Mucho antes de que existiera la Cuenca española, este valle fértil del sur de los Andes fue el territorio del pueblo cañari, una de las culturas más importantes y aguerridas del antiguo Ecuador. Los cañaris habitaban la región austral —las actuales provincias del Azuay y el Cañar— desde hacía siglos, organizados en señoríos, dedicados a la agricultura, la orfebrería y el comercio, y con una rica vida religiosa ligada a la luna, las lagunas y la naturaleza.
En el lugar donde hoy se asienta Cuenca existía un asentamiento cañari que las fuentes nombran como Guapondelig, palabra que suele traducirse como 'llanura grande como el cielo' o 'tierra extensa de flores', en alusión a la amplitud y fertilidad del valle regado por sus ríos. Era un sitio destacado dentro del mundo cañari, en una zona privilegiada de la sierra sur.
Los cañaris dejaron una huella profunda en la identidad de la región. Su carácter combativo se manifestaría más tarde tanto frente a los incas como en las guerras de la conquista, y su legado pervive en la toponimia, la artesanía y la cultura del Azuay y el Cañar. Conocer su existencia es fundamental para entender que la historia de Cuenca no empieza con los españoles, sino mucho antes, con este pueblo originario que llamó suyo a este valle.
Hacia fines del siglo XV, el Imperio inca, en plena expansión hacia el norte, llegó al territorio cañari. La conquista no fue fácil: los cañaris ofrecieron una dura resistencia antes de ser sometidos por los ejércitos del Tahuantinsuyo. Una vez incorporada la región, los incas decidieron levantar allí, sobre Guapondelig, una de sus ciudades más importantes del norte del imperio: Tomebamba (Tumipampa).
Las crónicas describen a Tomebamba como una ciudad esplendorosa, concebida como una segunda Cusco: con templos, palacios, depósitos, acllahuasis (casas de las vírgenes del sol) y construcciones de fina cantería inca, regada por el río que hoy lleva su nombre, el Tomebamba. Era un centro político, religioso y administrativo de primer orden en la sierra austral, símbolo del poder inca en estas tierras recién conquistadas. La tradición la vincula además con la figura del gran inca Huayna Cápac, de quien varias fuentes dicen que pudo haber nacido aquí, lo que daría a Tomebamba un prestigio especial.
El esplendor duró poco. La guerra civil entre los hijos de Huayna Cápac, Atahualpa y Huáscar, golpeó duramente a la región, y la propia ciudad de Tomebamba habría sido arrasada en esos conflictos, en parte por el castigo de Atahualpa a poblaciones que apoyaron a su rival. Cuando llegaron los españoles, la gran ciudad inca ya estaba en ruinas. Hoy, sus vestigios se conservan sobre todo en el sector de Pumapungo, en Cuenca, testimonio del paso de los incas por este valle.
Tras la conquista del Tahuantinsuyo, la región austral quedó incorporada al dominio español, dentro de la jurisdicción de la Real Audiencia de Quito. Durante las primeras décadas, sin embargo, no hubo en este valle una ciudad española formalmente establecida; el lugar, con sus ruinas incas y su población cañari, seguía siendo un punto estratégico de paso y de recursos en el camino entre Quito y el sur.
La fundación llegó por orden del virrey del Perú, don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, que dispuso establecer una ciudad en este sitio. La tarea recayó en el capitán Gil Ramírez Dávalos, quien el 12 de abril de 1557 fundó la ciudad de Santa Ana de los Ríos de Cuenca, sobre o junto al antiguo emplazamiento de Tomebamba/Guapondelig. El nombre combinaba a la patrona, Santa Ana, una referencia a los ríos que atraviesan el valle y el topónimo 'Cuenca' en recuerdo de la ciudad española de Cuenca, de donde era originario el virrey que ordenó la fundación.
La nueva ciudad se trazó según el modelo español clásico: un damero regular de calles en cuadrícula en torno a una plaza central (el actual Parque Calderón), con solares repartidos entre los primeros vecinos, sede del cabildo y emplazamiento para la iglesia mayor. Ese trazado ordenado, conservado hasta hoy, sería con el tiempo uno de los grandes valores patrimoniales de Cuenca. Así nació, sobre un sustrato cañari e inca, la ciudad colonial que crecería como uno de los centros de la sierra austral.
Durante los siglos coloniales, Cuenca fue creciendo con tranquilidad como un centro regional de la sierra austral, dentro de la Real Audiencia de Quito y del Virreinato del Perú (y luego de Nueva Granada). No tuvo la grandeza monumental de Quito, pero se consolidó como una ciudad próspera apoyada en la agricultura y la ganadería de su fértil valle, en el comercio y en una activa vida artesanal y religiosa.
Las órdenes religiosas se instalaron pronto en la ciudad y levantaron iglesias, conventos y monasterios —dominicos, franciscanos, el monasterio de las carmelitas del Carmen de la Asunción, entre otros—, que articularon la vida espiritual y urbana de Cuenca y dejaron un patrimonio que aún hoy define su casco antiguo. Alrededor de las plazas y las parroquias se organizó la sociedad colonial, con sus jerarquías de españoles, criollos, mestizos e indígenas.
