas, reconociendo su valor como reservorio de biodiversidad y, sobre todo, como fuente de agua para Cuenca y su región. Las lagunas y humedales del parque alimentan los ríos que dan de beber a una de las ciudades más importantes del Ecuador.
Ese valor fue reconocido también a escala internacional: en 2002, los humedales de altura de El Cajas fueron incluidos en la lista de sitios Ramsar, el convenio internacional para la protección de humedales de importancia mundial, en atención a su papel en la regulación del agua y a su singular biodiversidad. El páramo de El Cajas alberga especies vegetales adaptadas al frío y la altura —como los pajonales, las almohadillas y los bosques de polylepis, los árboles que crecen a mayor altitud del mundo— y fauna como el cóndor andino, patos de altura, curiquingues y, en los sectores boscosos, una rica avifauna.
Hoy El Cajas combina su función de 'fábrica de agua' con la de destino turístico de naturaleza, gestionado para conservar su frágil equilibrio. Su cercanía a Cuenca lo ha convertido en una de las escapadas naturales más populares del sur del país, donde el visitante puede experimentar la belleza austera y silenciosa del páramo andino a pocos minutos de la ciudad.
Más allá de su belleza, El Cajas cumple una función vital y muy concreta: es la principal fuente de agua de Cuenca, la tercera ciudad del Ecuador. Las cientos de lagunas, los pajonales y los suelos esponjosos del páramo actúan como una gigantesca esponja que capta la lluvia y la neblina, la almacena y la libera lentamente, regulando el caudal de los ríos Tomebamba, Yanuncay, Mazán y otros que descienden hacia la ciudad. Esta capacidad de regulación hídrica es lo que convierte al páramo en un ecosistema de importancia estratégica, y la razón de fondo de su protección.
La empresa pública de agua de Cuenca (ETAPA) y diversas instituciones científicas estudian y monitorean el parque desde hace décadas, conscientes de que conservar el páramo es garantizar el agua de cientos de miles de personas. El Cajas se ha vuelto, así, un laboratorio natural para entender el funcionamiento de los páramos andinos, su biodiversidad y su papel en el ciclo del agua frente al cambio climático, que amenaza con alterar las lluvias y reducir la humedad de estos frágiles ecosistemas de altura.
En 2013, en reconocimiento a este conjunto de valores naturales y culturales, la UNESCO declaró el Macizo del Cajas como Reserva de Biosfera, una figura que abarca el parque nacional y su entorno e integra la conservación con el desarrollo sostenible de las comunidades. El reconocimiento internacional consolidó a El Cajas no solo como un destino de naturaleza cercano a Cuenca, sino como un territorio modelo donde se juega el equilibrio entre el agua, la biodiversidad y la vida humana en los Andes del sur ecuatoriano.
Si el agua es la protagonista de El Cajas, la vida que consiguió adaptarse a este mundo frío, ventoso y de aire enrarecido es su gran epopeya silenciosa. A más de 3.100 metros, y en buena parte por encima de los 4.000, las condiciones son extremas: heladas nocturnas, radiación solar intensa, neblina permanente y suelos ácidos y encharcados. Pese a ello, el páramo del Cajas alberga una biodiversidad sorprendente, con un alto grado de endemismo, es decir, especies que no existen en ningún otro lugar del planeta.
El símbolo botánico del parque es el bosque de polylepis, conocido localmente como quinua o árbol de papel por su corteza rojiza que se descama en finísimas láminas. Estos árboles nudosos, cubiertos de musgos y líquenes, forman rodales relictos que figuran entre los bosques que crecen a mayor altitud del mundo, y son refugio de aves especializadas como el matorralero de El Cajas (Atlapetes) y diversos colibríes de altura, entre ellos el metalura de Baron y el estrella ecuatoriana. Alrededor de estos bosquecillos, el paisaje se cubre de pajonales de la paja de páramo (Calamagrostis), almohadillas de plantas cojín y frailejones enanos que retienen el agua como esponjas vivas.
En el aire y las orillas de las lagunas, la fauna completa el cuadro. Sobre las cumbres puede recortarse la silueta del cóndor andino, la mayor ave voladora del continente y emblema de los Andes; en los pajonales patrullan el curiquingue —el carancho andino de rostro amarillo que aparece en el escudo del Ecuador— y el venado de cola blanca; y en los espejos de agua nadan el pato andino, las fochas y el zambullidor plateado. En los ríos fríos del parque se introdujeron truchas que hoy sostienen una pesca deportiva regulada, mientras que entre la vegetación se esconden anfibios endémicos, como pequeñas ranas del género Pristimantis descubiertas por la ciencia en tiempos recientes.
Esta trama de vida es tan valiosa como frágil. El páramo tarda siglos en formar sus suelos y recuperar su vegetación, y es especialmente vulnerable al pisoteo, al fuego y al cambio climático, que empuja las especies ladera arriba hasta que ya no queda montaña donde subir. Por eso, recorrer los senderos de El Cajas sin salirse de ellos, no arrancar musgos ni plantas y llevarse la basura no son solo buenas maneras: son la forma concreta en que cada visitante ayuda a que este mundo de altura siga vivo para quienes vengan después.