Roskilde nació en el corazón de la era vikinga, en el fondo de un fiordo que era una autopista natural hacia el mar. Su propio nombre lo cuenta: se cree que deriva de 'Roars kilde', el manantial del legendario rey Roar (Hroðgar), la misma figura mítica que aparece en el poema anglosajón Beowulf, unido a la palabra 'kilde' ('fuente' o 'manantial'). La zona estaba ligada desde tiempos remotos a las sagas de los reyes daneses, y a pocos kilómetros, en Lejre, se ha excavado lo que fue una gran sede real de la dinastía Skjöldung, con enormes salones de banquetes de la Alta Edad Media.
La tradición atribuye la fundación de la ciudad al rey Harald Blåtand, Harald 'Diente Azul', que reinó en la segunda mitad del siglo X. Este monarca fue una figura decisiva: unificó buena parte de Dinamarca, la convirtió al cristianismo y dejó constancia de sus hazañas en las célebres piedras rúnicas de Jelling, en Jutlandia. Un dato curioso lo hizo famoso mil años después: la tecnología inalámbrica Bluetooth toma su nombre de él, y su logotipo combina las runas de sus iniciales, en homenaje a un rey que 'unió' pueblos como la tecnología une dispositivos. Según la tradición, Harald murió y fue enterrado en Roskilde hacia el año 985-987.
En aquella Roskilde vikinga y de la temprana Edad Media se levantó una de las primeras iglesias cristianas de madera de todo el reino, germen de la futura catedral. La ciudad, protegida en el fondo de su fiordo, se convirtió pronto en un centro de poder real y religioso de primer orden, en un momento en que Dinamarca dejaba atrás el paganismo nórdico para entrar en la Europa cristiana.
Durante la Alta y Plena Edad Media, Roskilde fue una de las ciudades más importantes de Dinamarca, y durante un tiempo su capital efectiva. Los reyes tenían aquí residencia, y sobre todo la ciudad se consolidó como la gran sede episcopal del reino: el obispo de Roskilde era una de las personas más poderosas de Dinamarca, con vastas propiedades y una enorme influencia política. La figura clave fue Absalón, obispo de Roskilde y luego arzobispo de Lund, guerrero y hombre de Estado, consejero de reyes y fundador —según la tradición— de la fortaleza que daría origen a Copenhague en 1167.
Fue Absalón quien, hacia 1170, impulsó la construcción de la actual catedral de ladrillo en el lugar de las antiguas iglesias de madera y piedra. La obra, en el nuevo estilo gótico de ladrillo, se prolongó durante décadas y convirtió a Roskilde en un faro arquitectónico cuyo modelo se difundiría por todo el Báltico. La ciudad llegó a tener, en su apogeo medieval, una impresionante cantidad de iglesias, monasterios y conventos —se habla de más de una docena de templos—, lo que la hizo célebre como ciudad de campanarios y centro espiritual del reino.
Roskilde vivió así una edad dorada como capital religiosa. Peregrinos, clérigos y nobles acudían a la ciudad, y su catedral empezó a acoger las tumbas de reyes y obispos. Sin embargo, la creciente importancia de Copenhague —mejor situada para el comercio del Báltico y elegida capital real en 1443— fue restando protagonismo político a Roskilde, que quedó cada vez más como sede eclesiástica que como centro de poder mundano.
El siglo XVI trajo un vuelco radical. En 1536, Dinamarca adoptó la Reforma protestante luterana, y el poder de la Iglesia católica se derrumbó. Para Roskilde, ciudad que vivía en buena medida de su enorme aparato eclesiástico, fue un golpe demoledor: se disolvieron los monasterios y conventos, se confiscaron los bienes de la Iglesia, y muchas de sus numerosas iglesias medievales fueron demolidas o cayeron en ruina. La ciudad, que había sido un hervidero religioso, se apagó y encogió, quedando reducida a una tranquila población provincial a la sombra de la floreciente Copenhague.
La catedral, eso sí, sobrevivió y cambió de función: de templo católico pasó a iglesia luterana y consolidó su papel como panteón real de la monarquía danesa, un uso que conserva hasta hoy. Generación tras generación, los reyes y reinas de Dinamarca fueron enterrados bajo sus bóvedas en capillas cada vez más suntuosas.