La región austral desarrolló además oficios y artesanías que la harían famosa: la cerámica, los tejidos, la orfebrería y el trabajo de la paja toquilla y otras fibras. El entorno rural cañari-mestizo abasteció a la ciudad y mantuvo vivas tradiciones que se mezclaron con las españolas. Hacia el final de la colonia, Cuenca era ya una ciudad consolidada, con su damero, sus iglesias y una identidad propia dentro del mosaico de la futura nación ecuatoriana, lista para sumarse al gran movimiento de la independencia.
El siglo XIX trajo a toda Hispanoamérica el gran movimiento independentista, y Cuenca tuvo en él un papel propio y destacado. Tras el primer grito de Quito en 1809 y en el contexto de las guerras de emancipación que recorrían el continente, las ciudades de la futura república fueron declarando, una tras otra, su separación de la Corona española.
Cuenca dio ese paso el 3 de noviembre de 1820. Ese día, los patriotas cuencanos —encabezados por figuras como José María Vázquez de Noboa y con el apoyo de la población y de tropas locales— proclamaron la independencia de la ciudad del dominio español, en un movimiento que sumó al sur a la causa libertaria. La gesta no estuvo exenta de combates contra las fuerzas realistas en los días y semanas siguientes, pero marcó el inicio de la vida autónoma de la región.
La fecha del 3 de noviembre quedó como una de las efemérides más importantes de la ciudad, celebrada cada año con las grandes fiestas de la independencia de Cuenca. La emancipación definitiva del conjunto del territorio llegaría poco después, con las campañas bolivarianas y la victoria de Pichincha en 1822, que selló la libertad de toda la antigua Audiencia de Quito. Cuenca se integró entonces, como el resto del país, a la Gran Colombia y, tras su disolución, a la naciente República del Ecuador en 1830, dentro de la cual se afianzó como una de sus principales ciudades.
Ya como parte de la República del Ecuador, Cuenca vivió a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX una de sus épocas más brillantes, que daría a la ciudad buena parte del rostro que conserva hoy. Fue el período en que se levantaron sus grandes iglesias monumentales —encabezadas por la imponente Catedral Nueva, cuya construcción empezó en 1885—, sus casonas señoriales de balcones de hierro forjado, sus plazas y su arquitectura republicana de aire afrancesado, fruto de la prosperidad de sus familias y del refinamiento de su sociedad.
Gran parte de ese esplendor se apoyó en un producto humilde y a la vez extraordinario: el sombrero de paja toquilla, conocido en el mundo como 'Panama hat'. A lo largo del siglo XIX y, sobre todo, en los auges de fines de ese siglo y comienzos del XX, el tejido y la exportación de estos sombreros —fabricados en Cuenca, el Azuay y la costa— se convirtieron en una importante fuente de riqueza para la región. Su fama mundial creció cuando se vendieron a los trabajadores del Canal de Panamá, lo que les dio su engañoso nombre.
Miles de tejedoras y tejedores de Cuenca y sus pueblos vivieron de este oficio, que se integró a la identidad de la ciudad. Esa combinación de bonanza económica, vida cultural intensa (Cuenca es conocida como la 'Atenas del Ecuador' por sus poetas, músicos e intelectuales) y refinamiento urbano cristalizó en el conjunto patrimonial que hoy admira el visitante. El tejido tradicional del sombrero de paja toquilla fue reconocido por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2012.
El reconocimiento internacional al valor de Cuenca llegó a fines del siglo XX. El 1 de diciembre de 1999, la Unesco inscribió el Centro Histórico de Santa Ana de los Ríos de Cuenca en la Lista del Patrimonio Mundial, sumando a la ciudad al selecto grupo de sitios protegidos por la humanidad. El comité valoró el excepcional conjunto urbano: el trazado en damero de origen colonial conservado durante más de cuatro siglos, la armonía de su arquitectura colonial y republicana, y la fusión de tradiciones europeas y locales en un paisaje urbano de gran belleza.
La distinción consagró lo que los cuencanos siempre supieron: que su ciudad, con sus cúpulas celestes, sus casonas, sus iglesias, su río Tomebamba bordeado por El Barranco y su damero ordenado, es uno de los conjuntos históricos más valiosos y mejor conservados de América. El reconocimiento trajo prestigio y turismo, pero también el compromiso de proteger ese patrimonio frente al crecimiento de una ciudad viva.
Hoy Cuenca es la tercera ciudad del Ecuador y un destino que combina su riqueza histórica con una calidad de vida apacible que atrae a viajeros y a una notable comunidad de residentes extranjeros. Conserva su ritmo tranquilo, su cultura del café y de las artes, sus mercados, sus oficios tradicionales —con el sombrero de paja toquilla a la cabeza— y su orgullo de 'Atenas del Ecuador'. Recorrer su centro es leer, en sus piedras y cúpulas, la larga historia que va de los cañaris de Guapondelig y los incas de Tomebamba a la elegante ciudad republicana que el mundo declaró Patrimonio de la Humanidad.