La historia de Møns Klint no empieza con los hombres, sino millones de años antes de que existieran. La materia de la que están hechos estos deslumbrantes acantilados blancos, la tiza o creta, se formó en el fondo del mar durante el período Cretácico, hace aproximadamente 70 millones de años, en la era de los dinosaurios. Por entonces, la zona que hoy es Dinamarca estaba cubierta por un mar cálido y poco profundo, poblado de una vida marina exuberante.
La tiza es, literalmente, un cementerio microscópico. Se formó por la acumulación, capa sobre capa a lo largo de millones de años, de los diminutos caparazones calcáreos de billones de organismos planctónicos (sobre todo algas unicelulares llamadas cocolitóforos) que vivían en aquel mar y, al morir, se depositaban lentamente en el fondo. Cada centímetro de tiza representa miles de años de esa lluvia constante de esqueletos microscópicos. Entre ellos quedaron atrapados también los restos de animales más grandes: erizos de mar, moluscos, belemnites (parientes de los calamares con una concha interna en forma de bala) y muchas otras criaturas, que hoy aparecen fosilizadas en la tiza.
Durante decenas de millones de años, aquellas gruesas capas de tiza permanecieron enterradas y comprimidas bajo el fondo marino, sin que nada hiciera presagiar que un día se alzarían verticalmente hasta el cielo formando uno de los paisajes más espectaculares del norte de Europa. Para que eso ocurriera, todavía faltaba un acontecimiento colosal: la llegada de los hielos.
El paisaje actual de Møns Klint es obra de los hielos. Durante la última era glacial, que terminó hace unos 11.000-15.000 años, enormes capas de hielo de cientos de metros de espesor cubrieron Escandinavia y avanzaron sobre lo que hoy es Dinamarca. Aquellos glaciares no se limitaron a erosionar el terreno: al avanzar, empujaron con una fuerza descomunal las capas de tiza que yacían horizontales bajo el suelo, plegándolas, fracturándolas y levantándolas desde la profundidad hasta ponerlas casi en vertical.
Este fenómeno, que los geólogos llaman tectónica glacial (glaciotectónica), explica algo que sorprende al visitar los acantilados: las capas de tiza y las bandas oscuras de sílex (pedernal) que las atraviesan no son horizontales, como cabría esperar de un depósito marino, sino que aparecen inclinadas, dobladas y hasta plegadas en formas espectaculares. Es como si un bulldozer gigante de hielo hubiera arrugado el terreno igual que una alfombra. Los acantilados de Møn son uno de los mejores lugares del mundo para observar este proceso.
Cuando los hielos se retiraron definitivamente al final de la glaciación, dejaron tras de sí este dramático paisaje de tiza levantada, que el mar Báltico empezó entonces a esculpir por su cara este. Desde entonces, y hasta hoy, el mar erosiona continuamente la base de los acantilados, provocando desprendimientos periódicos que arrastran árboles y toneladas de tiza al agua y mantienen las paredes blancas y frescas, siempre cambiantes. Møns Klint no es un paisaje terminado: sigue formándose ante nuestros ojos, y por eso hay que respetar las zonas seguras y no acercarse al borde inestable.
La isla de Møn está habitada desde la prehistoria. Cuando los primeros pueblos se asentaron en estas tierras fértiles tras la retirada de los hielos, dejaron abundantes huellas que aún se conservan: la isla está salpicada de dólmenes y túmulos megalíticos de la Edad de Piedra, cámaras funerarias construidas con grandes bloques de piedra hace más de 5.000 años. Entre ellos destaca el imponente Kong Asgers Høj, uno de los mayores dólmenes de pasillo de Dinamarca, un testimonio impresionante de aquellas primeras comunidades agrícolas.
En la Edad Media, Møn prosperó gracias a la agricultura, la pesca del arenque y su posición en el Báltico. Su capital, Stege, se convirtió en un próspero puerto comercial y se rodeó de una muralla defensiva, de la que aún se conserva la pintoresca puerta de Mølleporten y restos del foso. La riqueza de la isla se reflejó en sus iglesias, que a finales del siglo XV recibieron una decoración excepcional.
En efecto, varias iglesias de Møn —sobre todo las de Elmelunde, Keldby y Fanefjord— conservan uno de los mayores tesoros del arte medieval danés: extraordinarios frescos góticos que cubren sus bóvedas con escenas de la Biblia. Son obra de un taller anónimo del siglo XV al que los historiadores llaman el 'Maestro de Elmelunde', por la iglesia donde mejor se conserva su estilo. Estas pinturas, de un colorido y una viveza asombrosos, muestran episodios sagrados poblados de figuras populares, animales, plantas y detalles de la vida cotidiana medieval, con una frescura casi ingenua que las hace entrañables. Durante siglos estuvieron cubiertas por capas de cal (tras la Reforma) y fueron redescubiertas y restauradas en época moderna. Hoy son una de las joyas culturales de la isla.
