Fredericia no creció: fue fundada. A diferencia de la mayoría de las ciudades danesas, que surgieron poco a poco en torno a un puerto, una iglesia o un cruce de caminos, Fredericia nació de un solo acto de voluntad real. En 1650, el rey Federico III de Dinamarca ordenó levantar una gran fortaleza en un punto estratégico del este de Jutlandia, a orillas del estrecho del Pequeño Belt (Lillebælt), justo frente a la isla de Fionia. El objetivo era militar y geopolítico: controlar el paso entre la península de Jutlandia y las islas danesas, y disponer de un reducto fuerte donde el ejército pudiera resistir y reagruparse en caso de invasión.
La nueva ciudad recibió el nombre del propio monarca —Fredericia, 'la de Federico'— y se trazó según los principios de la ingeniería militar de la época: un plano regular en cuadrícula, con calles rectas que se cruzaban en ángulo recto, rodeado por un anillo de fortificaciones abaluartadas de tierra. Ese trazado geométrico, tan poco habitual en Dinamarca, todavía define el casco antiguo y delata su origen planificado.
Los primeros años fueron difíciles. Poco después de su fundación, durante las guerras con Suecia, la ciudad aún incompleta fue tomada y saqueada por las tropas suecas en 1657, un duro golpe para el proyecto. Pero la corona insistió: reconstruyó y reforzó la fortaleza, convencida de su valor estratégico. Fredericia estaba llamada a ser uno de los principales bastiones militares del reino, y su historia quedaría marcada para siempre por su condición de plaza fuerte.
Fundar una ciudad por decreto era una cosa; conseguir que la gente fuera a vivir a una plaza fuerte expuesta a las guerras, otra muy distinta. Para poblar Fredericia rápidamente, la corona danesa recurrió a un incentivo poco común en la época: concedió a la nueva ciudad una serie de privilegios y libertades excepcionales, entre ellos cierta libertad religiosa y facilidades económicas, con el fin de atraer colonos de dentro y fuera del reino.
Esa política, insólita en la Dinamarca luterana y confesional del siglo XVII, convirtió a Fredericia en un raro refugio de diversidad. A la ciudad llegaron comunidades que en otros lugares sufrían restricciones: judíos, que fundaron una congregación y uno de los cementerios judíos más antiguos y mejor conservados de Dinamarca; católicos, que pudieron tener su propia iglesia; y hugonotes franceses (protestantes reformados) huidos de la persecución en Francia, que aportaron oficios y saber agrícola, entre ellos el cultivo del tabaco, que se hizo característico de la zona. También se asentaron grupos reformados de los Países Bajos.
Así, la ciudad militar tenía una cara sorprendentemente abierta. Durante generaciones, distintas confesiones convivieron dentro de las murallas, cada una con sus templos y costumbres, en un mosaico que dejó huella en la arquitectura, los apellidos y la memoria de Fredericia. Esa combinación de fortaleza y tolerancia —el puño y la puerta abierta— es uno de los rasgos más singulares de su historia, y explica por qué una ciudad concebida para la guerra fue también un lugar de acogida.
El episodio que grabó a Fredericia en la memoria de Dinamarca ocurrió a mediados del siglo XIX, durante la Primera Guerra de Schleswig (1848-1851), el conflicto entre Dinamarca y los ducados de Schleswig-Holstein, apoyados por fuerzas alemanas, por el control de aquellos territorios del sur. En 1849, las tropas de Schleswig-Holstein pusieron sitio a la fortaleza de Fredericia, bombardeándola y estrechando el cerco sobre la guarnición danesa atrincherada tras las murallas.
La madrugada del 6 de julio de 1849, el ejército danés lanzó una arriesgada operación: una salida sorpresa (una 'sortie') desde la ciudad sitiada, con miles de soldados que atacaron en la oscuridad las posiciones enemigas que rodeaban la plaza. Tras horas de combate encarnizado, los daneses lograron romper el asedio y hacer retroceder a las fuerzas sitiadoras, en una victoria que tuvo un enorme valor militar y, sobre todo, moral. El precio fue alto: cientos de muertos y heridos, entre ellos el general Olaf Rye, caído en la batalla y convertido en héroe.
