La historia moderna de Alausí está indisolublemente unida a la del ferrocarril del Ecuador. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, el país emprendió una obra colosal y largamente soñada: construir una línea férrea que uniera la capital, Quito, en plena sierra, con el principal puerto, Guayaquil, en la costa. El proyecto, impulsado con fuerza durante el gobierno del presidente Eloy Alfaro, pretendía integrar un país profundamente dividido por la geografía, conectando la sierra andina con la llanura costera.
El gran desafío era topográfico. El ferrocarril debía remontar la abrupta cordillera de los Andes, salvando enormes desniveles en distancias cortas, a través de un terreno de cañones, pendientes vertiginosas y zonas inestables. La construcción, a cargo de ingenieros —muchos de ellos extranjeros— y de miles de trabajadores, fue una empresa titánica que enfrentó condiciones extremas: el clima, las enfermedades tropicales en las zonas bajas, los derrumbes y la dureza del relieve.
Dentro de ese trazado heroico, un punto se convirtió en el símbolo de toda la obra y en su mayor reto: el descenso por un escarpado farallón de roca conocido como la Nariz del Diablo. Resolver cómo bajar por allí los rieles puso a prueba todo el ingenio de los constructores y se transformó en la página más famosa —y más trágica— de la historia del ferrocarril ecuatoriano.
La Nariz del Diablo es un imponente promontorio rocoso, casi vertical, que se interponía en el camino del ferrocarril. Bajar por una pared semejante con un tren resultaba, en principio, imposible: ninguna locomotora podía descender de frente una pendiente tan pronunciada. La solución, audaz y brillante, fue construir un sistema de zigzags (también llamado de 'switchbacks'): una serie de tramos de vía en forma de zeta, de modo que el tren avanza hasta el final de un tramo, los operarios cambian las agujas, y la locomotora retrocede en marcha atrás por el siguiente tramo, descendiendo así escalonadamente por la cara de la montaña.
Excavar esos rieles en la roca viva del farallón fue una obra extraordinariamente peligrosa. La construcción de este tramo, llevada a cabo en las primeras décadas del siglo XX, se cobró la vida de numerosos trabajadores, entre ellos muchos jornaleros traídos para la dura faena. La leyenda popular —y el sobrecogedor nombre del lugar— recogen esa mezcla de proeza y sacrificio: domar la 'Nariz del Diablo' tuvo un altísimo costo humano.
Una vez terminado, el tramo de la Nariz del Diablo se convirtió en una maravilla de la ingeniería ferroviaria, admirada en todo el mundo, y en un símbolo de la determinación con la que el Ecuador logró unir por riel su sierra y su costa. Alausí, situada en lo alto de ese descenso, quedó ligada para siempre a esta hazaña.
El paso del ferrocarril transformó a Alausí. De ser un pueblo serrano más, pasó a convertirse en una parada importante de la línea Quito–Guayaquil y en un centro de actividad ligado al tren. La estación, los trabajadores ferroviarios y el movimiento de pasajeros y mercancías dieron vida al pueblo, cuya arquitectura de casas coloridas con balcones de madera refleja ese período de auge.
Con el paso de las décadas, el ferrocarril ecuatoriano entró en decadencia frente al transporte por carretera, y muchas líneas dejaron de operar como medio de transporte regular. Sin embargo, el atractivo del tramo de la Nariz del Diablo encontró una segunda vida en el turismo: el recorrido en tren por los zigzags del farallón se convirtió en una de las experiencias turísticas más buscadas del Ecuador, atrayendo a viajeros de todo el mundo a Alausí. En distintas etapas se rehabilitó la línea como tren turístico, con la estación de Sibambe acondicionada en la base.
La operación del tren turístico, no obstante, ha sido irregular, con periodos de suspensión por motivos económicos y de gestión, por lo que conviene siempre verificar su funcionamiento. Más allá del tren, Alausí conserva su encanto de pueblo ferroviario, presidido por la estatua de San Pedro y rodeado de paisajes andinos, como testimonio vivo de la epopeya del ferrocarril que un día unió la sierra y la costa del Ecuador.
La etapa más reciente de la historia de Alausí ha estado marcada por la suerte cambiante de su tren. Tras la decadencia del ferrocarril como medio de transporte regular en la segunda mitad del siglo XX, el Estado ecuatoriano apostó, ya entrado el siglo XXI, por rehabilitar tramos emblemáticos como atractivo turístico. La empresa pública Ferrocarriles del Ecuador (FEEP) invirtió en restaurar estaciones, locomotoras y vías, y el tramo de la Nariz del Diablo se convirtió en el buque insignia de esa red turística, con la estación de Sibambe acondicionada en la base del farallón y presentaciones culturales de las comunidades puruháes.
Durante la década de 2010, el tren turístico de la Nariz del Diablo vivió años de esplendor, recibiendo a viajeros de todo el mundo y dinamizando la economía de Alausí. Sin embargo, en 2020 la empresa Ferrocarriles del Ecuador fue declarada en liquidación por problemas financieros, agravados por la pandemia de COVID-19, y el servicio se suspendió. El cierre golpeó duramente a Alausí, cuya economía dependía en buena medida del flujo de turistas que llegaba por el tren.
A esa crisis se sumó, en marzo de 2023, una tragedia ajena al ferrocarril: un gran deslizamiento de tierra (uno de los mayores desastres recientes del país) afectó parte del cantón y dejó numerosas víctimas, marcando profundamente a la comunidad. En medio de ese contexto difícil, las autoridades nacionales y locales trabajaron en la rehabilitación del tramo: en 2024 el Ministerio de Infraestructura y Transporte y el municipio de Alausí firmaron un convenio para reactivar los 12 km de vía, y en julio de 2025 el tren volvió a circular. Aun así, la operación ha seguido siendo irregular, con nuevas suspensiones por trabajos de seguridad, lo que refleja los desafíos de sostener un patrimonio tan valioso como frágil.