Los propios acantilados alimentaron el folclore local. La leyenda más famosa es la del Klintekongen, el 'rey del acantilado', un poderoso espíritu o gigante que, según la tradición, habitaba en Møns Klint y protegía la isla de sus enemigos, especialmente de un rival que habitaba en los acantilados de la isla sueca de Rügen. Las historias sobre este ser y su corte poblaron durante generaciones la imaginación de los habitantes de Møn.
Durante buena parte de la historia, los acantilados fueron para los habitantes de Møn un lugar peligroso y poco práctico, más asociado a leyendas y a naufragios que a la contemplación. Eso cambió a finales del siglo XVIII con la llegada del Romanticismo, el movimiento cultural que enseñó a los europeos a mirar la naturaleza salvaje —montañas, mares, acantilados— no como algo hostil, sino como una fuente de emoción sublime y belleza.
En ese espíritu, hacia 1792-1795, un noble llamado Antoine de la Calmette, gobernador de la isla, creó junto a los acantilados el parque de Liselund, dedicado a su esposa Lise. Fue uno de los primeros y más encantadores jardines románticos a la inglesa de Dinamarca: un paisaje cuidadosamente diseñado para parecer natural, con lagos, arroyos, cascadas artificiales, colinas y senderos serpenteantes, salpicado de pabellones pintorescos —una casita 'suiza', una cabaña 'noruega', un templete 'chino'— y presidido por un delicado palacio blanco neoclásico con tejado de paja. Todo pensado para pasear, emocionarse y soñar despierto ante la belleza de la naturaleza, según el ideal romántico.
Liselund atrajo a artistas y escritores. Se dice que Hans Christian Andersen, el gran autor de cuentos, visitó el lugar y se inspiró en su atmósfera mágica para algunos de sus relatos. Los acantilados de Møn se convirtieron en un destino célebre del incipiente turismo romántico danés: viajeros cultos acudían a contemplar el sublime espectáculo de la tiza blanca cayendo al mar, a pasear por los hayedos del borde y a maravillarse ante la fuerza de la naturaleza. La montaña que antes se temía se transformó en un icono estético.
Parte del parque original de Liselund, incluido un pabellón, se perdió a causa de los propios desprendimientos de los acantilados, que se llevaron el terreno al mar, un recordatorio de que la naturaleza sublime que fascinaba a los románticos es también inestable y viva.
En la época contemporánea, Møns Klint ha pasado de ser un icono romántico a un espacio natural protegido y un centro de divulgación científica. La singularidad geológica de los acantilados —ese archivo abierto de 70 millones de años de historia de la Tierra y del dramático trabajo de los glaciares— los ha convertido en un lugar de referencia para geólogos, estudiantes y curiosos de todo el mundo. La zona está protegida como reserva natural, tanto por su geología como por su biodiversidad única: los suelos calcáreos de la tiza albergan orquídeas raras, mariposas y una flora especial que no se encuentra en el resto del país.
En 2007 se inauguró el GeoCenter Møns Klint, un moderno centro de visitantes a pie de acantilado que cuenta de forma amena e interactiva la historia geológica del lugar, con fósiles, animaciones y actividades para familias, y que organiza caminatas guiadas y salidas a buscar fósiles. El GeoCenter ha convertido la visita en una experiencia educativa completa, especialmente valiosa para los más jóvenes.
El reconocimiento más reciente y sorprendente llegó en 2017, cuando Møn y la vecina isla de Nyord fueron declaradas la primera reserva y comunidad internacional de cielo oscuro (Dark Sky) de Escandinavia. Lejos de las grandes ciudades y con un compromiso local de reducir la contaminación lumínica, la isla ofrece unos cielos nocturnos de una calidad hoy rarísima en Europa: se ven miles de estrellas, la Vía Láctea y, en las fechas propicias, lluvias de meteoros. Así, Møns Klint ofrece hoy un espectáculo doble: de día, la fuerza geológica de sus acantilados blancos sobre el mar turquesa; de noche, la inmensidad del universo sobre un cielo sin luces.
Para Dinamarca, un país llano y densamente habitado, Møns Klint representa algo precioso: un rincón de naturaleza dramática y salvaje, un recordatorio de las fuerzas colosales que dieron forma al planeta, y uno de los últimos lugares donde todavía se puede contemplar la noche estrellada en todo su esplendor.