La victoria de Fredericia fue celebrada en toda Dinamarca como una gesta que levantó el ánimo nacional en un momento crítico de la guerra. El episodio se cargó de simbolismo patriótico y quedó unido para siempre al nombre de la ciudad. Cada 6 de julio, Fredericia conmemora aquella jornada con actos, desfiles y homenajes, en la que sigue siendo una de las fechas más importantes de su calendario y de la memoria militar danesa.
La batalla de 1849 no solo dejó una victoria: dejó un símbolo que trascendería a la propia Fredericia. En 1858, en el noveno aniversario de la salida, se inauguró en la ciudad la estatua del 'Landsoldaten', el Soldado de Infantería, obra del escultor H. W. Bissen. La figura representa a un soldado raso danés, de pie, tranquilo y firme, con el fusil apoyado y una rama de laurel, en homenaje no a los generales, sino a los soldados comunes que combatieron y murieron en la fortaleza.
Lo verdaderamente revolucionario del monumento fue su origen: fue el primer monumento de Dinamarca erigido por suscripción popular, es decir, pagado con donaciones de ciudadanos corrientes de todo el país, y no por encargo del rey o del Estado. En una época en que los monumentos honraban casi siempre a monarcas y aristócratas, dedicar una gran estatua al soldado anónimo, y financiarla entre el pueblo, era un gesto cargado de significado democrático y nacional. El 'landsoldat' se convirtió en el rostro del sacrificio popular y en un icono del incipiente sentimiento nacional danés.
La imagen del Landsoldaten se hizo tan querida que se reprodujo en grabados, ilustraciones y objetos por toda Dinamarca, y la figura pasó a formar parte del imaginario patriótico del país. En Fredericia, la estatua es el corazón de las conmemoraciones del 6 de julio y un punto de peregrinación cívica. Más allá de la ciudad, encarna una idea que caló hondo en la Dinamarca moderna: que la historia la hacen también, y sobre todo, las personas comunes.
Tras las guerras del siglo XIX, la importancia de Fredericia se transformó: de plaza fuerte pasó a nudo de comunicaciones. Con la llegada del ferrocarril en la segunda mitad del siglo XIX, su posición estratégica en el paso entre Jutlandia y las islas la convirtió en uno de los principales cruces ferroviarios de Dinamarca. Por su estación pasaban —y siguen pasando— casi todos los trenes que conectan Copenhague y Fionia con Jutlandia, lo que dio a la ciudad un nuevo motor económico y un flujo constante de viajeros y mercancías.
Ese papel de encrucijada impulsó también el desarrollo industrial y portuario. Fredericia creció como centro de industria y logística, con puerto, refinería y actividad económica ligada a su conexión con el resto del país y con el estrecho del Pequeño Belt. La ciudad fue perdiendo su carácter estrictamente militar —las murallas dejaron de tener función defensiva— y se fue abriendo hacia el agua y hacia una economía moderna y diversificada.
En las últimas décadas, Fredericia ha sabido reconvertir su patrimonio en atractivo. Las viejas murallas, ya sin uso militar, se transformaron en un gran espacio verde y recreativo que hoy es la principal atracción turística; la memoria de 1849 se mantiene viva en las conmemoraciones y en el Landsoldaten; y el frente del Pequeño Belt, con su naturaleza y sus marsopas, se ha convertido en un valor añadido. La ciudad-fortaleza planificada por Federico III sigue siendo reconocible en su plano en cuadrícula y en su anillo amurallado, pero es hoy una ciudad viva que combina historia militar, herencia multicultural, industria y naturaleza a orillas del estrecho que la vio nacer.