Hay lugares en Galápagos que parecen sacados de otro planeta, y Bartolomé es el más fotografiado de todos ellos: un islote diminuto, ocre y rojizo, tan árido que sus campos de ceniza y sus conos de lava recuerdan a la superficie de la Luna, plantado junto a un mar de un turquesa imposible. Ese contraste brutal entre la roca muerta y el agua viva es, en buena medida, el secreto de su fama.
La isla Bartolomé es un islote volcánico relativamente joven situado frente a la costa oriental de la isla Santiago, en el centro del archipiélago de Galápagos. Su origen, como el de todas las islas del archipiélago, está ligado al punto caliente (hotspot) de Galápagos: una pluma de magma bajo la corteza oceánica que ha dado lugar, a lo largo de millones de años, a una cadena de islas volcánicas a medida que la placa de Nazca se desplaza sobre ella hacia el sureste. Las islas del oeste son las más jóvenes y activas; las del este, las más antiguas y erosionadas.
Bartolomé conserva una notable colección de formas volcánicas en un espacio reducido: conos de salpicadura (spatter cones), conos de toba, tubos de lava, campos de ceniza y coladas de aspecto reciente. Su terreno pobre, casi sin suelo, apenas admite plantas pioneras muy resistentes, como el cactus de lava (Brachycetheum, el primer colonizador de las coladas jóvenes) y la 'tiquilia', un arbusto rastrero que tapiza la arena volcánica.
El punto más alto del islote ronda los 114 metros, y su rasgo más célebre es el Pináculo (Pinnacle Rock), una afilada aguja de basalto y toba que se eleva junto a la bahía. Se formó por una erupción submarina y la posterior erosión de un cono de ceniza compactada, esculpido por el oleaje y el viento hasta adquirir su forma reconocible. Un dato curioso y bien documentado: durante la Segunda Guerra Mundial, los pilotos estadounidenses apostados en la base militar de Baltra usaban el Pináculo como blanco de tiro; tan real es la historia que en 2010 unos pescadores desenterraron en Bartolomé un depósito de doce bombas de aquella época. Hoy, en cambio, esa misma roca es el ícono visual del archipiélago.
El nombre de la isla rinde homenaje a un oficial de la marina británica. Durante los relevamientos hidrográficos de las islas Galápagos realizados en la década de 1830 —los mismos que se llevaron a cabo durante el famoso segundo viaje del HMS Beagle, que trajo a Charles Darwin al archipiélago en 1835—, varias islas e islotes recibieron nombres ingleses en honor a militares y personajes de la época. Bartolomé honra al teniente David Bartholomew, de la Royal Navy.
El viaje del Beagle resultó decisivo para la historia de la ciencia: las observaciones de Darwin sobre la fauna de Galápagos, en especial las diferencias entre especies de distintas islas, fueron una de las semillas de su teoría de la evolución por selección natural, publicada en 'El origen de las especies' en 1859.
Desde mediados del siglo XX, con la creación del Parque Nacional Galápagos en 1959 y la posterior declaración del archipiélago como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, Bartolomé quedó protegida como uno de los sitios de visita más populares y cuidados del archipiélago. Su acceso está estrictamente regulado: la pasarela de madera hacia el mirador, por ejemplo, protege el frágil suelo volcánico de la erosión causada por los visitantes, en línea con el modelo de conservación que rige en todo Galápagos.
El segundo viaje del HMS Beagle (1831-1836), bajo el mando del capitán Robert FitzRoy, tenía como misión completar el relevamiento hidrográfico de las costas de Sudamérica. A bordo viajaba como naturalista un joven Charles Darwin, que en septiembre y octubre de 1835 pasó cinco semanas explorando varias islas del archipiélago de Galápagos, entre ellas Santiago, vecina de Bartolomé.
Durante esa visita, Darwin recolectó especímenes y tomó notas sobre la fauna y la flora de las islas. Aunque su célebre intuición sobre la evolución se consolidó años después, en Londres, fueron clave las diferencias que observó entre los animales de unas islas y otras: las variaciones en los pinzones, los sinsontes y las tortugas gigantes según la isla de origen le sugirieron que las especies podían cambiar y diversificarse a partir de un ancestro común.
Esas observaciones fueron una de las semillas de la teoría de la evolución por selección natural, que Darwin publicó en 1859 en 'El origen de las especies', una de las obras más influyentes de la historia de la ciencia. Por eso Galápagos —y con él islotes como Bartolomé— quedó para siempre asociado al nacimiento del pensamiento evolutivo.
A primera vista, Bartolomé parece un lugar donde nada podría vivir: roca volcánica, ceniza y un sol que golpea sin tregua. Y sin embargo, sus aguas y sus orillas concentran algunos de los encuentros más asombrosos de todo Galápagos. El protagonista es el pingüino de Galápagos (Spheniscus mendiculus), la única especie de pingüino que habita en el hemisferio norte —parte del archipiélago cruza la línea ecuatorial— y la más septentrional del planeta. Que un pingüino, ave asociada al hielo antártico, viva prácticamente sobre el ecuador es una de las grandes paradojas del archipiélago, y se explica por las frías corrientes marinas, sobre todo la de Humboldt, que arrastran aguas ricas en alimento hasta estas islas.
Esos pingüinos, pequeños y veloces, descansan sobre las rocas del Pináculo y cazan en la bahía, donde es habitual toparse con ellos durante el snorkel. Compartiendo esas mismas aguas nadan tortugas verdes, rayas, tiburones de punta blanca y cardúmenes de peces tropicales; sobre la roca se posan piqueros, gaviotas de lava, garzas y pelícanos, y en el cielo puede aparecer el halcón de Galápagos, el gran depredador nativo del archipiélago.
En la playa sur, rodeada de un pequeño manglar, las tortugas marinas verdes suben a desovar en la arena, motivo por el cual esa orilla suele estar cerrada al baño. Es un recordatorio de que Bartolomé, por más 'lunar' que parezca, es también un refugio de vida frágil. La sensación de nadar junto a un pingüino en pleno trópico, con una aguja de lava recortada contra el cielo, resume por qué esta islita minúscula figura en la lista de imperdibles de casi todos los que visitan Galápagos.
El archipiélago de Galápagos fue anexado por el Ecuador en 1832 y, durante más de un siglo, tuvo una historia de asentamientos dispersos, colonias penales y explotación de recursos. La conciencia sobre su valor único creció en el siglo XX: en 1959, al cumplirse cien años de la publicación de 'El origen de las especies', Ecuador declaró Parque Nacional Galápagos al 97% de la superficie terrestre del archipiélago, y ese mismo año se creó la Fundación Charles Darwin para la investigación científica.
En 1978, Galápagos fue uno de los primeros sitios del mundo en ser declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y en 1986 se creó además la Reserva Marina. Bartolomé, por su belleza y fragilidad, quedó como uno de los sitios de visita más populares y a la vez más cuidados del Parque.
El modelo de conservación de Galápagos regula estrictamente el turismo: número limitado de visitantes por sitio, recorridos siempre con guía naturalista autorizado, senderos marcados y estructuras como la pasarela de madera de Bartolomé, que protege el frágil suelo volcánico de la erosión. La tarifa de ingreso al Parque —duplicada a US$ 200 para extranjeros en 2024— financia parte de esta conservación.