El nombre de Roskilde quedó grabado también en la memoria nacional por un motivo amargo: la Paz de Roskilde de 1658. Tras una guerra desastrosa contra Suecia, en la que el ejército sueco de Carlos X Gustavo llegó a cruzar a pie los estrechos helados hasta las puertas de Copenhague, Dinamarca se vio obligada a firmar en Roskilde un tratado catastrófico. Cedió a Suecia las ricas provincias de Escania (Skåne), Halland y Blekinge, en el extremo sur de la península escandinava, además de otros territorios. Con aquella paz, Dinamarca perdió cerca de un tercio de su territorio y su población de entonces, y la frontera con Suecia quedó fijada más o menos donde está hoy. La Paz de Roskilde es recordada como una de las mayores humillaciones de la historia danesa.
Durante siglos, los pescadores de Roskilde sabían que en el fiordo, cerca de la aldea de Skuldelev, había algo que dificultaba la navegación en un canal: contaban historias de un barco hundido, al que llamaban 'el barco de la reina Margarita'. En realidad, bajo el agua se ocultaba uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de la historia vikinga.
En 1957 comenzaron las investigaciones, y en 1962 se llevó a cabo una espectacular y pionera excavación submarina: los arqueólogos construyeron una ataguía (un dique provisional) alrededor del yacimiento, vaciaron el agua y sacaron a la luz los restos de cinco barcos vikingos del siglo XI. No eran uno, sino cinco embarcaciones distintas que, hacia el año 1070, habían sido deliberadamente cargadas de piedras y hundidas para bloquear el canal y proteger Roskilde de posibles ataques por mar.
Los cinco barcos —conocidos como los barcos de Skuldelev— resultaron ser tipos muy diferentes: un gran barco de guerra de más de 30 metros capaz de llevar decenas de guerreros, un robusto barco mercante oceánico (un knarr, como los que llegaron a Groenlandia y América), un barco de comercio del Báltico, un barco de pesca y transporte, y un ágil barco de guerra menor. Juntos, ofrecían un panorama sin igual de la ingeniería naval vikinga en toda su diversidad.
Para conservar y exhibir aquel tesoro se construyó, junto al fiordo, el Museo de los Barcos Vikingos (Vikingeskibsmuseet), inaugurado en 1969. Allí, los frágiles restos originales, cuidadosamente reconstruidos sobre estructuras metálicas, se muestran ante grandes ventanales que dan al agua. Con el tiempo, el museo se completó con un astillero vivo donde artesanos construyen réplicas navegables con técnicas de la época, algunas de las cuales han cruzado mares hasta Irlanda para demostrar su capacidad. El hallazgo devolvió a Roskilde su antiguo brillo, ahora como una de las capitales mundiales de la arqueología vikinga.
En el siglo XX, Roskilde se transformó en una ciudad moderna y dinámica, que supo combinar el peso de su historia milenaria con una identidad nueva y juvenil. En 1972 se fundó la Universidad de Roskilde (RUC), conocida por sus métodos de enseñanza innovadores y su enfoque en el trabajo por proyectos, que trajo a la ciudad miles de estudiantes y un aire fresco y progresista.
Pero lo que catapultó a Roskilde a la fama internacional fue la música. En 1971, inspirados por el espíritu de Woodstock, dos estudiantes de secundaria organizaron un pequeño festival de música. De aquella semilla nació el Festival de Roskilde (Roskilde Festival), que con los años se convirtió en uno de los mayores festivales de rock y música de Europa. Cada verano, a finales de junio y principios de julio, los campos al sur de la ciudad se transforman en una ciudad temporal de más de 100.000 personas, con los mayores artistas del mundo en sus escenarios. El festival es una fundación sin ánimo de lucro que destina sus beneficios a causas benéficas, culturales y humanitarias, y es un fenómeno social profundamente arraigado en la juventud danesa.
El festival vivió también su episodio más trágico: en el año 2000, durante un concierto, nueve jóvenes murieron aplastados por una avalancha del público, una catástrofe que conmocionó al país y que llevó a reforzar para siempre las medidas de seguridad en los conciertos multitudinarios de todo el mundo.
Como homenaje a esa vocación musical, en 2016 se inauguró el museo Ragnarock, dedicado al pop, el rock y las culturas juveniles, en el antiguo barrio industrial de Musicon, reconvertido en distrito creativo. Hoy Roskilde es una síntesis fascinante: la ciudad de los reyes vikingos y del panteón real, de la catedral Patrimonio de la Humanidad y de los barcos de Skuldelev, es al mismo tiempo la capital danesa del rock. Pocas ciudades condensan tan bien mil años de historia junto a la energía del presente.