Pocas ciudades del Ecuador cargan su historia en el propio nombre de una cultura arqueológica: la 'cultura Bahía', que floreció en esta costa hace más de dos mil años, se llama así justamente por este rincón del estuario del río Chone. Mucho antes de la llegada de los españoles, la península donde hoy se asienta Bahía de Caráquez estuvo habitada por pueblos de la costa manabita, herederos de una larga tradición de navegantes y comerciantes del mar. La zona formó parte del área de desarrollo de culturas costeras de gran antigüedad, entre ellas la propia cultura Bahía (que da nombre a un período arqueológico de la costa ecuatoriana) y, más tarde, la cultura Manteña.
Estos pueblos aprovecharon la extraordinaria riqueza del estuario y los manglares: pescaban, recolectaban moluscos y crustáceos, y comerciaban a lo largo de la costa. Los manglares, hoy revalorizados por su importancia ecológica, eran ya entonces una despensa natural y un ambiente clave para la vida de las comunidades. La concha Spondylus, tan apreciada en el mundo prehispánico, circulaba por estas costas dentro de las redes de intercambio manteñas.
La geografía singular del lugar —una península entre el río y el mar— ofrecía a la vez recursos abundantes y una posición estratégica sobre el estuario, lo que explica la presencia humana en la zona desde tiempos muy remotos.
El nombre 'Caráquez' remite a los antiguos 'caras' o 'caráquez', un pueblo de la costa de Manabí que la tradición histórica ecuatoriana vincula con uno de los relatos más famosos —y debatidos— sobre el poblamiento de los Andes del país. Según ese relato, recogido por cronistas e historiadores, los caras habrían arribado por mar a estas costas y, desde aquí, habrían migrado hacia el interior andino, donde se asociarían con el llamado Reino de Quito de los Shyris. La bahía del estuario habría sido, en esa narración, el punto de desembarco de aquel pueblo.
Esta historia, difundida sobre todo por el cronista colonial Juan de Velasco en el siglo XVIII, formó parte durante mucho tiempo del relato tradicional sobre los orígenes del Ecuador prehispánico. Sin embargo, la historiografía moderna la mira con cautela y la considera en buena medida legendaria o no comprobada arqueológicamente, por lo que hoy se presenta más como tradición que como hecho establecido.
Lo que sí quedó fijado fue el topónimo: la región y la población heredaron el nombre de aquellos 'caráquez', y la ciudad pasó a llamarse Bahía de Caráquez, conservando en su nombre la huella de esa antigua tradición costera.
Durante el período colonial, la zona del estuario del río Chone fue un punto secundario de la costa de Manabí, dedicado a la pesca y al comercio menor. La consolidación de la población de Bahía de Caráquez como ciudad se dio sobre todo en el siglo XIX, ya en la época republicana, cuando su puerto sobre el estuario cobró importancia para la economía regional.
Bahía vivió entonces un período de prosperidad ligado a la exportación de los productos del agro manabita: el café, el cacao y, en ciertos momentos, el caucho y otros productos salían por su puerto rumbo a otros destinos. Esa bonanza dejó su huella en la ciudad, que se dotó de casonas, residencias y edificios de aire señorial, reflejo de las familias y el comercio que florecieron al calor de la exportación.
La ciudad se convirtió en cabecera del cantón Sucre, dentro de la provincia de Manabí, y consolidó su perfil de población elegante y tranquila, distinto del de otros puertos más bulliciosos de la costa. Su posición en la punta de la península, casi rodeada de agua, terminó de definir su carácter singular dentro del litoral ecuatoriano.
El tramo más decisivo de la historia reciente de Bahía de Caráquez llegó a fines de los años noventa, cuando la ciudad sufrió dos golpes naturales seguidos. Primero, el devastador fenómeno de El Niño de 1997-1998, que trajo lluvias torrenciales, desbordes, deslizamientos e inundaciones a la costa ecuatoriana, con graves daños en la zona. Y poco después, el 4 de agosto de 1998, un fuerte terremoto de magnitud 7,2 (Mw), con epicentro a apenas 3 km de la ciudad, sacudió la región y dañó seriamente edificios y viviendas: fue el llamado terremoto de Bahía de Caráquez de 1998.
Frente a esa doble catástrofe, en lugar de limitarse a reconstruir lo perdido, un sector de la comunidad de Bahía impulsó una idea novedosa: refundar la ciudad bajo un paradigma ecológico. Así, el 23 de febrero de 1999, Bahía se declaró oficialmente 'eco-ciudad', y comenzó a desarrollar iniciativas pioneras en el Ecuador: programas de reforestación de los manglares degradados del estuario, separación y reciclaje de residuos, agricultura orgánica, jardines y huertos comunitarios, taxis ecológicos y la creación del 'Bosque en Medio de las Ruinas', una pequeña reserva de bosque seco levantada sobre los escombros que dejó El Niño.
Esta apuesta convirtió a Bahía en un caso de referencia del ambientalismo en el país y le dio una identidad particular, muy ligada a la recuperación de su entorno natural. La reforestación de manglares y la creación de refugios de vida silvestre como la Isla Corazón se enmarcan en esa visión, que combina conservación, participación comunitaria y turismo responsable.
La historia de Bahía de Caráquez volvió a cruzarse con la fuerza de la naturaleza el 16 de abril de 2016, cuando un terremoto de magnitud 7,8, con epicentro en la costa de Manabí (zona Pedernales-Cojimíes), sacudió a toda la provincia. El sismo —el más destructivo del Ecuador en décadas— causó numerosas víctimas y daños severos en localidades como Pedernales, Manta, Portoviejo y Canoa, y también afectó a Bahía de Caráquez, que ya cargaba con la experiencia del terremoto de 1998.
La región emprendió un largo proceso de reconstrucción, con ayuda nacional e internacional, para recuperar viviendas, infraestructura y la actividad turística. Bahía, fiel a su perfil tranquilo, fue retomando su vida cotidiana y su rol de destino apacible de naturaleza, manglares y descanso.
Hoy, Bahía de Caráquez combina varias capas de su historia: la herencia de los pueblos costeros prehispánicos, la prosperidad exportadora reflejada en su arquitectura señorial, la identidad de eco-ciudad nacida de las catástrofes de los noventa y la resiliencia frente a los terremotos. Es una ciudad que invita a desacelerar, a recorrer sus manglares y su estuario, y a entender cómo una comunidad costera eligió reinventarse en clave ecológica frente a la adversidad.