Imaginá una sola área protegida donde, en pocas decenas de kilómetros en línea recta, se pasa de un páramo helado a más de 4.000 metros —con lagunas de cráter y vicuñas del frío— a una selva lluviosa y sofocante casi al nivel del mar, habitada por jaguares y ranas venenosas. Ese descenso vertiginoso, uno de los más completos del planeta, es la Reserva Ecológica Cotacachi-Cayapas, que protege una gradiente continua desde los Andes de Imbabura hasta los bosques del Chocó en la vertiente del Pacífico. Quien pudiera recorrerla entera atravesaría páramo, bosque andino, bosque nublado y selva tropical, una sucesión de ecosistemas que muy pocos lugares del mundo concentran en una misma unidad.
Esa variación de altitudes, climas y ambientes se traduce en una biodiversidad excepcional. El sector occidental forma parte del Chocó biogeográfico, una de las regiones de mayor riqueza de especies y endemismo del planeta, donde la abundante lluvia y la complejidad del relieve generan una explosión de vida: incontables especies de plantas, aves, anfibios, insectos y mamíferos, muchas de ellas exclusivas de esta franja y que no existen en ningún otro sitio de la Tierra.
La reserva fue creada precisamente para conservar esa continuidad ecológica y la inmensa biodiversidad que alberga. Su nombre une sus dos extremos: el volcán Cotacachi, en la sierra de Imbabura, y la cuenca de los ríos Cayapas, en la selva de Esmeraldas. Esa dualidad —páramo y selva, sierra y costa, frío y calor— es la esencia de la reserva y lo que la convierte en una de las áreas naturales más importantes y singulares del Ecuador.
La reserva no es solo naturaleza: es también territorio de pueblos con honda raíz histórica. En el sector andino, en torno al volcán Cotacachi y la laguna de Cuicocha, viven comunidades kichwa de Imbabura, herederas de los antiguos pueblos del norte andino. Para ellas, el volcán Cotacachi —presentado a menudo como una figura femenina, 'Mama Cotacachi'— y la laguna de Cuicocha son lugares sagrados, escenario de rituales y de una cosmovisión que vincula montañas, agua y vida.
En el sector occidental, en la selva del Chocó y la cuenca de los ríos Cayapas y Santiago, el territorio es ancestralmente habitado por el pueblo afroecuatoriano —descendiente de africanos esclavizados que, desde tiempos coloniales, conformaron comunidades libres en esta apartada región costera— y por la nacionalidad indígena Chachi (históricamente conocidos como 'cayapas'). Ambos pueblos desarrollaron una profunda relación con el bosque y los ríos, base de su sustento, su cultura y su identidad.
Esta presencia humana, lejos de ser ajena a la reserva, forma parte de su valor. Los conocimientos tradicionales sobre el bosque, las prácticas de manejo de los ríos y las expresiones culturales —la marimba afroesmeraldeña, la artesanía Chachi, los rituales andinos— son patrimonio vivo del área protegida. El turismo comunitario que algunas de estas comunidades desarrollan busca, hoy, compartir esa riqueza cultural y, a la vez, sostener la conservación del territorio.
Ante el valor ecológico de esta franja que une los Andes con el Pacífico, el Estado ecuatoriano la protegió por primera vez el 29 de agosto de 1968, lo que la convierte en una de las áreas protegidas más antiguas del país; en 1979 quedó formalmente integrada al sistema nacional como reserva ecológica, con una superficie inicial de unas 204.420 hectáreas. Ampliaciones posteriores (2002 y 2017) llevaron la reserva a superar las 270.000 hectáreas, consolidándola como una de las más extensas del Ecuador continental. El objetivo fue conservar tanto la gradiente de ecosistemas como las cuencas hidrográficas, las especies amenazadas y los paisajes de páramo, bosque nublado y selva del Chocó.
La gestión de un área tan vasta y diversa no está exenta de desafíos. El sector andino, accesible y turístico, debe equilibrar la afluencia de visitantes —sobre todo en Cuicocha— con la protección del frágil páramo. El sector del Chocó, mucho más remoto, enfrenta amenazas históricas como la deforestación, la expansión de la frontera agrícola, la minería y la presión sobre los territorios de las comunidades. La conservación de esta parte de la reserva está estrechamente ligada al respeto de los derechos y los modos de vida de los pueblos afroecuatoriano y Chachi.
Hoy, Cotacachi-Cayapas sigue siendo una de las joyas del patrimonio natural ecuatoriano y un símbolo de la diversidad del país: en una sola reserva conviven el frío páramo andino con sus lagunas de cráter y la cálida y húmeda selva del Chocó con sus ríos y comunidades. Para el viajero, ofrece dos experiencias muy distintas —la del senderismo de altura y la de la selva tropical comunitaria— unidas bajo el mismo manto de protección.
El emblema del sector andino de la reserva, la laguna de Cuicocha, es a la vez un fenómeno geológico y un lugar cargado de significado cultural. Se formó hace unos 3.000 años, cuando una violenta erupción explosiva en el flanco sur del volcán Cotacachi vació la cámara magmática y dejó una gran caldera que con el tiempo se llenó de agua. Sus dos islotes centrales —Teodoro Wolf y Yerovi— son domos de lava que emergieron en erupciones posteriores. El sistema volcánico sigue considerándose potencialmente activo, y de hecho del fondo de la laguna emanan gases, señal de que el volcán no está del todo dormido.
Para los pueblos kichwa de Imbabura, Cuicocha y el Cotacachi forman parte de una geografía sagrada. La montaña, 'Mama Cotacachi', es una deidad femenina que dialoga con el masculino Taita Imbabura; la tradición cuenta historias de amores y celos entre las montañas que explican las nieves y las lluvias. La laguna es escenario de rituales, baños purificadores en festividades como el Inti Raymi y ceremonias andinas que reconocen el poder de los cerros y el agua.
Esa doble naturaleza —caldera volcánica viva y santuario de la cosmovisión andina— hace de Cuicocha mucho más que un paisaje hermoso: es un lugar donde la geología profunda de la Tierra y la espiritualidad de los pueblos originarios se encuentran. Conocer esa dimensión enriquece enormemente la visita.